Miyerkules, Agosto 15, 2012

Goodbye, Chinatown (Wolverine vol. 4, 16-20)

Aprovecho el día feriado para ponerme al día con las aventuras en solitario del astro canadiense de la franquiciamutante, a partir del punto en que lo dejé. Sigo la colección de Lobezno desde el número 1, y creo que no me he perdido, desde entonces, ni un 5% de sus apariciones en otras colecciones. En este volumen 4 (el vol. 1 fue la inolvidable y altamente influyente miniserie de Frank Miller; a partir de ahí, la colección regular ha sufrido varios reseteos en la numeración), alcanzamos el 300º ejemplar de la serie, que a partir de lo que debiera ser el número 21 del vol. 4 (el que voy a leer ahora mismo) recupera la numeración original, como tanto les gusta hacer a los de Marvel para que la gente no olvide la longevidad de sus personajes estrella. Antes de llegar a ese número 300, Jason Aaron va allanando el camino, hacia lo que será una guerra de bandas entre La Mano y la Yakuza. Vuelta a Japón. Vuelta a las premisas de Miller. Recuperamos a Yukio, a Amiko y al nuevo Samurai de Plata (que parece que va a ser su hijo, pero eso se descubre en el nº 300).

Olvidada la estupidez de la Red Right Hand, Aaron regresa pues al camino correcto, y a un Lobezno, ya como nuevo director de la Escuela Jane Grey para la Enseñanza Superior, viviendo aventuras de violencia pura y dura, con momentos brillantes, que de nuevo consiguen que no eche de menos a Larry Hama.

El número 16 es de mera transición. En el arco anterior, teníamos a Lobezno rendido a su animalidad, vagando por los bosques del Yukón, en plena crisis existencial. Se une a una manada de lobos, y se dedica a perseguir fieras más débiles para sobrevivir, esperando su turno para deshuesar la carroña, como buena bestia vieja y hundida que es. Repentinamente, aparece un grupo de hijos de puta que se dedican a cazar lobos, y a enfrentarles a niños en un circo "romano" por mera diversión. Lobi pone orden, se carga a los degenerados y además recibe la visita, en pleno bosque, de todos sus amigos superheroicos de siempre, y de su novia Melita, que le echan de menos. De esa manera vuelve al redil.

El siguiente arco, 17-20, conforma una pequeña historia genial, con el portentoso Ron Garney a los lápices (éste, a su vez, consigue que no eche de menos a Marc Silvestri; tan feliz). De vuelta en San Francisco, aclara las cosas con Melita (y de paso la enchufa en el Daily Bugle), y descubre, persiguiendo a unos ninjas que han asaltado la mugrienta taberna en la que escondía toda su fortuna ahorrada durante sus imprecisas muchas décadas de vida, un gigantesco túnel que une San Francisco con Japón a través del Pacífico, por el que transitan traficantes de droga hong-koneses, liderados por Jade Claw (una vieja gloria de la Marvel de los cincuenta, enemiga de Iron Fist o Shang-Chi) y que a lomos de gigantescos dragones se dedican a plantar amapolas y otras drogaínas en gigantescos huertos subterráneos y dirigir todo el cotarro del narcotráfico mundial. Con la ayuda del Maestro Po (su mentor durante algunos episodios recientes en los bajos fondos de Frisco), de su ayudante Yuen Yee (un niño chinorris que hace las veces de "Tapón" en esta historia), de Gorilla Man y Fat Cobra (a Aaron le encanta recuperar secundarios de los rincones más recónditos del MU), Logan desbaratará los planes de Jade Claw y sus curiosísimos secuaces, y a lomos de enormes dragones rojos emergerán de nuevo en San Francisco, con todo su dinero recuperado, a tiempo para reinaugurar la escuela y retomar el Sueño de Xavier, entroncando con la nueva y flamante colección Wolverine & The X-Men (que la sigo al día, a ver si me pongo y la comento, que estos apuntes me sirven más que nada para organizarme yo mismo mentalmente todo este guirigay).

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