Martes, Hulyo 21, 2015

"We steal secrets" (Alex Gibney, 2013) / "Deep web" (Alex Winter, 2015)

Sesión continua de tarde veraniega ociosa, sobre dos fenómenos confluyentes a los que nos ha llevado la batalla por la libertad en la Red. "We steal secrets: La historia de WikiLeaks" que está pasando estos días Canal+, cuenta la historia, minuciosamente y desde la periferia, de Julian Assange y Bradley Manning: el perseguido hacker obsesionado por la libertad de expresión y con darle de morros al establishment, y el confuso soldado, encarcelado de por vida, que supuestamente filtró toneladas de secretos militares a la plataforma creada por el hacker. Al margen de la apasionante y significativa historia en sí, la película no deja ningún lugar a dudas sobre lo ridículo de Assange, un tipo que hasta ahora yo creía que era un héroe por las libertades, y aquí se le caricaturiza y se le expone como un maníaco sexual obsesionado, paradójicamente, con sus propios secretos, que precisamente son los que dinamitaron Wikileaks.

La Deep web es como se conoce a la cripto-internet soterrada de la que tantas gilipolleces se dice; principalmente, en las mesas camillas para amas de casa se nos explica que todo lo que sabemos sobre Internet desde hace veinte años no es nada, y solo ocupa un 5% comparado con lo que se puede encontrar en esta especie de "internet para hackers": pedofilia, asesinatos en directo, volquetes de drogas y putas... La realidad es que, al margen del Buscador Oficial, el que está de lado del Sistema, hay un porcentaje inmenso de contenido no indexado, entre el que se encuentran, sin ir más lejos, los torrents y todo el P2P que la mayoría de nosotros usamos continuamente, foros en los que reina el anonimato, "intranets" de acceso restringido (algunas de ellas de uso gubernamental, y obviamente secretas)...; ¡lástima, no hay un 95% de películas snuff bajo la superficie, como se rumorea en las puertas de los institutos! Lo que sí se encuentra también en esas páginas outsiders, encriptadas y a las que solo se accede mediante programas imposibles de rastrear como Tor o las .onion, son espacios libres que pretenden esconderse del Sistema, que funcionan bajo la filosofía digital de la autogestión, la libertad de expresión, el libre mercado, la oposición a las leyes mordaza y a la mirada y el filtro del Gran Hermano que domeña las Redes Sociales. Y entre estas páginas han crecido, por supuesto, mercados en los que la gente intercambia libremente miles de cosas. Como decía D'Allessandro en el último Mondo Brutto (con otras palabras), páginas de venta encriptadas y que permiten el anonimato como Silk Road (en la que se centra el documental "Deep web"), son un interesante avance digital en el que se permite el libre comercio entre adultos. Por ejemplo (y éste es el quid del asunto), en Silk Road se comerciaba principalmente con drogas de diseño entre otras cosas (todo aquello que no sirviera para dañar a nadie, ni que tuviese que ver con menores de edad, dejaban muy claro sus principios), para uso lúdico, voluntario, privado y entre adultos, con garantías para el vendedor y el consumidor, en cualquier lugar del mundo, nunca antes vistas en lo referente por ejemplo a la pureza del producto, su no adulteración con polvos de talco o mierda de rata, la transparencia y volumen de información sobre lo que se consume, el ajuste de precios, la ausencia de mafias y de la violencia del narcotráfico en las transacciones... Todo virtudes y ventajas, entiendo yo, y eso que no soy consumidor. Por supuesto, en esta sociedad meapilas, con tantos intereses económicos que genera este asunto entre los poderosos, y con tantos agujeros legales, esta crudísima historia titulada "Deep web" nos cuenta cómo Ross Ulbricht, el joven hacker sospechoso de estar detrás del misterioso Dread Pirate Roberts (inspirado en el personaje de "La princesa prometida"), es perseguido impune e ilegalmente por las fuerzas de seguridad hasta dar con sus huesos en la cárcel para el resto de su vida, acusado de tráfico de drogas, obstrucción a la justicia, asesinato, conspiración, violación, estupro... Y todo lo que se les ocurrió. Otra de esas historias salvajes e injustas que nos cuentan este tipo de documentales de corte social. Todo muy interesante, todo muy a la última, con entrevistas a implicados, policías, hacktivistas, periodistas de Wired, amigos de la víctima, siluetas con voz distorsionada de ciber-camellos y mucha imagen de archivo. Todo esto está muy bien y yo estoy muy a favor de todo; de todo menos de los Bitcoins de las narices, que no se pueden poner en la vía al paso del tren para que los aplaste, ni sirven para comprar novelas de Curtis Garland en los mercados de pulgas.

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