domingo, 21 de enero de 2018

The Guy Under The Seats y otras colaboraciones de Chris Elliott (1982-1988)


Hablando de cómicos de stand-up y de mi norteamericanofilia, una de mis rutinas habituales es encender el Youtube y dejarlo ahí toda la tarde en mi tele gigante escupiendo entrevistas y actuaciones de los talk-shows nocturnos americanos. Ayer sábado tenía una resaca considerable, y después de unos recados y de pillar cena basura, asumí que no iba a ser capaz de hacer nada productiv. Rendido a la evidencia, perdí por completo el interés en el mundo real, apagué el móvil y me parapeté en el salón con una manta. El algoritmo satánico y caprichoso me estuvo ofreciendo, siguiendo, imagino, visionados anteriores, algunos dibujos animados muy raros. Entre otras cosas, me llevó a esta maravillosa colección que recoge los 100 y pico cortos de Spy vs. Spy, esa obra cumbre de la revista MAD, llevados al mundo de la animación. Creados por el dibujante cubano Antonio Prohias, como una parodia de la Guerra Fría, y casi con tantas entregas como revistas MAD salieron al kiosko (debutó en el nº 60, allá por 1961), siempre me ha fascinado esta loca historieta minimalista en la que el Espía Negro y el Espía Blanco se matan eternamente el uno al otro de las maneras más imaginativas y disparatadas. Tengo algún recopilatorio de bolsillo en inglés, y mencioné a esta joya trash en mi fanzine sobre las Máquinas de Rube Goldberg, por su constante abuso de la cacharrería marca Acme y las máquinas de reacción en cadena; y conocía esta serie de pocos segundos de duración, pero no que se habían hecho tantos, y que la gran mayoría eran una obra maestra de la stop-motion (a partir de la segunda temporada, y desde la tercera, todos):


Después estuve viendo, por enésima vez, episodios uno tras otro de Celebrity Deathmatch y de Action League Now!, que nunca me canso ni me cansaré jamás, y pronto la Inteligencia Artificial, por sí sola, se sumergió en el extraordinario asunto de las actuaciones musicales en los talk-shows. Reconozco que me dormí y desperté hasta cuatro veces a lo largo de la tarde, y entre la vigilia y el sueño disfruté de increíbles actuaciones y entrevistas de Iggy Pop, Frank Zappa, Wendy O. Williams, los Ramones y mil más, que no había visto nunca antes. Fue como un viaje astral en el tiempo, a esas noches delante de la parabólica cuando me quedaba solo en casa de mis padres, siendo adolescente. Desde la última vez que miré, ha debido de liberarse en algún lugar todo el archivo de Johnny Carson y David Letterman, porque la cantidad de programas completos en óptima calidad que hay por la red es abrumadora. Y en estas que llegué, sin querer, a un vídeo que recogía todas las apariciones de mi ídolo Chris Elliott en el show de Letterman, ordenadas por temas. Elliott comenzó su carrera como guionista de Letterman, siendo muy, muy joven. El 15 de marzo de 1982, por azar, David le sacó ante las cámaras disfrazado de montaña de basura:


A Letterman le hizo mucha gracia, y repitió al día siguiente. A partir de entonces, empezó a tener papelitos cada vez más habitualmente, hasta el punto de convertirse en su colaborador más carismático de finales de los 80s, con diferentes running gags e intervenciones absurdas que interrumpían el programa (eso que copiaron en los 80s Chicho Ibáñez Serrador o Emilio Aragón y que le aportaba al programa un ritmo y una sensación de imprevisibilidad muy estimulantes), con personajes idiotas como The Panicky Guy (ante cualquier sonido inesperado, Chris aparecía dando voces de entre el público, entraba en pánico, salía del estudio y era atropellado por un tipo de mantenimiento manejando una enceradora), The Regulator Guy (una parodia de Terminator, a la que acudiría en el episodio "Repartidor 2000" de Get a Life), The Conspiracy Guy (un genial tarado conspiranoico que igualmente interrumpía desde el público para acusar a Letterman de todo tipo de cosas), The Fugitive Guy (Roger Campbell, un "nuevo" tramoyista del equipo que continuamente era perseguido por la CIA) y sobre todo The Guy Under The Seats (literalmente, un tipo que vivía debajo de las gradas y aparecía de pronto por una trampilla). Jordi Évole, con su personaje de El Follonero, comenzó su carrera en el talk-show de Buenafuente con una copia de uno de estos espontáneos habituales de los programas americanos, que tan bien llevó Elliott al extremo (de hecho, en los pocos talk-shows que ha habido en España, casi todo está copiado, hasta la genial Niña de Shrek no es más que una copia del SNL). También comenzó a aparecer a menudo interpretando a un impersonator de Marlon Brando. Durante esta época, Chris llegó a convertir algunas de sus parodias en proyectos de series, que se quedaron en extraños mediometrajes, como Action family y FDR: A one man show, de los que hablé hace mucho en este blog. En 1989, Chris abandonaría definitivamente el programa, para iniciar su carrera como estrella total en Búscate la vida, mi comedia favorita de todos los tiempos, que le llevaría a estatus de cómico de culto. En mi fanzine sobre Chris y su serie, ya hablé de todos esos personajes, y había visto bastantes de estas actuaciones, con estos personajes u otros (era muy recurrente casi a diario durante sus 5 años en Late Night with David Letterman, y siguió apareciendo en muchos talk-shows hasta el día de hoy). Pero por primera vez, anoche me dieron las cien mil viendo TODAS sus apariciones clásicas como colaborador, en vídeos de hasta hora y media, que conformaban una especie de anti-sitcoms marcianas, absurdas, reiterativas, punk, repletas de frases capciosas y actuaciones fascinantes. El usuario de Youtube Don Giller, al que descubrí anoche, por lo visto lleva algún tiempo subiendo mil y una piezas (sobre todo) de Letterman, y organizándolas en colecciones completas. Hubo algunos otros personajes (como el Skink Bounty Hunter, ya en los 90s, o maravillosas parodias como los Mummenschanz, William Shatner y mil y una otras imitaciones o apariciones as himself), pero en esas colecciones está lo más épico, y lo que forjó a Chris Peterson. Así, anoche estuve viéndome (y guardándome para volver a verlo) todo esto, sintiendo un extraña mezcla de felicidad y nostalgia, una nostalgia bastante gilipollas, ya que de alguna manera enferma echo de menos una televisión y un pasado que no viví y que no me corresponden para nada. Aquí en España a la gente se le llevan los demonios hablando de Frigopiés, del Un, dos, tres y de La bola de cristal, pero en este tipo de atracones, me siento como el redneck de Wyoming que llevo dentro, o el Homer Simpson que nunca fui. Por si hubiese más fanáticos de esto, dejo por aquí los enlaces, y me retiro discretamente a mi apartamento encima del garaje de mis padres.








Comedians in cars getting coffee


Mi principal ocupación, esta semana que termina, ha sido ver esta serie que han subido recientemente a Netflix. Había visto algún episodio suelto en su día, como el de Jim Carrey, pero ha sido empezar a verlo a la carta, y no poder parar. La maratón ha sido apoteósica, no me enganchaba tanto a una cosa desde que probé por primera vez la Nocilla.

Cómicos en coche yendo a por café es el último invento de Jerry Seinfeld, el creador, escritor y protagonista de los 180 episodios de la segunda sitcom más vista de todos tiempos. Mi relación con Seinfeld fue bastante agridulce, el tipo reconozco que me caía un poco mal, porque le consideraba responsable de haber convertido el arte de la comedia en esa estúpida colección de observaciones rancias sobre la vida real; esos «¿os habéis fijado en las cacas de perro...?», esos «cuando venía hacia aquí me he cruzado con un amigo que...», esa actitud marisabidilla y condescendiente de todo supuesto cómico contemporáneo, eso que resumió Homer Simpson en la máxima «hay que reírse porque es verdad», esa transformación del cómico físico, sofisticado, trabajador, con cualidades interpretativas, con gracejo natural, en que un pringao cualquiera se pueda subir a un escenario a hablar sobre nada ante un micro durante horas con las manos en el bolsillo. De hecho, en un vistazo superficial, Seinfeld representaba el triunfo de la nada, la quintaesencia del hablar por hablar, la desactivación del talento, el esfuerzo, el método, la escritura virtuosa, en favor del humor de oficina. El desembarco de esos cientos de tipos que se creían el más gracioso de su grupito de amigos, que de un día para otro consideraron que eran dignos de subirse al escenario de un estadio a decir ocurrencias, no hubiera sucedido jamás, al menos en España, de no ser por Seinfeld, que aportó a los stand-up comedians un elevado estatus para siempre. En el mundo del espectáculo y el entretenimiento, nada volvió a ser lo mismo después de Seinfeld. Por eso, le tenía bastante manía al tipo, a la "nueva comedia" y el post-humor de los cojones que trajo consigo, y a su serie aparente y consuetudinariamente insustancial.

Este prejuicio que tenía se me curó, claro, en cuanto vi Seinfeld completa, hará unos 6 años. Entonces lo comprendí. Porque fue una seria importantísima, repleta de un riquísimo todo soterrado bajo esa nada; de hecho, ahí estaba el personaje de Kramer, y en menor medida el de George Costanza, para rendir tributo a esa comedia física y al slapstick contra los que, al menos en mi cabeza, se enfrentaba. Sigo siendo más fan del humor de pisar rastrillos y subirse a taburetes rotos, prefiero Búscate la vida, Primos lejanos, Frasier o Matrimonio con hijos, pero amo a Seinfeld. La existencia de la serie, además, era muy necesaria para la cultura popular norteamericana, donde esta profesión es algo muy cercano a la del músico de punk; y probablemente Larry David y él eran los más indicados para transformar el stand-up en una meta-ficción. Es un género más, dignísimo él, del mundo del espectáculo, y sus rutinas poco o nada tienen que envidiarle, en su inherencia en el Arte, al de la música de autor o la prestidigitación. Que en España la cosa se desparramase de aquella manera, que asociemos el "club de la comedia" al de famosos recitando un guión de chistecitos de taberna, o que existan tipos tan irritantes como Antonio Castelo, Manel Fuentes o Luis Piedrahita (en su faceta de cómico; me parece un gran comunicador e ilusionista, aunque si me lo cruzo por la calle le escupo en la cara y salgo corriendo), fue un efecto secundario. El tiempo puso las cosas en su sitio, y aunque en laSexta sigan empeñados en normalizar el monólogo recitado por modelis, toreros y presentadores de concursos, finalmente se ha generado una auténtica escena, digna y con brillantes cómicos en nuestro país con pátina de estrellas del rock (cosa que, por otra parte, apenas tenemos); en Sudamérica, por ejemplo, me consta que el asunto es mucho peor, y el humor estandupero está estancado en el tardofranquismo ideológico, el caca culo pis, los mariquitas y los gangosos.

Como sea, Comedians in cars... es una importantísima reflexión en torno al humor, y un homenaje a toda la historia de los grandes cómicos norteamericanos. Desde los tiempos de los Hermanos Marx o Jack Benny, pasando por Bill Cosby, George Carlin, Johnny Carson, Richard Pryor, Andy Kaufman, Bill Hicks, Robin Williams, Lenny Bruce y los demás buques insignia difuntos, todos ellos están presentes entre las conversaciones de los vivos que, de dos en dos (Jerry y otro), se producen en los coches y en las cafeterías que eligen al azar para tomarla. Porque el formato no podía ser más simple y más brillante: Jerry Seinfeld se sube a un coche (impresionante, clásico, de colección), va a casa o al trabajo del invitado, y conducen un rato hasta encontrar un garito en el que seguir charlando antes de devolverle a su casa. Queriendo o sin querer, este docu-reality de improvisación total conjuga todos los elementos que triunfan en la televisión del siglo XXI: los shows de coches antiguos tipo Top Gear; los reportajes de viajes a lo Gilipollas por el mundo; los espacios de pornografía gastronómica y recetas (aunque en este caso las escenas en slow-motion y cámara superlenta de alimentos turgentes y perfectos siendo preparados, se reducen casi siempre al café, salvo cuando también almuerzan o toman alguna otra cosa); y los propios programas de convivencia, como... los miles que hay. Los dos protagonistas se dedican a mostrar más o menos su vida privada durante unas horas, y visitar "rincones con encanto", totalmente al azar, allá donde les lleve el vehículo y el ritmo del programa. Una charla informal, comandada por maestros de la palabra y la retórica, salpicada de chistes, anécdotas e incluso momentos realmente emocionantes, cuando rememoran a sus ídolos caídos.

Para mí este es de esos casos en los que, gracias al anfitrión, da lo mismo quién sea el invitado. De hecho, a algunos de los invitados no les conocía de nada, y en principio pensaba verme solo aquellos en los que aparecían figuras muy conocidas (Carrey, Steve Martin, Will Ferrell, Ricky Gervais, David Letterman, Louis C.K., Jimmy Fallon, Chris Rock, Jay Leno, Tina Fey, Howard Stern, mi novia Kristen Wiig, ¡Barack Obama!...), y en plan mitómano, los cuatro en los que aparecieron sus viejos compañeros en Seinfeld: Jason Alexander, Michael Richards, Larry David y Julia Louis-Dreyfus, que a priori serían especialmente emotivos. Pero al final me he visto todos, y pocos me decepcionaron, aunque en algunos (poquísimos) la química entre ambos no funcionara demasiado. De hecho, con alguno casi me muero de la risa, como la tarde que pasaron juntos Jerry y un tal Brian Regan, al que no tenía el gusto y que tuve que pararlo un par de veces porque se me iba a salir el bofe de las carcajadas. El episodio con Kramer, el gran Michael Richards, también fue especialmente brillante, y en el rato que estuvieron por ahí les pasaron cosas increíbles y divertidísimas, hasta el punto de que tuvieron que poner un aviso al principio, indicando que nada estaba preparado. Qué tío más grande, y a ver si remonta pronto, supera el bache y podemos volver a disfrutarle en alguna otra sitcom. Yo soy muy mitómano de la televisión americana, y esta colección de (60, hasta la fecha) sencillos paseos entre colegas rodeados de cámaras, es un auténtico canto al género, una delicia. Todos los encuentros, o casi todos, acaban teniendo algún elemento que los hace especiales, y terriblemente adictivos, por aquello de la anticipación, porque no se sabe qué va a pasar... aunque, en efecto, casi nunca pasa nada. Pero es que de eso trata la vida, para quienes somos vulgares tomacafeses con alma de jubilado.

Hay muchos momentos gloriosos. Personalmente, me gustaría quedarme a vivir para siempre en el episodio de Kristen Wiig, porque estoy psicóticamente obsesionado con ella, pero el día que queda con Carl Reiner y acaba en casa de Mel Brooks es también muy especial. El del gran Fred Armisen paseando por Portlandia está muy bien también. O los de Don Rickles, Leno o Letterman porque menudos personajes, esa gente con tantísimas tablas que tiene tanto que contar, que sueltan unas anécdotas increíbles sobre estar con Frank Sinatra o con Liberace hasta el amanecer en Las Vegas, y ese tipo de cosas. Todo muy guay. Echo de menos a bastantes, sobre todo me encantaría ver a Jerry con Chris Elliott, mi cómico favorito del mundo, mi ídolo. Y con Bill Murray, y con Ben Stiller, y con Bruce Campbell, y con Trey Parker y Matt Stone, y con José Mota... Sospecho que con Conan O'Brien y Craig Ferguson no se debe llevar muy allá (no sé, creo que hay varios sectores un poco enfrentados en este gremio; es la sensación que da seguir los talk-shows americanos, debe haber piques y vetos), y tipos como Eddie Murphy o Woody Allen no deben ser muy accesibles. A ver con quién sigue. Este tipo de shows de judíos charlando sobre naderías, relajadamente, diciendo estupideces, es muy de mi rollo y no me canso nunca. Ojalá dure para siempre.

lunes, 15 de enero de 2018

Marvel Knights: Daredevil (2005-2009)



Hola. He leído muchas cosas en los últimos meses, y escuchado y visto también muchas cosas (como todo el mundo), pero no sé por qué no actualizo esto. Voy a romper el hielo con tebeos, porque sigo obsesionado con los personajes del Universo Marvel, son para mí más importantes que los evangelios. Pura liturgia, un alimento espiritual. Bueno, no es para tanto. Que sigo enganchado, vamos, desde niño. En este blog estoy desgranando (también en apuntes apresurados, sueltos y desordenados) mi lectura continua de todos los tebeos de Spiderman que en la historia han sido, porque es mi personaje favorito desde toda la vida; leo tebeos de Spiderman desde antes de saber leer, y hasta hoy mismo. Y después de Spiderman, probablemente mi personaje favorito es Daredevil. Así, hace ya algún tiempo decidí comenzar a leer también todos los tebeos de Daredevil, desde el principio. Me llevé una poderosa decepción, y lo abandoné pronto para releer la etapa de Frank Miller (que apenas la recordaba desde pequeño), la más laureada de todos los tiempos, no solo de Daredevil sino del tebeo americano en general. Estoy en ello, lo llevo a medias y aún no he llegado a los números realmente importantes (ya sabéis, Elektra Asesina y Born again); supongo que lo contaré también tarde o temprano. Pero mientras tanto, decidí dar un salto, aparcar de momento, el "volumen 1" (que llega hasta el número 380), para irme al que se conoce como "volumen 2" de Daredevil. Es decir, la etapa titulada Marvel Knights: Daredevil, en la que se conjugaron dos artistas de enorme prestigio, allá por 1998: el director de cine Kevin Smith, y el espectacular dibujante Joe Quesada, actual editor de Marvel Comics. En su día compré las grapas de esta colección, que solo tuvieron a Kevin Smith durante 8 números, para ser pronto relevado por David Mack, un extravagante autor indie que tengo entendido que fue quien introdujo a Brian Michael Bendis en el mainstream.


La etapa de Smith y Quesada no me marcó demasiado, me pareció demasiado tremenda y dramática hace 20 años. Releída hoy, me ha gustado muchísimo, los diálogos del cineasta son trepidantes y salpicados de chistes tontos ocultos en la tragedia, que le aporta muy buen ritmo; y el barroquismo de Quesada, menos estomagante que entonces. Y es una etapa importante, que no solo se llevó la vida de la pesada de Karen Page, sino que también devolvió al personaje a la senda adulta y milleriana que tanto se echaba de menos, por lo visto, en la colección. Fue una gran jugada esto de Marvel Knights. En su día, abandoné la grapa tras unos cuantos números escritos o dibujados por el citado David Mack. Junto a su amigo Bendis, dejaron un arco bastante majo (nº 16-19 USA), en el que tomaba protagonismo el periodista Ben Urich, uno de los personajes con los que más simpatizo de todo Marvel, en un homenaje precioso a la importantísima "El niño que coleccionaba Spider-Man" (1984). Después hubo baile de artistas, hasta que finalmente Bendis y Alex Maleev se hicieron con la serie durante varios años (nos. 26-81 USA). Entre los fill-ins, una serie de historietas curiosas, con mayor o menor gloria, como la simpática saga a lo Ally McBeal que hicieron Bob Gale y Mark Pennington; o la miniserie de Daredevil y Spider-Man dibujada por un tipo llamado Vatche Mavlian, que se suponía que iba a ser el nuevo McFarlane, y del que no se acuerdan ni en su casa. Yo reconozco que me gustó mucho, con esas curvas humanas a lo Botero y esas posturas y composiciones deudoras de Sam Kieth. No sé qué habrá sido del tipo, que dibujó otro par de cositas para Marvel y le vetaron para siempre... Pues no era tan malo. Lo que sí me pareció completamente insoportable fue el arco (51-55 USA) que se hizo enterito David Mack, escribiendo y pintando esos collages horribles, que tardé como una semana entera en leerme. Con los años, he aprendido a apreciar (y de hecho, a amar) a artistas que se me atragantaban de niño, me molestaban, como Bill Sienkiewicz, Klaus Janson o Al Milgrom. Pero lo de David Mack, para mí, no tiene nombre. No debido a su curioso dibujo experimental, sino a esa historia infumable sobre la sordita Eco, que parece que retrocede en lugar de avanzar. De no ser porque para entonces Bendis y Maleev ya llevaban una temporada en la cole, y se sabía que volverían tras Mack, creo que la serie se habría hundido del todo, porque es de un hipster y de un snob que asusta.


De lo que no tenía ni idea, era de lo increíblemente maravillosa que fue la etapa de Bendis y Maleev. Lo reconozco: se me había pasado por completo, no tenía ni idea de que esto había existido. Bendis es uno de mis guionistas favoritos desde siempre, me vuelve loco, es un narrador poderosísimo, con unos diálogos que te atrapan y unas situaciones maravillosas, te da siempre más de lo que esperas, y lleva a los personajes a situaciones en las que siempre quisieras haberles visto. Pero no sabía que esto era tan, tan delicioso. La larga etapa de Bendis y Maleev en Daredevil es, en mi opinión (y a falta de reeler aquélla), superior a la de Frank Miller. He pasado una semana absorto en estas historias, en esta maravillosa película en viñetas contada en exactamente 50 números que te dejan sin respiro. El estilo de Maleev en aquella época abusa del montaje estilo "fotonovela", con fondos reales y personajes copiados del natural, pero "cada maestrillo etc.", nada que objetar, porque el resultado es absolutamente increíble, y te transporta a una Cocina del Infierno más realista y jodida que nunca. Practicamente estás mirando una película, pero con ese lenguaje que tanto amamos de la narración gráfica, los globos de texto y las onomatopeyas flotantes. El resultado, a menudo, pone los pelos de punta.


Las aproximadamente 1.000 páginas que se marcaron estas dos bestias en esos 50 números, básicamente cuentan una sola historia: la prensa amarilla desvelando que Matt Murdock es Daredevil. Esto, de hecho, es una constante en toda la carrera del "Cuernecitos" (como decía el entrañable Prof. Loki), sus problemas con la identidad secreta. Es mucho más habitual que en los otros superhéroes, ya que el temita de la dichosa ceguera no siempre es la mejor excusa; pero sobre todo, porque el hecho de que un abogado tenga una doble vida como vigilante nocturno, es obviamente inmoral y despreciable, pese a todo lo que la ciudad ama a Daredevil. No era la primera vez, por tanto, que se planteaba esta cuestión, ni mucho menos (en el mismo fill-inn de Bob Gale que mencionaba antes, volvía a suceder por segunda o tercera vez en su carrera; y se resolvía llevando a un doble disfrazado de DD al juicio, que desactivaba esa máxima superheroica de "nadie les ha visto juntos nunca"). Pero Bendis lleva esto al extremo, hundiendo la premisa en paletadas de realismo y verosimilitud, contemplando todas las posibilidades, mostrando a la prensa como lo que es (el Globe y el Bugle son esos Telecinco y Antena 3 peleando en el barro por los huesos de Diana Quer), y ofreciendo una imagen de Matt Murdock como un tramposo, mentirosa hijo de perra... por los motivos correctos. Esta etapa es, cayendo en el tópico más maniqueo, "el El Padrino" o "el Los Soprano" del cómic de superhéroes.


La Maggia de los tebeítos de antaño, con ese Kingpin gordinflón y esos Cabeza de Martillo o Cabello de Plata fumando puros detrás de una mesas, quedan pulverizados y ridiculizados para siempre, y a partir de ahora es, más aún que en tiempos de Miller, una auténtica Mafia contemporánea, que lo infecta todo a través de las cañerías de la ciudad. Después de un asfixiante periplo, lo único que puede hacer Daredevil es quitarse la máscara y dar un puñetazo en la mesa (y en innumerables caras) para auto-proclamarse el Kingpin de Hell's Kitchen. Es que es absolutamente brillante todo lo que sucede. En ocasiones, Bendis y Maleev me han tenido leyendo de pie, dando vueltas por la casa, largas escenas de señores con corbata hablando en interiores, en comisarías, en apartamentos o en bares; eso lo consiguen muy pocos cómics, conmigo. La escena en la que el detective del FBI le dibuja cuernos con rotu rojo al retrato de Murdock es, algo tan aparentemente sencillo como eso, me transmitió tanto escalofrío como media temporada de una de estas series de HBO. Pero no es exactamente una serie de señores charlando: los ninjas vuelan por todas partes, y las peleas épicas van a dos por episodio. El ritmo que tiene esta etapa parece estudiado por un equipo de publicistas. Y encima, Bendis acude a los villanos más cutres y estúpidos de la trayectoria de Daredevil; sí, todos esos caricatos que me hicieron abandonar y desconfiar del personaje en sus primeros números, como el Bufón, el Búho, ¡el mismísimo Matador!, reaparecen en toda su gloria, y en media página Bendis y Maleev nos les devuelven con esa misma pátina de HBO incontestable y fascinante. Lo que hizo Frank Miller con el Gladiador en su día (de ser un pringado dependiente de una tienda de disfraces que va a una fiesta y se china con Daredevil por una discusión boba, a convertirse en un asesino letal esquizofrénico; tres cuartos de lo mismo con Bullseye), Bendis consigue hacerlo con los villanos más estúpidos, irrelevantes y caricaturescos de la Edad de Oro de Stan Lee y Bill Everett/Wally Wood, transformados como por arte de magia en epatantes secundarios de un film de Tarantino o de Scorsese.


Otra de las constantes desde el número 1 de Daredevil, es la de los problemas de Matt con las mujeres. Si en aquellos primeros números solo era una chirigota, un estúpido triángulo amoroso entre Foggy Nelson, Karen Page y Matt Murdock, al más puro estilo de los tebeos de Archie, con los años se ha ido convirtiendo, por pura inercia, en una tragedia griega, una auténtica maldición. Bendis ha abusado de este asunto, y no solo ha hecho desfilar a todos los fantasmas de sus ex (la asesinada Karen o la suicidada Heather Glenn) y a las que quedan vivas (Elektra, la Viuda Negra, María Tifoidea, Eco), sino que se trae a otra moza compleja y existencial (Milla Donovan), y van y se casan . Por supuesto, cada vez que aparece se masca la tragedia, y Bendis no decepciona. Cuando menos te lo esperas. Como siempre al voltear la página. A mí siempre me han molestado las novias de los superhéroes (entiéndase el comentario patriarcal: es que soy un niño con pito leyendo esto desde los 8 años y que apenas ha crecido, cuando regresa a estas cosas), pero Bendis las sitúa en el lugar y el momento perfectos en esta larga y abrumadora partida de ajedrez.


Foggy Nelson es también el mejor Foggy Nelson que recuerdo (bueno, en la serie de Netflix también han hecho una construcción de personajes apabullante), y también dan lo mejor de sí Ben Urich, las secretarias intercambiables del despacho Nelson & Murdock, la detective Angela del Toro, la encantadora Enfermera de Noche, el plantel de secundarios del cuerpo de policía, de los apartamentos cercanos o de la tertulia de "afectados por Daredevil anónimos" que se saca de la manga, y por supuesto el aura que envuelve a Kingpin o a Bullseye, es maravilloso. Y tal y como el propio Bendis contaba en la despedida, lo dejaron en el mejor momento posible, antes de que perdieran la pasión y aquello se enquistara. Insisto: no tenía ni idea de la existencia de esta obra maestra (merecidamente premiada), y lo he disfrutado como una temporada inédita de Breaking Bad, entiéndase de nuevo el recurso fácil, pero llena de superhéroes en pijama: Spiderman, el Capitán América, los Héroes de Alquiler, Los 4 Fantásticos o mi novia Jessica Jones también aparecen todo el rato por este Canción triste de Hell's Kitchen, con su colorinchi un poco apagado.


Y no, [spoiler], no, Bendis no se acobarda, y no devuelve todo a la idílica zona de confort que todos amamos, con ese Foggy con bombín trabajando en un nuevo caso: Matt Murdock, medio muerto, sigue siendo Daredevil para todo el mundo, y la prensa lo sigue acosando, y de hecho el hijo de puta de Kingpin consigue que lo metan en la [spoiler] de máxima seguridad de Ryker's. Y cuando Bendis y Maleev se despiden (Bendis se fue a los Nuevos Vengadores para el siglo XXI, que esto sí lo leí en su día, y juntos hicieron luego una etapa de Spider-Woman agente de S.H.I.E.L.D. que ya tengo en la mesilla de noche), y son sustituidos por Ed Brubaker y Michael Lark, la cosa parece que va a seguir por los mismos derroteros, no sé hasta cuándo. Estoy cerca de alcanzar el número 500 de Daredevil, y ya lo contaré en este lugar cuando la alcance, y seguiré con la lectura más allá. Y me sumergiré de nuevo, con mis arrugas, en lo de Frank Miller y tal vez en los huecos que me faltan del volumen 1. De momento, lo de Brubaker y Lark no es lo mismo, pero se le parece un poco. Se echan de menos los diálogos brillantes y la gloria bendita, pero a ver qué leches pasa con mi amigo Matt el ciego que ve mejor que nadie.