domingo, 6 de octubre de 2019

Reader's Digestivo (1)


No sé por qué me pasa que no me apetece nada hacer nuevas entradas en el blog, y solo actualizar los posts de tipo conjunto. Esas entradas en las que apelotono visionados audiovisuales, que me parece que nadie va a leer, que no se actualizan en los feeds, que son más discretas y que acaban siendo una especie de sección completa de crítica como las de las revistas, con sus carátulas pequeñitas... Como las del maratón Noche de Lobos o las de Teatro de la Ciencia Misteriosa 30.000. Eso sí que sigo actualizándolo de vez en cuando. Creo que es porque llevo meses intentando hacerme (o más bien, que me hagan...) una página web nueva, que solo tendría entradas cortitas de este tipo. Tengo hecho el diseño, me tiré mucho rato haciendo el diseño (que además creo que es muy bueno y muy original), pero mi colega el informático pasa totalmente de mí. No sé si alguna vez existirá esa web, pero como ya me había hecho a la idea de aquel formato, pues ya paso de posts normales en este blog.
En cualquier caso, voy a empezar otra nueva serie de posts conjuntos, en los que ir anotando lecturas de libros, tebeos, documentos, etiquetas de champú o lo que sea. Lecturas a cholón. Para darle empaque, lo primero que se me ha ocurrido ha sido un homenaje a la decana y bizarra revista (Selecciones del) Reader's Digest, que en realidad no es una revista sobre crítica literaria, sino, como su propio nombre indica literalmente, una especie de "resúmenes para el lector" de artículos extraídos de otras muchas revistas.
El concepto del Reader's Digest me parece maravilloso, tengo tres palmos de RD españoles de los 50s a 80s por ahí tiradas en el suelo del almacén, y de vez en cuando los repaso, escaneo algunos artículos o recorto anuncios viejos (unos pocos decoran las paredes de la cocina) y luego los tiro. Porque me parece un poco enfermo y triste coleccionar RD, es algo que llevo en secreto; me hace mucha gracia la iteración que se le dio aquí con lo de "Selecciones" (...selecciones de los resúmenes...); y aún más gracia me hace el nombre que le dio el titánico Carlos Revilla, en boca de Homer Simpson, en el episodio de Los Simpson en el que descubre la revista y se obsesiona con ella, y quiere que toda su familia, como él, sepa la cantidad de sabiduría que contiene ese volumen que solo cuesta 3,99$: en la versión original, a la revista la llamaron Reading Digest; y al genio de Revilla, quién sabe si medio improvisando o por qué, se le ocurrió denominarla, a lo largo de todo el episodio, el Reader's Digestivo. Y me parece un nombre insuperable, así que ahí se queda.


Faltan 25 días para Halloween, empieza a refrescar poco a poco, y yo estoy en mi casa matando una plácida tarde de domingo, con dos días libres por delante. Me acabo de dar una ducha, y me he disfrazado como mi ídolo Homer en aquel otro episodio inolvidable, uno de mis favoritos, en el que decide no ir a Misa y quedarse en casa viendo la tele: zapatillas de andar por casa con forma de pata de mamífero gigante, con garras y todo, y un albornoz también de estreno.
A partir de ahora, de vez en cuando, si me sale del culo, vendré a este rincón de mi blog de loco a mencionar cosas que haya leído y me hayan gustado y me apetezca contármelo para la posteridad.

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EL VISITANTE
Stephen King, 2018
Celebro que King haya terminado la dichosa trilogía del Señor Mercedes, porque no me gustó demasiado la primera parte, y me da pereza seguir en aquel lugar. Me pareció un denso y lento adoquín al que le sobraban paletadas de tragedia y le faltaba algún elemento paranormal, o algo más de humor, o tal vez es que la cosa mejora. Es precisamente lo que pasa con la larguísima primera parte de "El visitante", que transcurre parsimoniosamente, casi en tiempo real, mientras asistimos a las consecuencias de un suceso terrible y terriblemente terrenal, con niño troceado y violado por palo incluido.. Y además, el desenlace del primer acto y lo que va a pasar con el presunto culpable, se ve venir de lejos. Pero, ya desde el título, sabemos que hay un elemento por ahí que tiene que aparecer aunque no se nos den practicamente pistas, y que queda otra media novela... así que la paciencia resiste. Porque todo lo que acontece en Flint City está bien, pero es, de nuevo, demasiado denso, pesado y reiterativo. Meandros, divagaciones, anecdotario, y demasiados paseítos en círculo de la mano del Maestro en torno al mismo asunto todo el tiempo, demasiado mascado, demasiado redundante. El punto de partida está bien, que sí (un crimen con un culpable clarísimo, con testigos y pruebas de ADN... pero también con una coartada infalible, con testigos y pruebas de ADN, que descartan al presunto culpable), y la destreza del Escritor Constante es tan agradable y fascinante como siempre... Pero es que no tiene mucho sentido ahondar tanto y tanto en ese caso, cuando el lector ya tiene claro lo que ha pasado desde el primer momento, y casi con toda seguridad, lo que va a pasar. Como en tantas otras ocasiones, para mi desgracia, los personajes masculinos principales, americanos medios de mediana edad, me parecen perfectamente intercambiables, tanto física como psicológicamente. Terry Maitland (el entrenador asesino), Ralph Anderson (el poli bueno y principal elemento de la acusación) y Howie Gold (el abogado y gran amigo de Terry), son el mismo Protagonista Constante de siempre. De hecho, intercambian protagonismo "omnisciente" a lo largo de los capítulos, y lo único que hace que yo los distinga es el nombre. En este sentido, la cosa no cambia hasta que el peso protagónico lo obtiene la genial investigadora Holly Gibney, con su colección de tocs, sus observaciones sinestésicas y su poderosa personalidad; y cuando de una maldita vez conocemos al Visitante y toda su idiosincrasia. Mi paciencia fue recompensada, y a partir del tercer acto volví a disfrutar a fondo de la novela, que en el fondo es la misma grandísima novela que ya ha presentado otras veces, esta vez con un "enemigo interior" poderoso, paranormal, atávico y tan creepypástico como al mismo tiempo arraigadísimo en el folklore universal (qué bonito que nos lo pinte a través de una vieja peli mexicana —ficticia— de Las Luchadoras...).


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LA BROMA ASESINA
Alan Moore, Brian Bolland, 1988
Esta oleada de jokermanía que ha despertado el estreno de la película de la que todo el mundo habla, las reacciones tan polarizadas que despierta y su relación (intencionada o mera manipulación de los medios) con el universo incel que tantísimo asco me produce, ha provocado un par de reacciones en mí en apenas 24 horas: 1) que me apeteciese muchísimo ir a verla yo solo a los Ideal una tarde muerta para al poco tiempo decidir que paso, que he sucumbido a la pereza y tengo muchas otras cosas para ver en casa (clásico efecto de psicología inversa que me produce el hype, como a los niños pequeños las regañinas de sus padres); 2) que me haya puesto a leer tebeos de Batman otra vez a lo loco.
Por más que lo intente, no consigo sentir hacia las historietas y los personajes de DC la misma pasión visceral que siento hacia casi cada recoveco del Universo Marvel. Lo intento, persevero, pero al fin y a la postre básicamente me la sudan. No siento ni siquiera un gran regocijo nostálgico al recordar los (pocos, muy pocos) tebeos de DC que leí en mi trepidante adolescencia; si acaso un respeto infinito hacia Watchmen, claro, la etapa de Byrne en Superman, Batman y los Outsiders de Barr, Aparo y Davis, los Nuevos Titanes de los ochenta... Poco más. Reconozco mi ignorancia al enfrentarme a esas obras, y encontrarme casi siempre con un universo que me resulta completamente ajeno. Le tengo cariño a los personajes, claro, y admiro a muchísimos de los autores. Pero DC es un asunto tan distinto de Marvel, que no consigo engancharme por largo tiempo a sus tebeos. Ahora mismo por ejemplo estoy intentando engancharme a los Young Justice, porque Bendis me ha dado infinitas satisfacciones en Marvel, pero después de tres números no me entero de nada; y la sensación que estoy teniendo con El Green Lantern de Morrison, es directamente como sufrir un viaje de ácido. Estos no son mis personajes. Les tengo cariño, son magistrales, DC inventó el género, jugaba con muñecos de Super Powers de pequeño, he leído historias sueltas muy buenas de Superman, de Flash, de Lobo, de Animal Man, de Swamp Thing, pero no me terminaron de enganchar sus personajes, no me importa mucho lo que les pase. No me hacen vibrar. Todo lo que les pasa a Peter Parker, a Logan, a Reed Richards, a Robbie Baldwin, a Kitty Pryde y hasta a Gwen Poole, me importa. Eso sí, DC tiene a muchos de mis dibujanes favoritos, los que me fliparon con la explosión de Image en los 90, por ejemplo, y soy muy consciente de mi ignorancia, de que si la publicación de DC en España hubiese sido otra, probablemente sería tan deceíta como marvelita. Pero así las cosas, el único personaje al que regreso con verdadero interés es Batman. Porque Gotham es un lugar absolutamente maravilloso, y el personaje es imposible que no le enganche a alguien. "La broma asesina" es una obra maestra, y la estuve revisitando porque además se lee enseguida, uno se haría unas 30 camisetas con algunas de sus viñetas y contiene poderosas frases que han cambiado el devenir de la cultura pop. Pero aparte de esta satisfactoria relectura, de que El Payaso Loco no pase jamás de moda, que tenga ese algo atávico que nos vuelva a coger de las solapas a todos cada vez que se acerca Halloween, he vuelto a intentar subirme al carro de Batman, retomando la lectura de la etapa desde que tomó el relevo Tom King. Y de momento, apenas leídos dos o tres arcos, no me está obnubilando tanto como hizo el arranque de Snyder, con ese Tribunal de los Búhos que releo de tanto en cuanto, y que parece mentira que ya hayan pasado 7 años desde entonces; aunque en realidad no sé si me parecen muchos (llevo desde entonces tratando de ponerme al día y no me pongo, no me pongo...) o pocos, de tan icónica y definitoria del personaje como se ha vuelto. Intentaré seguir con ello, espero en unos meses haberme empapado de más Batman de este último lustro y de paso leerme unas cuantas novelagráficas clásicas.


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SAM & TWITCH, vol. 1
Brian Michael Bendis, Ángel Medina / Jamie Tolagson / Alberto Ponticelli / Clayton Crain, 1999-2000
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EL REGRESO DEL HOMBRE PEZ / TAXUS / TAXUS 2
Isaac Sánchez, 2009, 2018-2019
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LOBEZNO: LA LARGA NOCHE

Benjamin Percy, Marcio Takara, 2018
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NOSTALGIAS DE MADRID
Ramón Gómez de la Serna, 1956
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jueves, 22 de agosto de 2019

CICLO: Teatro de la Ciencia Misteriosa 30000 (5)



4ª PARTE



SHAZAM!
[David F. Sandberg, 2019]
Querido diaro, sigue siendo agosto. Un mes de agosto largo, tedioso y pendenciero, como todos los años. Tengo la sensación de que es agosto desde hace lustros, apenas recuerdo ya casi nada de lo que sucedió antes de que empezase este mes de agosto... Y encima, es que ha habido cambios de verdad, así que esa sensación de que esto está siendo muy largo, tiene incluso una explicación adicional a mi agostofobia natural de todos los años. Como sea, he vuelto al horario escolar, con lo que estoy muy contento, y en mi tiempo libre estoy un tanto impelido al arresto domiciliario, liado con el otro trabajo, casi sin salir ni poder hacer muchos planes... Lo que no está tan mal, porque en resumen, a lo que voy es a que sigo viendo la tele un montón de rato como un tonto.
Por ejemplo, un día vi esta rareza del Universo DC, uno de sus proyectos más valientes. Una comedia sencilla, a partir de un personaje secundario. Porque Shazam fue una de las grandes estrellas del DCU hace muchas décadas, cuando por entonces se llamaba Capitán Marvel, qué cosas. Pero hoy en día, aunque no estoy muy puesto en DC, juraría que estaba muy olvidado. En gran parte, debido a que no se puede llamar Capitán Marvel un personaje de DC, claro, y a que la historia de un niño que al gritar ¡Shazam! se convierte en un cachas todopoderoso, es demasiado "de hace un siglo". Qué curioso que el último producto audiovisual titulado "Capitán Marvel" fuese un serial de 1941 basado en el personaje de DC, y casi 80 años después tengamos un blockbuster con el mismo título... protagonizado por ¡una tía, y de Marvel! Así que me parece un proyecto valiente, hacer una película con todos esos mimbres. Y lo que han hecho está bastante guay, porque lo han convertido en una comedia navideña disparatada, épica, vertiginosa emotiva y gamberra, para todos los públicos: adolescentes y adultos; afines y profanos. Con mucho cachondeo y autoparodia, precisamente, respecto al nombre del superhéroe, e incluso algún guiño al Universo Marvel. Una de las tramas, la centrada en el niño y sus nuevos hermanos en su enésimo hogar de acogida, es estupenda. Porque en lugar de coger a un niño bobo y buenecito, los poderes de Shazam (ampliamente explicados, mezclando mitología, magia, pseudociencia y paganismo con una larguísima introducción que sin embargo no se hace pesada) han recaído en un niño que no tiene nada de "puro de corazón". Es un chaval de 14 años, huérfano, macarra y poco disciplinado, que ha huido de una veintena de otras casas de acogida, el que de repente se transformará en un treintañero guaperas, cachas, macarra y poco disciplinado con un poder inmenso, y por descubrir (genial Zachary Levi). Todo el segundo acto es un largo "viaje del héroe", literal, en el que el joven Billy Batson tiene que ir aprendiendo a usar los poderes, tanto técnica como éticamente, junto a su confidente (su nuevo hermano adoptivo de edad más próxima), y casi todo el rato se les ocurren gamberradas. Una película que muestra a niños de catorce años entrando una y otra vez en casas de putas, robando cerveza en el supermercado y pegándose tiros en la cabeza, es toda una declaración de intenciones que nos viene a recordar que no es DC la que ha sido comprada por Disney, y que también pueden hacer películas que no den vergüenza ajena. Otra de las tramas es la centrada en el supervillano, otro niño que ha recibido poderes épicos pero al mismo tiempo absorbido algo así como el tótem de los siete pecados capitales personificados en bestezuelas demoníacas. Le vemos como niño en la escena inicial, haciéndonos creer que será el héroe, pero pronto le descubriremos ya crecidito (Mark Strong), matando a sangre fría a su hermano y su padre y siendo una verdadera amenaza para el torpe nuevo gran héroe. Por lo demás, la peli es un carrusel de hostias, efectos especiales y superheroicidades varias, con el trasfondo de la ciudad de Philadelphia, que se suele ver poco en el cine de acción (con guiño a "Rocky" incluido) y un constante bombardeo navideño. La niña pequeñita se parece mucho a mi sobrino D., así que fue un aliciente más para mí, que me partía de risa cada vez que se movía o hablaba, como me pasa cada vez que le veo a él. Un soplo de aire fresco entre el descontrol en pantalla grande de la Distinguida Competencia.

EL HIJO
["Brightburn", David Yarovesky, 2019]
Un domingo más de agosto (¡el penúltimo todavía! ¡Esto no acaba nunca!), tarde-noche libre, y a falta de la Misa de doce de Iker me apetecía cine de terror. En sesión continua me puse esta y la siguiente, dos obras de terror posmo que causaron sensación en su momento. "Brightburn" es una peli crudísima sobre un niño superhéroe, que prometía sorpresas y tintes raros. Conseguí no saber nada más antes de verla. Apenas, que venía avalada y escrita por Mark y Brian Gunn, hermanos del mismísimo James Gunn, ese joven prodigio nacido en el seno de la Troma y que, tras una larga carrera en la sombra escribiendo y dirigiendo cine de género y tv rara, se marcó la que para muchos sigue siendo la peli de superhéroes que lo cambió todo: "Super" (2010). Así que yo pensaba que esto sería una especie de puesta al día de "Super"; pero en realidad es una cinta realmente oscura, jodida y sin piedad, que coge elementos de "Superman", pero también de "El buen hijo", "La semilla del Diablo" o "El pueblo de los malditos" (la buena). Incluso me hizo recordar a "Funny games", por el desenlace y la crueldad que transmite hacia el espectador. Sorprendente, original y a ratos escalofriante, pero sobre todo incómoda.

IT FOLLOWS
[David Robert Mitchell, 2014]
Junto con el cine de Ti West y Ari Aster, las burradas griegas, francesas u holandesas e hitos como "Déjame entrar" y "Déjame salir" (por ejemplo), "It follows" es otra de esas películas del "nuevo terror" que parece que gustaron mucho a todo el mundo, o al menos en mis timelines, y que no la había visto antes en parte por ese título tan esquivo y opaco; y que luego, cuando las veo, pues me siento mal. La verdad es que esta tiene también una propuesta original que, pese a lo aparentemente simple y absurdo, le mea en la cara a esas doscientas películas chirriantes y ensordecedoras sobre muñecas viejas y casas encantadas que se hacen como churros y que no le dan miedo ya ni a mi nieta de tres años. Y es que estos tiempos desesperados exigen medidas desesperadas. Así que el argumento es rebuscado y extraño (insisto, pero simple) como solo puede serlo algo sacado de una pesadilla recurrente: gente que te persigue despacito, y que si te pilla, te mata. Ir por la calle y que aparezca una especie de zombie, pero sin explicación alguna, que solo tú puedes ver y que si te toca mueres. Esa es la única premisa, a la que su escritor y director añadió el no menos estrafalario detalle de que si te follas a alguien, los zombis raros le persiguen a él. Quizá no es tan insólito como empalmar intestinos gruesos de tus víctimas unos con otros en la primera cita, pero al menos es una idea, no una puta casa encantada, un payaso y sustos, que para eso ya está el tren de la bruja. Vivimos época de creepypastas, y si el "elemento del miedo" funciona, da lo mismo que sea verosímil o no lo sea, mientras la historia sea buena y contemporizadora. "It follows" está bien narrada, el argumento de los zombis de transmisión sexual entre millennials funciona, y la película me estaba gustando bastante, hasta el momento azaroso en que dejó de hacerlo, porque no había mucho más donde rascar. Al tipo se le ocurrió esa imagen, de tipos monstruosillos diferentes que imponen y acojonan y que se te aperecen de repente, y lo redondeó un poco con lo del sexo, el poliamor y postadolescentes correteando asustados.
—¿Y luego qué, señor David Roberto Miguel?
—Pueeeees... pues no sé, todos a correr más, luego otro poco, un poco de bodycount Instagram-friendly, metemos esta escena que se me ha ocurrido en una piscina (absolutamente patética, de vergüenza ajena y que no resuelve nada), luego todos a correr un poco más, y ya terminará la peli sola, ¿no?
—Mmmm... creo que no...
—¡Pues ya sé! ¡Hacemos un final de mierda y lo ponemos en el minuto 1 y en el tráiler!"
—¡Sapristi!

POKÉMON. DETECTIVE PIKACHU
[Rob Letterman, 2018]
Soy un cuarentón inmaduro, colecciono minifiguras de Lego y muñecos de dos cabezas, y donde más feliz soy es en el sillón de orejas viendo dibujos animados, leyendo tebeos de superhéroes, comiendo bollos y acariciando al gato; pero el fenómeno Pokémon, tal vez porque me pilló en la pubertad mientras descubría a Bukowski y las tetas, o tal vez porque ni los videojuegos ni los bichitos kawaii me revuelven absolutamente nada, me parece una imbecilidad, me da un poco de vergüenza ajena, ¡a mí!, que a alguien de más de 10 años le puedan interesar los Pokémon. Eso sí: mi respeto es absoluto hacia el juego Pokémon Go!, que me parece una experiencia estupenda y comprendo que haya adultos cazando bichos por los parques. Si bien no he jugado a eso ni jugaré nunca (porque no juego a casi nada), ese fenómeno sí que me resultó interesante, lo defendí a capa y espada en las rrss, y las noticias bizarras que surgían a su alrededor me parecían divertidísimas. El estreno de una peli de imagen real de esta franquicia, norteamericana y supuestamente para niños y grandes, sin embargo, despertó en mí cierto interés. Tenía la sensación de que habían querido conducir a esta franquicia más o menos hacia el lugar que ocupan los Looney Tunes, con el estreno de la mitológica "¿Quién engañó a Roger Rabbit?". Y realmente hay algo de eso, en esta peli de personas conviviendo entre dibus, en una ciudad llena de bichos animados y un tono noir. Pero definitivamente es una historia destinada principalmente a incondicionales de los Pokémon. Un homenaje a todas las especies criptozoológicas nacidas en el videojuego y desarrolladas en los dibujos, al Pokémon Go!, llena de chistes privados y detalles que se me escapaban, y que me parecíó bastante tonta, pese al protagonismo de Ryan Reynolds, el tono hardboiled y que Pikachu hable en plan macarra (como el bebé de "Roger Rabbit"; definitivamente, "Detective Pikachu" bebe bastante de aquella). La trama es lo de menos, y nada tiene demasiado interés más allá de la "épica" que rodea a los bichejos cuquis, los combates, la caza y la amenaza de los bichos malos y grandotes. Visualmente interesante, pero un poco aburrida para los no cazadores.

EL HOMBRE QUE MATÓ A HITLER Y DESPUÉS A BIGFOOT
["The man who killed Hitler and then the Bigfoot", Robert D. Krzykowski, 2018]
Bajo un título que prometía psicotronía y cachondeo al estilo Troma o Pedro Temboury, se esconde en cambio una cinta sobria y parsimónica, un drama que narra con circunspección y solemnidad las andanzas de un anciano héroe de acción, al que los servicios secretos buscan para que dé caza al mismísimo Bigfoot, que está llevando a cabo una enorme masacre de montañistas, tras descubrir que es el mismo tipo que asesinó a Hitler en 1945 y que sigue en forma. Una especie de Old Man Logan retirado, que trata de llevar una vida normal, cuyas andanzas de juventud se narran en forma de flashback, se verá ahora inmiscuido en la búsqueda y exterminio del homínido peludo contra su voluntad, compungido y apenado. Una peli curiosa pero algo floja, debido a su tratamiento de semenjante argumento ucrónico y fantástico, que cumple su objetivo de resultar verosímil e interesante, en las antípodas del disparate bizarro, pero su ambición de tomarse demasiado en serio resulta demasiado rara y su ritmo no ayuda. Extrañamente, a la cinta se le pueden sonsacar lecturas filosóficas, histórico-políticas y existencialistas (tiene críticas completamente polarizadas), pero yo soy de los que no entró a fondo en su desarrollo y me resultó simplemente grandilocuente y fallida como ucronía de género. Quizá merezca una revisión más atenta...

THE UH-OH SHOW
[Herschell Gordon Lewis, 2009]
Mi tele escupe esto de manera azarosa durante otra de mis jornadas de arresto domiciliario traduciendo en casa. Uno de los disparates fuera de tono del "Mago del Gore", resucitado cuarenta años después de sus ejercicios carniceros pioneros. Estúpida película que parodia la deshumanización de la sociedad, a través de un concurso de televisión en el que los participantes son desmembrados en vivo si fallan las respuestas (argumento visto mil veces), y que sirve para vehicular una sucesión de sketches lamentables; por un lado una especie de sitcom absurda y gamberra detrás de las cámaras, que apesta a Tromaville (por allí desfilan de hecho sus "fiesteros" jerifaltes todo el rato), y por otro lado las escenas de mero gore salchichero hecho comedia negra que no aportan tampoco absolutamente nada (ni siquiera cuando el concurso se transforma, tratando de llegar incorrectamente a una audiencia infantil dentro de la ficción, en una sucesión de cuentos infantiles de los Grim llevados al gore). Un pasatiempo inocuo y que da un poco de pena ajena.

FUNLAND
[Michael A. Simpson, 1987]
Singular comedia negra ochentera de bajo presupuesto, con cierto encanto kitsch y cierto cachondeo de autocine, pero en la que casi no sucede nada. El parque de atracciones Funland ha cambiado de manos, al ser comprado por un grupo de mafiosos, que quieren dejar fuera a varios trabajadores curtidos allí, entre ellos el payaso Bruce Burger y su muñeco de ventrílocuo (una salchicha parlante con mala baba llamada Jimmy). Desde el primer minuto sabemos que el payasito es una especie de subnormal imprevisible, y que se va a tomar una sangrienta venganza, pero tarda toda la película en llegar, apenas. Todo transcurre sin embargo a base de escenas vertiginosas sueltas y deslabazadas, en las que vemos a los miembros del parque preparando la nueva temporada a ritmo de telecomedia. De hecho, el matrimonio de guionistas de la película crearían unos años más tarde tanto Cosas de Marcianos como Aquellos maravillosos 70.
SCREAM BLOODY MURDER
[Jon Hoffman, 2003]
Encubierta bajo la apariencia del slasher original omónimo de 1973 me llovió del eMule esta peli directa-a-vídeo inspirada en aquella. Rodada recién entrado el XXI, pero con todo el grumo, la puesta en escena y hasta los peinados y vestuario típicos del cine de terror de los ochenta, se trata de un simpático homenaje a todo aquel cine chatarrero de bajísimo presupuesto, scream queens, matarifes cabrones y una colección de muertes violentas e ingeniosas: lo que es un slasher clásico, con tintes de whodunnit (guiño a "Diez negritos" incluido)... pero todo ello llevado a la parodia. Vengo insistiendo en muchas de estas críticas sobre el cine de terror malo, que lo peor que pueden hacer es tomarse demasiado en serio: lo que pedimos quienes queremos matar el rato viendo una película de chicas vestidas de colegialas que se quedan encerradas en un escenario lúgubre y las van matando una tras otra, es despiporre, no filosofía, erudición y metafísica. Y esta versión de "Scream bloody murder" es un spoof disparatado y que me ha gustado un montón. Las muchachas vestidas de Sailor Moon se quedan tiradas en mitad de la carretera, y son remolcadas por un chatarrero que las lleva hasta su desguace. Es allí donde empezarán a caer como moscas, de la manera más idiota y divertida, sin que se vea nunca al asesino, pero quedando claro continuamente que el principal sospechoso, el dueño del desguace, solo es un patán que las asusta sin querer: que si lleva la máscara de hockey puesta porque viene de entrenar, que si se avalanza sobre una chica con un cuchillo con la sana intención de quitarle a esta el ataque de hipo, que si corretea con una motosierra hacia las chicas porque la había perdido y se alegra de haberla encontrado... La peli es un despiporre muy entretenido, entre que están todas todo el tiempo en ropa interior poniendo caliente al espectador pajero, que se hacen lesbianas de repente, los chistes malos y las muertes extravagantes, que rivalizan con las de Rasca y Pica. Y la enésima broma del director es que pese al despliegue de zorrerío, el fornicio y el tono a lo peli de Los Albóndigas, a las chavalas no se les ve ni un milímetro de piel más del que aprobaría Jesús. Recomendable, sobre todo si no has leído estas líneas y no esperas absolutamente nada de esta divertida chorrada; y dependiendo del día que tengas, porque el spoof es un género que o te mata de la risa (como me pasó a mí la primera vez que vi "No es otra estúpida comedia americana" o "Me parece que... sé lo que gritásteis el último viernes 13", por ejemplo, que me meé con ellas) o te cabrea y la odias (como me pasó con casi todas las demás parodias o sagas paródicas de blockbusters), si por el motivo que sea no entras en el juego. En esta, al menos, se nota que expectativas tenían cero, y a mí me han ganado.

BILL MURRAY: CONSEJOS PARA LA VIDA
["The Bill Murray stories: Life lessons learned from a mythical man", Tommy Avallone, 2018]
Bill Murray es uno de los famosos más queridos de todo el firmamento de estrellas. A pesar de su limitada versatilidad, a pesar de su cara de acelga, de que se haya hecho famoso con papeles de tipejos cínicos y soberbios (su chulesco y duermemozas Peter Venkman de "Los cazafantasmas", el aborrecible Phil al que no aguanta ni su sombra en "Atrapado en el tiempo", el abofeteable payaso que se llevará la lección de su vida en "Los fantasmas atacan al jefe", el cabronazo mujeriego que acapara toda la inmerecida fama y destruye al pobre Munson en "Vaya par de idiotas", el masoquista de "La pequeña tienda de los horrores"... en fin, así casi siempre), en la vida real, vete a saber si tal vez por eso mismo, Murray es una de las personas más admiradas por todos nosotros, y tiene una vis cómica incomparable, irrepetible. Desde sus comienzos como actor de improvisación en Second City, recién aterrizado del National Lampoon (ya en sí misma una historia formidable), y a lo largo de una larga carrera actoral y como invitado televisivo, ha demostrado poseer un talento y un carisma fuera de este mundo. Además, Bill Murray es un modelo de conducta. Hasta que ayer me encontré con este documental (lo estrenaban en el canal TCM, y lo encontré por casualidad, al hacer una búsqueda en el Plus, porque me apetecía ver ¡una peli con Bill Murray!) no había atado cabos, pero sí que había escuchado varias veces cómo se pone como ejemplo a Murray de cómo deberían ser todas las estrellas de cine. Conscientes de lo que despiertan a su alrededor cuando acuden a lugares públicos, de los rumores que pueden despertar, de lo incómodo de que te den la tabarra todo el tiempo, la mayoría de las celebridades evitan casi cualquier contacto fuera de contrato con los plebeyos, o bien se comportan como si todos fuesen incómodos paparazzi, desagradables moscones... salvo que haya una cámara delante. La fama debe de ser una condición difícil de manejar. El caso es que Bill Murray, casi desde el comienzo de su carrera, decidió lanzarse de cabeza y disfrutar de la experiencia de pasar el rato con las demás personas, o tal vez darles algo de qué hablar en los días siguientes, quien sabe si incluso cambiarle a alguno la vida, consciente de su cualidad de ser humano completamente normal pero que despierta vivas reacciones a su paso. Y es por eso que tiende a haber un creciente número de leyendas urbanas en torno a "comportamientos extraños" de Bill en sociedad. A que Bill Murray te puede cambiar la vida cuando menos te lo esperas.
Se dice que una vez, sin previo aviso, Bill Murray se presentó en una fiesta privada en un hogar que le era completamente ajeno, charlando con todo el mundo como si tal cosa, y acabó fregando los platos en la cocina antes de irse; otra leyenda dice que a un fan que estaba meando en otro encuentro de amigos, se le acercó por detrás, le tapó los ojos y le susurró al oído: «Cuando cuentes esto, nadie te creerá»; una noche acabó en casa de unos cantando karaoke; otra, apareció de pronto en un bar vació, se puso a charlar con un camarero, se corrió la voz y acabó sirviendo copas en un bar repleto de gente enfervorecida. Apariciones de improviso en fiestas privadas, lectura de poemas a unos obreros durante la reconstrucción de una biblioteca, cameos desinteresados en cortometrajes de instituto, alegres y fortuitos encuentros con fans en los rincones más insospechados del mundo... El responsable de este documental reciente decidió afrontar la cuestión de las "historias sobre Bill Murray", y recorrer los escenarios de los supuestos lugares en los que tuvieron lugar todas esas hipotéticas leyendas de transmisión oral... para descubrir que practicamente todas ellas son ciertas. Para descubrir a los espectadores, que Bill es un tío especial, que no tiene ningún inconveniente en aparecer en tu comunión o acabar navegando contigo en un patín a pedales hacia una puesta de sol en Benalmádena, si resulta que coincidís en un chiringuito en una calita abandonada un martes. Bill es así. No tiene agente, y no hay manera de contactar con él por los cauces oficiales, o eso aseguran varios de los directores con los que ha acabado trabajando: que hasta el mismo día de comienzo de rodaje nunca sabían si aparecería o no.
Viendo este entrañable, hermoso y tremendamente positivo documental, me acordé del videomixtape "Mr. Mike's mondo video", una de las cintas más subterráneas e ignotas imaginables, presentado por Bill Murray paseando por la calle, seguramente debido a la razón más peregrina. Aquello sucedió en 1979, es prácticamente lo primero que hizo, y es tan raro que ni siquiera sale en el documental; pero esa cinta demuestra que Bill lleva, como mínimo, 40 años siendo así: dedicado enteramente a estirar la cuerda, darle a la gente lo que quiere, sumergirse en la normalidad más absoluta y dejarse llevar, improvisar permanentemente en su vida privada, explorar el contacto con los desconocidos siendo uno más entre ellos, sabiendo que no solo, probablemente, es mucho mejor que montar un cirio o ignorar a La Gente De Mierda, sino que además puedes hacer su vida un poquito mejor y proporcionarles una anécdota inolvidable, y de paso pasarlo bien. La filosofía de Bill Murray, o "el Tao" de Bill Murray, ha sido también explorado recientemente en un libro que llevo tiempo con ganas de leer, y que ha sido editado aquí hace poco por (la jodida) Blackie Books. Y tanto su responsable (Gavin Edwards) como un montón de actores, familiares, guionistas y personas anónimas, exploran esta divertida y fascinante faceta del gran gurú Bill Murray. Un documental extraordinario, altamente recomendable pese a que su director se empeña en joderlo al final (tratando de emular torpemente a Michael Moore en busca de Charlton Heston, dando bastante vergüenza ajena; una escena y una subtrama dentro del documental, que sobraba se ponga como se ponga el autor), y en el que no es exagerado tratar de extraer toda una manera de entender la vida, aprendiendo del Evangelio según Bill.


Actualización: Atrapado definitivamente bajo el influjo de Bill Murray transformado en un gurú y en un ejemplo vital para todos nosotros, en cuanto terminé de ver el documental me hice con una copia de "Cómo ser Bill Murray", el libro en el que el documental se basó principalmente, y lo devoré en un par de días, con el ansia de un monaguillo aferrado a su Biblia durante unos ejercicios espirituales. El libro es estupendo, incluso para haber sido editado por los trileros de Blackie Books (que, para empezar, se mean en el título original de la obra de Gavin Edwards, "The Tao of Bill Murray: Real-life stories of joy, enlightenment and party crashing", y aquí nos lo han colado con ese guiño al hipster menos taimado), aunque no se trata de una lectura lineal, sino de una especie de "Guía para la vida" de Bart Simpson (salvando las distancias), al dividir el asunto en montones de epígrafes breves y llenarlo de (pocos, pequeños y bonitos) dibujitos; no es una queja, solo una aclaración. Básicamente, el libro se compone de tres grandes bloques: una introducción general; el largo capítulo mollar de anecdotario de avistamientos y encuentros en la tercera fase de la plebe con el ídolo, que avanza de manera golosa, entretenidísima e intencionadamente desordenada, con saltos continuos adelante y a atrás por las décadas, y agrupadas atendiendo a las supuestas 10 grandes enseñanzas que Bill ha querido transmitirnos con su curioso comportamiento: "Los diez principios de Bill". Una tabla de Mandamientos curiosa, que se entiende que no pretende convertir esto en una secta (ojalá; yo me apunto) sino en un objeto humorístico. También se incluyen otros epígrafes a modo de interludios, como el repaso año a año de las intervenciones bufas de Bill en el torneo de golf Pebble Beach Pro-Am, así como otros "cuadros de texto" que glosan una suerte de "top 10" de frases que dijo en tal o cual ocasión, sus 10 autógrafos de coña a los fans más recordados, 10 insultos que profirió a los conductores aledaños durante un largo atasco según su copiloto aquel día...; y el tercer bloque, aún más largo, es meramente una crítica de cada una de las películas de Bill, absolutamente todas ellas, comentadas brevemente y atendiendo siempre al papel de Bill allí, o añadiendo más jugosas anécdotas sobre su participación, su manía de improvisar o los problemas de los directores para contratar sus servicios. Un bloque realmente largo, ya que repasa toda la lista de IMDb del Maestro Murray, y que puede quedar algo deslucido y decepcionante para el que esperara más sobre su vida privada y no tanta reseña para lectores del Fotogramas. Pero a mí me ha gustado, el gossip es abundante, y el asombro permanece. Era una manera como cualquier otra de acercarse a su historia, y como guía de su filmografía es muy valiosa y da muchas ganas de repasarla... pero es que su filmografía es muy larga...

KUBASA IN A GLASS
[Atelier National Du Manitoba, Matthew Rankin, Walter Forsberg, 2006]
Esta mañana me dio por irme a la carpeta de "mixtapes" del hdd que tengo atado a la tele, y después de un par de vistazos a cosas que no terminaron de engancharme ("Late night bullshit" es una colección de fragmentos de tele nocturna demasiado floja y azarosa; "Random TV" es un curioso ejercicio de zapping de dos horas grabado en VHS por Solo-Dios-Sabe-Quién en algún momento de los 90s, repleto de marcas de tracking y sin créditos de ningún tipo, que me pareció fascinante al princpio, que intenta incluso generar cierto discurso al cambiar intermitentemente de unos contenidos a otros... pero que a lo tonto cuela casi entera la película "13 ghosts" de William Castle que estarían dando en ese momento, y luego otro par de pelis trituradas de ciencia-ficción barata, y me acabó aburriendo), me tragué una curiosísima cinta titulada "Kubasa in a glass", de esas que tanto me gustan, que consiste en piezas de alguna televisión local de Winnipeg grabadas en VHS entre 1975 y 1993. No solo resulta curiosísimo asomarse a aquel rincón de la cultura basura hiperlocal de otro lugar y otro tiempo, sino que sus autores ofrecen información a pie de página de algunos de sus protagonistas. Entre anuncios bizarros de gadgets de cocina, programas de música extraña alucinantes o estudios sobre peinados y bigotazos a la moda de la época y la región, conocemos por ejemplo a lisérgicos personajes de las catacumbas hertzianas de Manitoba como Uncle Bob (aka Robert Swartz, Jr.), un ventrílocuo que junto a su terrorífico muñeco asesino Archie Wood se dirigía a los niños desde un cohete espacial, mientras que se nos narra que el tipo era realmente siniestro, tenía graves problemas para controlar su conducta y fue expulsado tras varias décadas por salir a presentar su programa matinal completamente borracho (uno de los clips, emitido en directo en 1984, muestra a Uncle Bob enseñando sin querer el culo desnudo de una muñequita en primer plano, mientras le busca el botón de encendido, ante el descojono de todo el mundo tras las cámaras y sus posteriores torpes disculpas); algunos anuncios, como el del centro comercial de ropa femenina Clifford's, son hilarantemente troleados, al intercalar una parodia del mimso con tipos pegándose (parece ser que Clifford's era algo así como el Galerías Preciados local, que acabó en bancarrota); con otro anuncio (de no recuerdo qué producto infantil que se promocionaba con un spot lleno de explosiones) van más allá, intercalando imágenes del intento de atentado de Ronald Reagan; en otro bloque (el documental es un "estudio en 10 partes", y de hecho así se subtitula) muestra fragmentos de programas amarillistas disuasorios y de impacto, al estilo de "Bowling for Columbine", en los que se asusta a la gente con terribles crímenes (en una zona con un índice de criminalidad ridículo) como una vieja a la que han robado un bolso o un señor que intenta desesperadamente atracar un parque de atracciones con una pistola de juguete, todo ello reinterpretado con actores; conocemos también a un orondo gritón vendedor de sillones de teletienda con sombrero de cowboy, llamado Nick Hill, que parece totalmente sacado de King of the Hill; o al ya mundialmente famoso (en el infra-mundo del found footage) Winnebago Man, en la que pudo ser la primera aparición de las tomas falsas en VHS de "El hombre más enfadado del mundo"; entre unas cosas y otras el metraje está salpicado de varios fragmentos de una desasosegante y triste entrevista, el primer programa de algo llamado Personalities, dirigido por un tal Ross Doern, que interroga a una madura actriz aspiranta llamada Bea Broda, hablando sobre lo complejo de buscarse la vida en el mundo del espectáculo, pero que ella no tira la toalla. La entrevista se reanuda al final de la cinta, a modo de epílogo: sobreimpresionado, se nos desvela que Bea fracasó estrepitosamente, mientras que Doern se pegó un tiro poco después de esa entrevista. Todo ello, además de un buen montón de anuncios, teletienda abisal, entrevistas locas, bloopers de presentadores apenas semi-profesionales y toda una hora de excelente material del que se fabrican los sueños, digo los video-mixtapes de mayor éxito, pero todo ello inédito, grumoso, bizarrísimo y editado con gran alborozo y destreza.

DOS VECES YO
["All of me", Carl Reiner, 1984]
Sobremesa ligera de entretiempo. Desesperado, sobrepasado por la ansiedad, tengo tantas ganas de que llegue el invierno que, pese a hacer unos 20 grados ahí afuera, me senté ante la tele del salón con todas las ventadas cerradas y las cortinas echadas, con mi pijama de felpa, el albornoz gordo a modo de batín y las pantuflas de pezuña de oso. Apagué todas las luces, acerqué el sillón (y todos sus periféricos) a pocos palmos de la tele, y me puse a ver esta comedia clásica. ¿El resultado? Una placentera siesta seguida de cierto dolor cervical. Steve Martin es un tesoro de la comedia norteamericana, un maestro, cuya persona y su talento improvisando o haciendo música ha sobrepasado a sus personajes. Hace poco vi "Steve Martin and Martin Short: An evening you will forget for the rest of your life", y mira, aún no lo he olvidado, como tampoco la sensación de que está muy mayor y que Martin Short se lleva todo el protagonismo (hablando de estar mayor, el otro día vi el roast de Alec Baldwin, que me entretuvo mucho, y estaba como invitado Robert DeNiro y ese sí que está viejo, pero viejo, el pobre). En realidad, Martin no tiene una carrerra en el cine precisamente meteórica. Sus papeles más recordados son todos de los 80 (mis favoritas: "Mejor solo que mal acompañado" > "La pequeña tienda de los horrores" > "Un par de seductores" > "Un loco anda suelto"), ¿cómo es posible que no haya hecho en treinta años ni una sola película memorable, que le haya colocado en el lugar que merece? Me imagino que su hábitat es la televisión o los escenarios, más que el cine. No sé por qué apareció "Dos veces yo" en mi tele, pero aparte de sus andares y aspavientos semi-manfloritas, tampoco tiene nada especialmente memorable. La recordaba más divertida, y es una bobadeta amable escrita practicamente solo para que tenga esos momentos histriónicos.

IT CAME FROM KUCHAR
[Jennifer M. Kroot, 2009]
Estupendo documental retrospectivo sobre la vida y obra de los gemelos mutantes George y Mike Kuchar, cineastas underground con un lenguaje muy particular, de quienes nunca he visto una peli propia, pero por supuesto me han entrado muchas ganas (ya tengo unas cuantas a la cola). De enorme influencia en artistas como Bill Griffith (Zippy the Pinhead), John Waters o Troma (Kuchar aparecía en "Asesinatos anunciados", de la que hablaba por aquí hace dos entregas), entre otros satélites que participan en el documental, afines al trabajo inclasificable de Mike Diana o Art Spiegelman (que protagonizaron algunos de sus marcianos cortometrajes; tanto Mike como George tuvieron carreras paralelas en el comix y la ilustración), es un trabajo hagiográfico lleno de imágnes de archivo y pedazos de sus cintas, con entrevistas además a los protagonistas, cada uno en su casa hablando de sus cosas locas. El documental es también, sin quererlo, un poema queer, un retablo kitsch, medio episodio de ¿Quién vive ahí? y otro medio de Callejeros, y una hermosa égloga al cine como sustento vital.

AMERICAN MOVIE
[Chris Smith, 1999]
Casualmente, sin pretenderlo, al día siguiente pillo en TCM otro documental sobre un director de cine entusiasta, marginal, diferente: Mark Borchardt, un muchacho de Wisconsin apasionado por el cine gore y de terror, autor de pelis caseras con sus vecinos desde los 12 años, sueña con hacer una película de terror de abuten, pero su epopeya de tres años se constriñe finalmente a dar por acabado un cortometraje ("Coven") que había empezado 7 años atrás, posponiendo su futura película soñada ("Northwestern") hasta que consiga financiarla rápidamente mediante el corto. Han pasado 20 añazos desde que se estrenó este documental, casi treinta desde que empezó a pergeñar "Norwhestern", y el proyecto sigue abierto y en pre-producción desde 2014... En todo este tiempo, gracias al éxito de "American movie (The making of Northwestern)", Mark se ha convertido en una especie de celebridad cinéfaga, asiste a festivales de gore y despendole, a convenciones, ha salido muchas veces en Letterman, y ha hecho cameos en un montón de películas, como una especie de icono del género; pero rodar, lo que se dice rodar, no ha hecho nada interesante fuera de las chorraditas que hacía de adolescente y que muestra el documental. Porque "Coven", a juzgar por lo que se muestra, también es bastante flojita. Así que mientras miraba este curioso docu, ya le había perdido un poco el respeto a Mark, ese supuestamente esforzado amante del cine de terror, al que vemos debatirse entre la pasión más absoluta por el cine casposo y el zanganerío total y sin causa. "American movie" resulta un documento curioso, todo él a base de rodajes reales sobre el proceso creativo frustrado sine die del muchacho. Sus reflexiones como padre divorciado, sus tardes en casa con su moribundo tío Bill, sus paseos recurrentes a ese cementerio o ese desguace de la América Profunda que sirven de potencial plató de ensueño para esos cientos de películas de género imprescindibles que tiene en la cabeza pero que jamás rodará, y sobre todo las interminables charletas del pedante y marisabidillo Mark hablando y hablando y hablando sobre hacer cine, ser cineasta, vivir el Sueño Americano, pero sin dar pie con bola. Lo mejor de esta larguísima sucesión de grabaciones domésticas es Mike Schank, su amigo Mike Schank, otro redneck fumeta y headbanger que solo sabe hacer la "o" con el humo de canutos, pero que mágicamente convierte a esta pareja de amigos en el perfecto dúo cómico involuntario. Unos Laurel y Hardy grunges, talmente Jay y Silent Bob con los roles cambiados. En la vida real se han convertido, y esto sí es un auténtico logro vital, en una especie de cosplay 24/7 de sí mismos, que les inviten a todos los saraos y que tengan su propio podcast de éxito. Porque por separado son dos ceros a la izquierda llenos de sueños pero sobre todo coleccionistas de fracasos, como tú y yo y cualquiera, pero juntos, la cosa mola un poco más. No he sabido ver en esta cinta documental la mágica obra maestra meta-cinéfila alabada por la crítica, y como retrato de la vida en la asfixiante realidad de la Norteamérica rural me ha parecido un poco aburrida. Que cientos y cientos de chavales como estos cogen y se ponen a rodar y punto, y hay por ahí decenas de miles de pelis de terror basuriento, hombre, que no es para tanto.

EL ODIO
["La haine", Mathieu Kassovitz, 1995]
Estos días están siendo terribles para la Democracia. Lo digo sin asomo de ironía. No sé cómo se verá todo esto dentro de algún tiempo, si es que sobrevivimos y no acabamos envueltos en una nueva lucha fratricida, como dicen los cuñaos; pero yo estoy bastante triste ahora mismo con lo que está pasando en el partidillo Cataluña vs. España. Millones de personas allá arriba saliendo a protestar porque no pueden más, y el resto insultándoles, tratándoles como a una secta de zombis. Como si hubiese un ultranacionalismo fetén, normal, el ultranacionalismo que sí, el que dios manda, y un ultranacionalismo terrorista de facto. Todos los medios de comunicación, a todas horas, poniendo el foco unicamente en las pedradas, en los disturbios de los chavales gastando testosterona con la delincuencia, que les ha dado por pasar de todo ya y enfrentarse a los de la porra, hasta la polla ya de los de la porra que mandan los de abajo, como si esto fuese a ser el detonante de algo, como si a partir de ahora es cuando las cosas se van a poner feas... ¿Pero en serio hay gente tan gilipollas que no se ha dado cuenta de lo feas que están las cosas para el 90% de nosotros desde hace décadas? Las imágenes de las pedradas y las palizas son duras, pero es que escuchar en mi entorno el que les den más fuerte, que se vayan ya, que si tanques, que si ETA... Es desesperante. Se ha extinguido la empatía, como le pasara al catoblepas. En estas que me acordé de "El odio", una película que literalmente me revolucionó la adolescencia y que he visto docenas de veces, se la recomendé, ahora sí, irónicamente a los del grupo de whatsapp monopolizado por los cinco o seis de Vox del que no me dejan irme porque se aburren si solo hay cien banderas de España y cien videos guarros diarios, y volví a verla anoche, después de intentar concentrarme, sin éxito, en ver cualquieras otras diez o doce películas. Ver "El odio" es como escuchar una vieja canción de Bad Religion o de Fugazi, que me reconforta, que la voy tarareando al pie de la letra. Mi reproductor no leía mi DVD de edición especial (hacía años y años que no intentaba leer alguno), ni la encontré en Netflix (juraría que estaba) ni en el Plus, así que la busqué en Youtube y me la tragué, creo que por primera o  quizá segunda vez, al menos toda entera, en versión original (mal) subtitulada. Y la disfruté como siempre, aunque echando de menos la voz de Will Smith y las morcillas. Cuando miro esta película, no solo me entretiene por la cantidad de cosas que pasan, y me satisface porque lo que cuenta, las muchas lecturas que tiene, me suponen un cierto desafío intelectual, sino también porque me hace rememorar todas las otras veces que la vi, que la proyecté yo mismo a gente más joven que yo, o que la rememoré. Sucede que hay un par de momentos en mi propia vida, que tengo muy vívidos en la memoria, que tengo dudas de si me pasaron de verdad, porque se repiten fielmente en "El odio". Me acuerdo de mi viaje a París, de muchos veranos en Gamonal, de las carreras por Malasaña en mis años universitarios jugando yo mismo (pero en plan pusilánime, desde la retaguardia y odiando todo), me acuerdo de muchas cosas y de mucha gente todo el tiempo, solapándose en mi cabeza, al tiempo que esta película me vierte su prosa poética visual. Seguro que no pasa mucho tiempo sin que la vuelva a ver. También me ha servido para romper la sequía, que llevo un par de semanas sin ver nada que no sea la mierda de la programación en mis pocos ratos entre trabajar y dormir y mirar fake news en directo.
CAMPAMENTO MÁGICO
["Summer Camp Island", Julia Pott (creadora), 2018-2019]
Hace algunos meses tenía cuerpo para ver alguna serie de animación moderna, y disfruté enormemente de Gravity Falls (lo conté en esta misma "sección"). Pasó el verano, y está empezando a refrescar en Madrid. Tengo la tarde del lunes libre, y entre lecturas, sesteos y zapping, embutido bajo varias capas de mantas con mi pijama de felpa y mis pantuflas peludas, se me ocurrió descubrir alguna otra serie para chavales, ver si, como no soy padre, me estoy perdiendo algo entre los canales infantiles. Y en la interminable alacena de Movistar + me encontré con esta sugerencia. Otra serie para adolescentes que transcurre a lo largo de un verano en un lugar imaginario. Apenas he empezado a verla, impulsado por una extraña curiosidad, y voy a tenerla puesta solo mientras tecleo esta reseña; porque creo que he dado con la serie de dibujos animados más espantosa y dañina imaginable. El perfecto reverso tenebroso de Gravity Falls, un insulto a la inteligencia del niño y del adulto, llamada Summer Camp Island. Es la cosa más presuntuosa, irritante y desagradable que he visto en muchísimo tiempo. De un estilo que mezcla lo peor de la ya de por sí chirrinte y repelente Hora de aventuras, con lo peor de las tazas de Mr. Wonderful y unos garabatos improvisados por Mariscal, lo peor sin embargo no es su estética de papel pintado a la venta en Malasaña, esa pinta de calendario de actividades para niñas idiotas de Blackie Books, ese jaez de cómic alternativo con el que ha triunfado sin darse cuenta una estudiante pija de diseño gráfico de Portland con el talento en el culo, dibujando en una servilleta color pastel; lo peor es que pretende ser la fábula definitiva, un conglomerado de todos los cuentos infantiles, adaptados a la animación pomposa moderna para débiles mentales. Disfrazada de serie infantil, pero que en realidad pretende satisfacer exclusivamente a las madres modernas y aburrir a los pequeños tratándoles como a subnormales. No creo que a las niñas les interese esto, no lo creo. Es imposible. Es demasiado rápido y demasiado "irónico" para las niñas más pequeñas, que son las que podrían disfrutar con esas pupilas grandotas y esos personajitos raritos y coleccionables. Esto está hecho para disfrute exclusivo de un colectivo de fanzineras feministas más cercanas a los 40 que a los 30; pero lo que jode es que lo disfracen de animación infantil. Creo que he dado, insisto, con el producto audiovisual más irritante y espantoso. Si Hora de aventuras se convirtió en el epítome de la animación rácana, hipster, posmo, kawaii y estúpida, pero con la coartada de la fantasía desatada, Summer Camp Island hace de aquella una obra maestra del ingenio y la calidad gráfica. Trata sobre un campamento para animalitos antropomórficos, en el que las monitoras son brujitas instagrammers feas que no les dejan apagar la luz cuando quieran y esconden los emblemas de los talleres. El gilipollas del niño-elefante protagonista (Óscar) tiene un pijama que le habla, una gorra que le habla, juega con una pelota que habla, y por las noches habla con una luna creciente con ojos. Los muebles tienen ojos, tropieza con una silla con ojitos cuquis que hace "¡ay!". Se saludan diciendo "¡holi!", que me imagino que, entre millennials, debe ser muy gracioso o irónico y no da simplemente ganas de matar. Hace 60 años el libro de Maurice Sendak ya debía ser un poco hipster para la gente corriente; aquí, por supuesto, el bosque está repleto de monstruos cuquis por todas partes. Como los yetis que cuando hablan suenan saxofones (increíble, alucinante que no sean ukeleles), o los bichos amorfos rosas y azul cielo. Cuernecitos, monstruos bebés monos, sirenas chiquitinas... Todo es increíeblemente repelente. Si es que basta mirar la canción de la sintonía de apertura para que el ascómetro se dispare: «la magia es real, aquí lejos del hogar todo es posible, las brujas lo harán. Los monstruos son guays, la luna alumbrará contigo en el Campamento Mágico». Ni a Amaral se le hubiese ocurrido una sintonía más pestilente. Puertas con ojitos, estrellitas con ojitos, trozos de tarta que caminan, tostadas con ojos. En serio, voy por el capítulo 5 (que son muy cortitos) y lo voy a quitar, porque me está dando ganas de matar. Quien hiciera esta serie, además de usar gorros de lana, máquina de escribir, post-its rosas, tocar el ukelele, hornear cupcakes y comprar vinilos que no escuchan, son unos hijos de puta y me han arruinado la semana.