jueves, 24 de marzo de 2016

Gran Circo Cappuccino (Óscar Julve, 1997)

Descubro que Óscar Julve no se convirtió en una estrella del cómic español porque decidió dedicarse a la (supongo que suficientemente lucrativa e interesante) ilustración infantil y la animación, mundo en el que no para de producir material. Porque Julve no podía haber desaparecido de repente, después de las muestras de talento que dejó en Gran Circo Cappuccino, la extrañísima serie publicada por Glénat allá por mediados de los 90s. Una obra experimental, claramente inspirada en las locuras que por entonces hacían Albert Monteys y sus colegas de La Penya en Mondo Lirondo, cogiendo a un puñado de animales (y vegetales, y minerales), antropomorfizándolos y poniéndolos a vivir aventuras surreales y adultas en viñetas, armando poco a poco un universo (supuestamente) cohesionado y autorreferencial con vida propia. En este caso, el protagonista principal era una especie de humanoide con cresta (Johnny Smith), absolutamente idiota y patético («…y lo sabe»), dotado de una enorme capacidad de asombro y curiosidad, que acaba afiliándose al circo del nombre, para sufrir todo tipo de penurias y abusos por parte del jefe de pista Mr. Dandi, el asesino en serie bicéfalo Hermanos De Vicente, el pato Donaldson y el ratón Mickison, y un montón de seres bizarros. La serie tenía una ambientación, un sentido del humor y una estructura (la historia avanza principal avanza linealmente, mientras se complementa con tiras, historietas autoconclusivas, secciones de texto, fotomontajes, etc. protagonizados por todo el reparto de secundarios) que recordaba demasiado a Mondo Lirondo, pero el dibujo de Julve no paraba de crecer y mejorar, y la locura argumental de retorcerse y agigantarse haciendo que uno deseara más y más.

Too Much Coffee Man (Shannon Wheeler, 1998)

Más lecturas de tebeos con las que he arramplado estos días. Me dio por releer algunas cosas que me gustaron mucho de joven, momentos destacados (en mi cabeza) de la oleada indie de los 90s, como esta serie o la que reseño a continuación.
Hubo un tiempo en el que Too Much Coffee Man fue un símbolo, un icono de ese nuevo tebeo alternativo a los superhéroes, que en los años 90s habían copado el mercado, y animado a muchísima gente a probar suerte con el medio. En USA habían surgido cientos de cabeceras como ésta, que apostaban por el DIY y la subversión, de los cuales han sobrevivido tres o cuatro verdaderas estrellas del medio… Pero no sé qué habrá sido de Shannon Wheeler, el tipo al que se le ocurrió ponerse a dibujar esta especie de parodia superheroica a través de la cual daba salida a sus obsesiones personales. Aquella segunda mitad de los 90s fue un hervidero de tebeos contestatarios, personajes irreverentes que reflexionaban sobre el influjo ultra-capitalista de los superhéroes… y que lo hicieron desde pequeños tebeos de superhéroes. Flying Carrot, Madman, The Tick, Nexus, Badger, Shi, The Maxx, Faust, Captain Canuck, Shadowhawk, The Pro, etc., héroes con coartada intelectual fruto del éxito de super-indies como Cerebus, Usagi Yojimbo o las Tortugas Ninja, que demostraban que otra industria era posible y estaban empeñados en ridiculizar a las dos grandes compañías superheroicas. En el caso de TMCM, había bastante de esa parodia con leotardos (su lucha contra TM©M o contra The Cliché, su origen, sus sidekicks…), pero en la misma medida su autor aprovechaba en sus tebeos para parodiarse a sí mismo y al arte de autoeditar tebeos (incluso enseñaba, en un número, como se hacían los minicómics), y en una tercera vertiente construía historias de puro slice of life comiquero para adultos. Y la mezcla era verdaderamente jugosa e interesante. Yo me pirré por TMCM, y quería volver a enfrentarlo pasado el tiempo. Hubo solo 7 grapas del tebeo, numeradas del 1 al 5, 8 y 9; es decir, que después de bastantes retrasos tras el nº 5, decidió saltarse dos números y hacer alusión a ellos en el futuro, aumentando su leyenda. Tuvo bastante éxito, y es ya un tebeo de culto, y el personaje de vez en cuando se recuerda al hacer alusión a esta época y ese movimiento, por breve que fuera su vida editorial, y probablemente todo se debió a la construcción del personaje, ese señor en espándex rojo con una taza de café enorme en la cabeza. Ahora estoy obsesionado con hacerme una camiseta de TMCM.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Secret Wars III

Este año me quedo en casa toda la Semana Santa. A lo mejor me subo a la Sierra a dormir al raso un par de noches no consecutivas, pero tengo bastantes planes y compromisos como para estar entretenido. Y he decidido aprovechar estos días para leerme completo el Evento Marvel más ambicioso, probablemente, de todos los tiempos. Una alucinante novelagráfica-río que abarca a prácticamente todos los personajes de la historia de la Casa, salvo error u omisión, y que lo ha puesto del revés durante mucho tiempo: durante medio año, más o menos, todo el Universo Marvel dejó de existir; de hecho, explotó, al chocar con el Universo Ultimate Marvel, dando lugar al Fin del Mundo, y la consiguiente existencia de un planetita formado por cachos de otros universos Marvel, en el que el Doctor Doom es Dios, y en el que se suceden historias protagonizadas por versiones extrañas, alternativas, suecadas, de todo lo que conocíamos hasta ahora.
El asunto está ligeramente inspirado en las Secret Wars originales de los ochenta, tanto la I como la II, y ha sido explorado editorialmente de una forma similar a la Era de Apocalipsis de los noventa, al dejarlo como digo todo en barbecho e inventarse un mogollón de colecciones y miniseries nuevas protagonizadas tanto por personajes extraños y regurgitados, como basados en versiones alternativas del pasado de los personajes clásicos, provinentes de todo tipo de etapas, sagas y períodos de la compañía; en este aspecto, es el Spider-Verso de los dosmiles el que ha servido de referencia. Aunque no hay que olvidar otras sagas distópicas de la historia del Marvel Universe que creo que han sido esenciales a la hora de recoger ideas o diseñar personajes para todo esto, desde Días del futuro pasado al Universo Amalgam, pasando por Futuro del Ayer (aquella preciosa y visionaria saga de los New Warriors de Nicieza y Bagley de la que nadie se acuerda nunca).
Tristemente, como sabemos los fans de Marvel curtidos, en este Nuevo Orden Mundial en el que son Marvel Entertainment y Disney las que mandan sobre los tebeos, habiéndose convertido estos prácticamente (como decía el otro día Carlos Pacheco) en tráilers para las películas, el objetivo pragmático y verdadero detrás de estas "Crisis en Tierras Infinitas" que se ha inventado Marvel, es múltiple, y poco tiene que ver con los intereses del lector; por un lado, está la intención de desfacer el entuerto del Universo Ultimate, ese reboot fuera de continuidad que no interesa a nadie y no vende un carajo desde que se fue Mark Millar (con la excepción del refrescante Ultimate Spider-Man). Así que parece que básicamente se van a cargar esa línea editorial, y de paso aquellos elementos poco rentables o susceptibles de ser blockbusterizados, para traerse al Ultimate Spider-Man y a dos o tres personajes más a la línea temporal correcta y a la continuidad de siempre, y esconder todo lo demás bajo la alfombra; por otro lado, y esto es más triste todavía, la cuita entre Marvel, Sony y Fox por los derechos cinematográficos de los personajes de toda la vida, con los mutantes y Spider-Man a la cabeza, se ha impuesto vilmente en los argumentos de los tebeos desde hace mucho tiempo, de tal manera que la Patrulla-X sea imposible de seguir, que Lobezno/Hugh Jackman esté muerto y lo sigan matando de vez en cuando (a favor, parece, de la versión post-apocalíptica de Millar, que parece que también se pasa al Lado Claro como si nada), que el término "mutante" esté cayendo poco a poco en desuso a favor del omnipresente "inhumano" (en la misma medida que ahora los putos "imputados" son románticamente "investigados", o "Mr. Propper" es "Don Limpio"), y por supuesto los personajes de las franquicias cinemáticas dominadas por Marvel se parecen muchísimo a sus actores, y los que no, ahora son negros, están muertos, se llaman de otra manera o qué se yo.
Yo siempre he sido bastante Marvel-Conservador y devoto de la Continuidad, y en el fondo me gustaría que todo volviese a ser igual que en los noventa, pero también disfruto de lo que está haciendo últimamente Marvel en muchas de sus cabeceras, aunque sea en menor medida y prefiera releer cosas del pasado. Pero este poner a algunos personajes continuamente a los pies de los caballos, este jodido coñazo de los Macro-Eventos constantes para vender portadas confusas a los que salen del cine, estos cambios sin mediar explicación o el maltrato desesperado a los mutantes (que son lo que yo leía desde niño), ha estado a punto de alejarme de Marvel para siempre en varias ocasiones. Y desde que se anunció Secret Wars, de hecho, había tirado la toalla por completo, y estaba tomándome esto como un paréntesis olvidable, a la espera de ver qué nuevos números 1 me compraba cuando por fin acabara este horror, aún sabiendo que iban a durar seis meses hasta el próximo Macro-Evento a medida del siguiente estreno, y no quería saber nada de estas SW; pero, por fin, ahora que se ha terminado de publicar todo, como digo, he optado por realizar este via crucis, y alcanzar el Gólgota estos días metiéndome entre pecho y espalda estos más de 250 tebeos, a cara de perro.
- Comenzando por las alrededor de 40 grapas previas al Super-Cotarro, es decir, la etapa final de Jonathan Hickman en Los Vengadores, Los Nuevos Vengadores y todo Infinity, que se iniciara allá por noviembre de 2014. Todo apuntaba a que había que leerse eso antes de asomarse a las Secret Wars para entender algo. Así que me puse a ello, me leí todo eso en unos pocos días… y me quedé más o menos igual. No entendí NADA. No sé en qué idioma escribe Jonathan Hickman, por qué todo es tan épico y grandilocuente cuando en realidad todos están todo el rato hablando sobre cosas incomprensibles en medio de una nave y no pasa nunca NADA, que hay la misma cantidad de acción que en un tebeo de Barbie, y por qué hablan todos tan crípticamente, todo es tan extraño, por qué entre los miles y miles de globos de diálogo incomprensibles los dibujantes solo muestran espacio, planetas, brilli-brilli, robots con nombre en latín, extraterrestres raros, personajes imposibles de identificar, gente viajando en el espaciotiempo en grupo todo el rato, postureo galáctico… Gracias a los textos finales de Julián Eme, más o menos me fui haciendo una composición de lugar, y comprendiendo que realmente no había que enterarse, sino que de pronto han pasado 8 meses respecto a la etapa anterior (que no he leído), y se va a ir explicando qué ha pasado entre medias. Más o menos, acabo entendiendo que ha habido unas "Incursiones" que están destruyendo el Multiverso, una escisión secreta en los Illuminati para tratar de derrotarlas sin éxito, y que por fin una comandita de supervillanos malvadísimos (Terrax, Thanos, un confundido Namor y 4 mindundis que se supone que son malísimos pero no conoce nadie), llamados el Cónclave, han optado por destruir todos los universos paralelos al nuestro antes de que colapsen. Y al final, después de tropecientos confusos, aburridísimos, insulsos números, solo quedan 2 universos, el Ultimate y el Normal, que se van a superponer y llegará el Fin del Mundo… hasta en la última décima de segundo la realidad cambia, el Doctor Doom se hace Dios, crea el Mundo de Batalla en el que sobreviven los superhéroes y villanos que interesan comercialmente, y comienzan las SW. Esos casi 40 números de Hickman (con el decente Deodato, el mediocre Kev Walker, algún especial maravillosamente dibujado por el portentoso y añorado Jim Cheung y el inevitable italiano intercambiable) son un auténtico sufrimiento, un sopor de splash-pages de planetas, estrellas, naves y cientos de personajes enfadados que no sé muy bien quiénes son (Pegadora, Distribuidor, Medianoche Próxima, Chicos Cebra, Pod, Validador, Mentor, Corvus Glaive, Ex-Nihilo, ¿a quién le importa esta gente?), para explicar eso: que hay que hacer una Macro-Saga que venda muchos tebeos a costa de la Nostalgia, o el mundo se acaba:
- La Secret Wars en sí misma, consta de una serie limitada troncal de 9 episodios (con un Hickman patafísico y coñazo en la misma línea y eso sí, dibujos absolutamente magistrales de Esad Ribic), narrando los hechos principales, y docenas de series nuevas mezclando, conmutando, permutando ideas, conceptos y personajes de todo el pasado de Marvel, sin límite, y dando lugar a algunas series entretenidísimas, de todo tipo. Estoy en plena lectura, no he llegado ni al primer cuarto de estos 200 y pico tebeos publicados en los últimos 6 meses más o menos, pero quiero ir haciendo ya algunas anotaciones, porque algunas cosas me están gustando muchísimo.
- La otra serie troncal y transversal del Evento es Mundo de Batalla, de 5 números (en la versión española, que recopila también Secret Wars journal), cada uno de los cuales recopilan 3-5 historias autoconclusivas en las que se mezclan conceptos de los rincones más recónditos de toda la historia del MU. Con resultados asombrosos, deliciosos y/o desternillantes. Apenas he leído dos números, pero queda claro que es un "fight club" sin límites a la imaginación de los autores, en el que podemos asistir a una parcela del Mundo de Batalla en la que se dan de tortas diferentes versiones de M.O.D.O.K., una sociedad secreta de Caballeros Luna, un choque de estilo cartoon entre Blade y encarnaciones bizarras de Howard el Pato, unos mutantes de la Edad Media… Todo vale, y casi todo mola mucho.
- Capitana Britania y los Defensores, que sustituye por dos meses a Capitán América y Los Poderosos Vengadores, nos lleva a una distopía sobre una ciudad dividida por un muro, habitada por personajes conglomerados con un diseño del Maestro Alan Davis que enamoran al instante, enfrentados a una especie de Jueces Dredd del otro lado del muro.
- La cabecera de Old Man Logan parece que sobrevivirá después de SW (de hecho, el Lobezno en poder de Fox sigue muerto y lo sustituye una X-23 disfrazada del Lobezno amarillo y azul; y el Lobezno viejales y sin traje estará también en los Vengadores, creo, junto a una Jean Grey alternativa y sin compromiso o el Spiderman mulato). No soy demasiado fan del invento de Mark Millar, y me está gustando más esta recreación de Bendis y Andrea Sorrentino.
- El Guantelete del Infinito, que a priori me importaba un carajo (nunca me ha atraído demasiado la Marvel Espacial, todo aquello que llevara el nombre de Jim Starlin o Ron Lim en los créditos), resulta ser la continuación del Nova más reciente, con el guionista Gerry Duggan, del que sí leí algún tomo y que básicamente volvía al espíritu peterparkeriano del personaje. En este caso, y con dibujos de un impresionante Dustin Weaver, nos traslada a un mundo post-apocalíptico similar al de The walking dead, pero con insectos gigantes en lugar de zombies, Nova Corps por todas partes y guiños al original de los ochenta.
- Todas estas parcelas diferentes que componen el mapa-collage del Mundo de Batalla, tienen el elemento en común de que, pese a que nos lleven a un escenario alternativo del pasado o del futuro de la franquicia, o a una amalgama de personajes o lo que sea, estamos en un mundo nuevo en el que el Doctor Doom es Dios; esto es así, y ya sabremos bien por qué (aunque todo apunta a que ha derrotado al Todopoderoso de la historia ochentera original… aunque en la soporífera saga previa de Hickman se dejaron ver varios Todopoderosos); y el otro elemento común que se produce en todos o casi todos los nuevos universos, es que Doom tiene un cuerpo de policía conformado por Thors. Distintas encarnaciones de Thor a lo largo de la historia (Bill Rayos Beta, la rana con mjolnir, la tía que hay ahora, el Ultimate, Tormenta…) se dejan ver en diversas historietas, y de paso tienen su propia colección, que también me está sorprendiendo positivamente, ya que es un simpatiquísimo cruce entre nostalgia thorera, guiños a Walt Simonson y al viejo lector de Marvel, y noir y whodonnit puro y duro. Escrita por Jason Aaron y con dibujos de Chris Sprouse, el espectacular dibujante del Tom Strong de Alan Moore.
- Jason Aaron, que ya dejó de ser una eterna promesa hace tiempo (aunque a mí me acabó decepcionando bastante en Lobezno), se encarga también de otra de las cabeceras más sorprendentes, y que parece que también sobrevivirá al Evento: Weirdworlds, titulada aquí Relatos salvajes, recupera las clásicas Aventuras Bizarras de Conan, sin más… salvo que Conan ya no pertenece al UM, y el relevo lo toma un tal Arkón El Magnífico, un clon creado por Roy Thomas y John Buscema brevemente en los setenta. Vuelve Conan, por tanto, aunque sea con otro nombre, aquí en las SW en un mundo de espada y brujería en el que también se atisban supervillanos, thors y todo tipo de ideas olvidadas de la Marvel clásica. Y con un dibujo de Mike del Mundo, coloreado directamente sin tintas, absolutamente maravilloso y que me recuerda poderosamente a Fernando Fernández.
- Otro título por el que no daba un duro y que me ha vuelto loco, es Hail Hydra, cabecera que sustituye temporalmente (4 números) a la propia Capitán América, y donde nos encontramos con un mundo en el que Hydra no solo ha triunfado, sino que lleva liderando el planeta desde tiempo inmemorial, siendo ellos quienes construyeron Nueva York (la parcela que ocupa Mundo de Batalla) a su nazionalsocialista idiosincrasia. En la continuidad normal del Capitán América, hasta donde sé, Steve Rogers ha envejecido de golpe hasta la senectud profunda, cediendo el escudo y el heroísmo al sempiterno Sam Wilson, y habiendo adoptado un hijo en una saga reciente. Es su hijo adoptivo (sangre de Emil Zola) quien protagoniza esta historia, transformado en el Nómada en este universo en el que los nazis de Hydra gobiernan con violencia comandados por un Capitán Hydra con su escudo y todo, y un grupo de rebeldes se ocultan en las alcantarillas. Precioso. Por Rick Remender y Roland Boschi.
- Aparte del Logan Viejuno, el papel del resto de Hombres-X en el Nuevo Orden se va a ir dirimiendo en series como Years of Future Past, Proyecto Exterminio, Age of Apocalypsis… Es decir, readaptación de las grandes sagas mutantes de los ochenta y noventa. Regreso a los cánones de Claremont dentro de este mundo extraño domeñado por Doom, que no me está interesando demasiado. Algo más refrescante resulta X-Men ’92, que recupera la Patrulla-X de Jim Lee, la de la gloriosa e irrepetible serie de dibujos animados, llena de guiños a los Bebés-X de Arthur Adams o a la jubilosa etapa australiana, con elementos de la oscuridad de trajo Morrison (Cassandra Nova y demás), y que cuenta con el apoyo de un tebeo virtual supercolorista y aventurero en formato Infinite, es decir, ése con viñetas acumulativas y autores de tercera diseñado para leer en el tablet.
- Hablando de Bebés-X, también se han sacado de la manga otra miniserie para mayor gloria del omnipresente Skottie Young, AvX (Peque Marvels), llena de niñitos cabezones peleándose de broma. Es innegable el atracivo de Skottie Young, y el puntazo de las mil y una portadas alternativas que pinta por todas partes… pero yo le estoy cogiendo un poco de manía. Como narrador, en esta serie por ejemplo (o en Mapache Cohete), resulta tan infantil e insulso como parece a primera vista, y no puedo evitar imaginarme todo el rato, en detrimento de Young, cómo sería un universo alternativo en el que Albert Monteys se dedicara a dibujar historias de puro entretenimiento cartoon para Marvel, sobre todo viendo las maravillas que está haciendo hoy en día en su Universe. A mí eso sí que me gustaría verlo, y estoy seguro de que Monteys destronaría enseguida a ese Skottie Young que, a cambio, casi habría pasado desapercibido en El Jueves… No sé si me explico. Es que además a mí me gustaba mucho el SY de los comienzos, que me hizo babear en la saga de los New Warriors en Stanford previa a Civil War, por ejemplo.
- SW también ha traído de vuelta a los Marvel Zombies, otro exitoso concepto de Mark Millar para la Marvel del siglo XXI. Solo he leído el primer número, en el que toma protagonismo una hija de Ulysses Bloodstone, que se centra en lo que sucede en los márgenes de los universos principales, habitado por zombis de todo tipo (más o menos como pasa en el universo 2000AD alrededor de Mega-City). Tiene bastante buena pinta, esta mezcla de The walking dead y Tomb Raider, aunque qué coñazo ya los zombis, ¿no?
- Otra de las series principales de todo este tinglado, y que también ha sido creada para quedarse, es Fuerza-V (A-Force), que es ni más ni menos que un grupo de Vengadoras, un experimento feminista que también se sacó de la manga hace mil años el mismo Arthur Adams en la Patrulla de los 80s. Está claro que las nuevas cabezas pensantes en Marvel son de mi misma generación... En este caso, el concepto está siendo formado por esas escritoras y dibujantas que han despuntado en series como Ms. Marvel o la Chica Ardilla.
- Igual que tenemos una parcela del universo habitada por Thors de todo pelaje, otros de los rincones a lo Spider-Verso que están pujando por el éxito giran en torno a montones de Iron Men (La guerra de las armaduras) o Hulks (Futuro imperfecto, Planet Hulk), pero apenas me he asomado a ellas, ya iré actualizando esto. Y como el Evento ha puesto patas arriba a TODO el universo Marvel, el resto de personajes importantes (Masacre, Spider-Man, el Motorista Fantasma, los Inhumanos, SHIELD, etc.) también cuentan con sus series limitadas y crossovers suecados que iré descubriendo poco a poco.

sábado, 5 de marzo de 2016

Love (Judd Apatow, Paul Rust, Lesley Arfin, 2016)


Está claro que Netflix nos ha trastocado definitivamente a muchos la rutina audiovisual. Y en buena medida, ha venido a tranquilizar conciencias. Yo soy de los que, aún así, sigo tirando de picardía y subversión y le cambio la dns a la tele a veces para ver alguna serie vieja norteamericana, porque nuestro Netflix al lado de su Netflix es lo que un ábaco a un iPad; pero lo hice sin querer, señor juez. Por lo general me satisfacen sus contenidos y categorías, para echar una tarde tonta mientras coso unos pantalones, y algunas nuevas series son un lujo que añadir al placer gandul de la tele a la carta. Me parece que alguien en un despacho del Plus tiene que estar que trina. Mola también la creciente rumorología, como esa leyenda que asegura que en Netflix no solo hay pelis de Adam Sandler para débiles mentales, sino que hurgando en la url de la máquina se puede acceder a contenidos ocultos como cine subidito, cámaras ocultas en los probadores del Primark o streaming de asesinatos rituales en directo.

Con las series de Netflix pasa una cosa extraña. Debido a esa idiosincrasia de sacar todos los episodios de golpe en el mismo instante, se pierde esa maravillosa sensación dosificadora, la anticipación, la rutina de sentarse a ver qué te ofrecen en el día de la semana correspondiente. Supongo que para los que hacen las series está muy bien, porque la venden de golpe y no sufren por su cancelación ni las audiencias; y la cadena se asegura una avalancha constante a todas horas de espectadores durante las primeras semanas, si el producto gusta. Pero no sé por qué esa manía de soltarlo todo de golpe, porque corren el riesgo de que los que estamos ociosos nos meteamos toda una temporada en una tarde, que yo soy mucho de eso, o que si no convence un episodio o dos no se le dé una oportunidad en otro momento de una semana. Y se pierde esa sensación de estar participando en una comunión colectiva global, con mucha otra gente a la vez, como pasa con todas las demás series y programas de la historia; Netflix es un rollo muy onanista. Les debe afectar también, imagino, que los dóciles lemmings teleadictos de Twitter no hagan un chiste o una observación brillantísima en cada escena con una almohadilla al final. En fin, que no entiendo muy bien esa política, ellos sabrán, los espectadores salimos ganando, eso está claro. Otra cosa que transmite es una sensación de precipitación, de prisas. En Love concretamente, hay bastantes fallos de raccord, de producción, de planificación, incluso de guión. Pero un montón, y muy obvios y llamativos. Una niña que mira al equipo de rodaje mientras hace una monería, planos y escenas totalmente descoordinados al cambiar de una cámara a otra, un secundario de soslayo a la que le da la risa en un momento dramático, argumentos que se olvidan... De esto te das más cuenta cuando la ves del tirón.

Que es lo que hice yo anoche. Como fanático obsesivo de la oda a la adolescencia Freaks & geeks, y (bastante menos) de su "continuación" juvenil Undeclared, tenía muchas ganas de ver la siguiente radiografía social televisiva de Apatow, su visión de la chavalería americana al llegar a la treintena (aunque en mi cabeza, la vida adulta de casi todos los personajes de Apatow ya había sido narrada en la propia How I met your mother, aunque fuera sin él; y en muchas de sus películas con esta misma generación de actores y guionistas, claro). De hecho, Love es una historia de amor extraña, desesperada, hiperrealista, pocha y posmoderna, que a ratos me resultó intratable e indescifrable, como los propios millennials que empiezan a convertirse en treintegenarios. Pero en general mi maratón de anoche ante Love, dando cuenta de un lote de cervezas artesanas que me regalaron el otro día y de unas galletas de queso de cabra del Carrefour, fue intensa y gratificante. Una noche de viernes lluvioso en casa memorable.

Love no es Freaks & geeks, porque aquello será irrepetible. Aquella atmósfera, la época dorada representada y todo lo que conllevó para la cultura popular, el elenco de personajes, de situaciones y de gestos, el ritmo, la adolescencia de la generación del baby boom, el retrato de la vida en la Secundaria y la convivencia familiar, todo aquello aquí no está. En Love nos enfrentamos a otro tipo de rutinas y clichés contemporáneos que da un poco de rabia mirarlos. El amor de ficción es feo y deja poco espacio al espectador clásico, romántico y soñador, cuando es tan verosímil que vemos a dos tortolitos dándole al F5 como posesos en el perfil de Facebook del otro, con el móvil en la mano todo el santo día o estalkeándole el Instagram a ver qué hace o adónde va su Uber. ¿Dónde quedan los llantos, el dormir en los portales, el llamar a casa de sus padres y colgar, el follar en la trigésimo primera cita? El amor de aquí es el de los tiempos del postureo, la promiscuidad y el sexo sin compromiso, las mamadas de conveniencia, las drogas de diseño dispensadas como gominolas, la ausencia total y absoluta de Fe. La precariedad laboral, la enésima decadencia de la industria musical y audiovisual y de la Especie entera, los barbitas hedonistas, los fofisanos, los pansexuales, el poliamor y la post-tontada son también retratados con maravillosa crudeza y mejor que nunca, con calma, en estas cinco horas de post-comediarromántica.

Entrando al detalle (y buceando en el espóiler), una relación como la de los dos protagonistas, en estos tiempos modernos que afrontamosn los jóvenes sin instrucciones ni referentes audiovisuales (y que yo ya no entiendo bien), no sé si es verosímil. No sé si los jóvenes freaks lo tienen tan fácil para pincharse a la tía más buena del reparto y por extensión del mundo como parece; lo de Schweiber y Haverchuck con las animadoras wasp del cole (volviendo a Freaks & geeks) fue soberbio, un hermoso brindis al sol, una revancha nerd en toda regla, pero esta costumbre de los realizadores judíos de liar al fricazo pavisoso con la muchacha monumental de ojos azules... Ya sea en The Big Bang theory, en las fantasías sicalípticas de Woody Allen o en ésta que nos ocupa, donde el apocado, soso, maniático, narigón, obsesivo y grimoso protagonista (Paul Rust, que qué casualidad, también es el creador de la serie) no solo se lo monta con la sensacional protagonista, sino también con una bottle blond bimbo famosa, y dos postadolescentes necesitan hacer un trío con él nada más verle, todo en la misma semana. Que echar un polvo claro que sí, pero que una mujer de las hechuras de Mickey (Gillian Jacobs) se enamore tan desesperadamente y toda su vida gire en torno a él, a mí no me ha quedado del todo explicado. Por lo demás, todo en Love es interesante y fascinante... pero no demasiado emocionante. Auténtica emoción romántica solo sucede fugazmente, durante unos segundos, al final del fantástico primer episodio. A partir de ahí, todo es elegante y entretenido, divertido, pero poco intensto. Porque en el amor entre millennials, entiendo yo, no hay tiempo para comprender los sentimientos ni analizar a las personas. Hay que avanzar rápidamente o se acaba la batería. O actualizas el perfil o pasarás desapercibido en el timeline de todos. Hay que pasar a tercera y a cuarta base en la relación para contarlo por wasap antes de que te puedan las ganas de quitarte de en medio de este sindiós en que está sumido todo.

Lo mejor de la serie, por supuesto, es ella, Mickey Dobbs. Una veinteañera tardía, jodida, adicta al amor, al alcohol y al caos. Tan poco seguidora de las normas como de los cuentos de hadas. Como la inolvidable Kim Kelly (Busy Phillips) de F&G, pero perdida en el núcleo de este hostil siglo XXI y en el hostil albor de la hostil vida adulta, Mickey es una maravillosa y atractiva dinamo de negatividad, toxicidad y juerga. Apenas acaba de terminar de ser una niña traviesa y maleducada, cuando se da de bruces con el mundo del patriarcado y lo PC en pleno vórtice de su politoxicomanía. Manipuladora involuntaria, discordiana no practicante, sus decisiones y sus impulsos son siempre los erróneos, y su escepticismo general la lleva a tropezar continuamente y salpicar a todo el que la rodea. Es la impresionante construcción de personajes y situaciones, y los diálogos, lo que hace de esta serie, mucho más allá que un entretenimiento para la generación del déficit de atención, un producto sorprendente e instructivo para el público general. En un par de ocasiones, propiciar un gag hace que los personajes falten al mero sentido común de su personaje y al realismo generalizado, o que lleguemos a odiarles muchísimo... Pero basta de pegas. La serie está llena de momentos brillantes, me ha gustado mucho y quiero seguir mirando a Mickey muchas más horas, que me está sirviendo a mí de manual.