Lunes, Nobyembre 26, 2012

Nunca me has gustado (Chester Brown, 2007)

El cómic, como el cine, es un arte muy joven. Pero que encima se ha desarrollado muchísimo más lentamente. Por el inferior volumen de producción y proyección, por cómo ha tratado la industria a sus creadores (prácticamente sin reconocimiento ni firma hasta entrados los sesenta), y por cómo de pronto, ahora que por fin parece que en las últimas décadas empieza a desarrollarse con mayor libertad creativa y plenitud (pese, o tal vez gracias a –es pronto para juzgarlo– la imposición comercial de la dichosa novelagráfica), no sabemos si de aquí a unos años se va a ir todo a la mierda y la literatura, gráfica o no, va a dejar de existir. Como sea, es curioso que el medio en gran parte sigue arrastrando los mismos clichés a día de hoy que en los años cincuenta, cuando empieza a surgir tímidamente el comix underground. Algunos artistas siguen empeñados en tratar de colarnos por enésima vez su personalísimo y chiripitifláutico “American esplendor”, y a mí me aburre bastante todo esto. Algunos al menos lo hacen con mucha gracia, o tratan de aportar estéticamente algo nuevo con su dibujo; o incluso algunos cuentan historias autobiográficas que son verdaderamente interesantes (desde primera línea de una guerra, o con recuerdos de incontestable interés social). Pero de estos indies tristes e inocuos que nos fabulan sus aburridas chorradas cotidianas, yo estoy bastante harto. O a lo mejor cuando este tomo cayó en mis manos yo tenía una mala tarde. Pero basta ya. Manos blancas.

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