lunes, 14 de noviembre de 2011

Los Pitufos (Raja Gosnell, 2011)


Ultimamente solo veo películas malas o malísimas, sin excepción, me lo pide el cuerpo. Ya salió esto en DVDRip, lo bajé y estuve viendo bastante rato. Me quedé dormido, pero vi lo suficiente como para reconocer que es una versión más que digna. Obviamente, en Hollywood no se atrevieron a hacer una película entera de animación, y tiraron de rostros conocidos con mucho tirón de la tele (Neil Patrick Harris o Sofía Vergara), y al grandísimo Hank Azaria haciendo de Gargamel. La historia es una chorrada, había que montar alguna excusa para llevar a unos pocos pitufos conocidos a Manhattan para que interactuaran con las personas de mierda, y abandonar al resto de suspiritos azules, porque andar renderizando a cientos de ellos a la vez debía de ser costoso e infernal. El espíritu de Peyo yo creo que está intacto. Los pitufos están encantadores, menos la Pitufina, que da un poco de grima porque tiene una cara demasiado real, para parecerse a Katy Perry que es quien le da voz. El pitufo Tontín está muy gracioso, y el Filósofo no mola nada, como tenía que ser. Y en fin, no la vi entera, pero las escenas en la aldea pitufa son muy pitufas, hay que ver cómo ha avanzado el cine con el CGI. Yo creo que a los niños les tuvo que gustar mucho, sobre todo a esos niños cuyos padres tengan la casa llena de pitufos de caucho, al resto puede que les den un poco de miedo y no entiendan nada.

El chico de tu vida (Robert Luketic, 2011)


Como me cruce por la calle con alguno de los responsables de este engendro, le cruzo la cara y le robo la cartera. Estoy por dejar de salir los sábados para siempre, porque siempre, siempre, pico: la sobremesa del domingo me la paso chuchurrido, tirado en el sofá con una resaca formidable y la mano se me va sola al mando a distancia para ver si me amodorro; pero la siesta me elude, que ya lo sé yo, que culmino una de cada diez. En La 1 y en Telemadrid todos los domingos ponen, alternativamente, una película familiar infumable o una comediarromántica que la distribuidora encasquetaba con el lote del Peliculón Nosdediós y que a punto estuvo de hacerles quebrar en taquilla. Lo de ésta en concreto es infumable. Desesperante. Me puso de muy mala hostia, me llevaba las manos a la cabeza y me daba hostias en el regazo como cuando estás viendo un derby y le meten un gol a tu equipo. Mano de hijos de puta, qué películas hace la peña, con la de hambre que hay en el mundo. Menudo golazo me metieron, que como tengo las sobremesas de domingo sincronizadas con el curro no me duermo y me la tragué entera, enterita, sin bicarbonato. Cabrones. Dios, cómo les odio. ¡Cabroneeees!

American Horror Story (TV Series, FX, 2011)


Hago acuse de visionado de esta serie, cuando en realidad me está costando horrores pasar del tercer episodio. El influjo de Walpurgis ha quedado atrás, y la petulancia de los personajes se me está atragantando. Pero está bonito esto. No me gusta tanto como gustará a las adolescentes emo de Wisconsin, que más de una estará siguiendo las desventuras de la familia Harmon con una cuchilla de afeitar en cada mano, pero AHS es tan estridente y desorbitada, es tal el carrusel de sustitos, batacazos, monstruos, fantasmas y referencias al terror clásico a ritmo de trailer, que se disfruta. Si uno quiere se descojona, como es mi caso, o si no se pasa miedo, que digo yo que alguien estará pasando miedo, y que para eso habrá sido hecha. No me cabe ninguna duda de que si no la despachan pronto, va a acabar convirtiéndose en una parodia inconsciente y tremebunda; porque esto tiene más pinta de tirar por la vía de la jodida True blood que por la de Buffy. Pero la fabulosa ambientación, junto con lo grotesco y lo granguiñolesco que es todo, el pastiche de personajes que habitan en la mente colectiva y que se pasean por la tétrica Coñolabernarda Manson, lo buena que está la chacha, lo imbécil que es la madre, los saltos en el tiempo para narrar la historia de la Mansión Coñolabernarda... De momento me van a tener aquí insistiendo, a ver si me pongo al día.

Commando (Capcom, 1985)


Yo tuve un profesor que nos daba de hostias con la regla, un Quimicefa, tengo recuerdos de la primera emisión del jodido Verano Azul, del España-Malta y eso. Qué se le va a hacer, nací a finales de los setenta. También fui de los primeros de mi barrio que tuvieron un Spectrum. Allá por 1986, calculo. He jugado a todos, todos los juegos de Spectrum, los mismos que tú y que cualquiera. El ruidito de las cintas, jaja, ¿te acuerdas? Qué coñazo. Luego tuve un 386, y también jugaba a todo, tenía la habitación abarrotada de diskettes, de 3,5". y de 5,25". Conservo muchos, no he tirado las cajas, ¿por qué? Yo qué sé. Pronto perdí el interés en los videojuegos, no es lo mío, me aburro un poco. Sólo cada ciertos meses me apetece jugar a alguno de los de siempre. Mi Spectrum me lo tiró mi madre una vez, pero el Commando lo tenía en cassette original. Estos días me he instalado el Mame32, que lo perdí en el último cambio de PC y no lo echaba de menos hasta hoy. Aparte de algún cuelgue con la PS2 de Pascuas a Ramos, en el ordenador siempre juego a lo mismo: Rampage, Sim City, Scorched Earth, Carmageddon, Sensible Soccer... Pero desde finales de los ochenta, desde que desapareció mi Spectrum, no había vuelto a jugar al Commando. De hecho, jugaba a la versión de 8 bits, y el que trae el Mame éste es de 256 colores, y veinte años después estoy recordando todos los rincones de la selva, los olores, los puentes, la orgía de bombas y balas perdidas. Y como no juego nunca, se me da fatal, no avanzo practicamente nada. Además, sucede que mi hermano mayor era un poco déspota, y siempre jugábamos a esto a pachas, al loro: él movía hacia los lados y disparaba, y a mí sólo me dejaba darle hacia arriba (dejando pulsado el botón todo el rato) y tirar bombas exclusivamente cuando él me decía. Alguna vez intentaría jugar solo, me suena, o intercambiaríamos teclas, pero sólo funcionábamos en tándem cuando él llevaba el liderazgo. Anda que no nos lo pasábamos bien. Pues en esas estoy, a ver si paso de la primera fortificación. Esto mola, porque no ocupa casi nada y me bajé de Taringa el programa ya cargado de Roms. Los lunes son mis domingos, llueve, he desquedado con un amigo y a lo mejor cuando amanezca ya he conseguido superar el portón de los cojones. O habré hecho un poke de invulnerabilidad.

viernes, 4 de noviembre de 2011

El minúsculo mosquetero 1-3 (Joann Sfar, 2008)

Pocko12: El Cártel


En una tienda de viejo el otro día, comprando otra cosa, me encontré con este tomito tan mono editado en Francia, que contiene un buen número de los números editados hasta la fecha de El Cártel, el fanzine de arte que no se vende sino que se expone en la calle, junto a la publicidad de los peores conciertos imaginables. Además de los carteles y algunas de sus ilustraciones agrandadas (el formato es bolsilibresco, de leer los bocadillos con lupa), incluye un montón de fotografías de pegadas en la calle, bocetos y escenas de arte urbano. Quiso la casualidad que el día anterior a que me comprase esto acompañé a una amiga periodista a entrevistar a dos de sus ilustres responsables, a "cazar" algunos de los Cartel que más duran en las calles del Centro, y encima nos regalaron un puñado de incunables.

El clérigo malvado y otros relatos (H.P. Lovecraft, 1933)

El horror de Dunwich (H.P. Lovecraft, 1928)


Estoy un poco obsesionado con la obra de Lovecraft estos días. Hace ya unas cuantas semanas, durante mi retiro espiritual en la playa, me encontré calzando una mesa esta edición breve pero completa de “El horror de Dunwich”, que no es precisamente un grimorio sino uno de esos cuadernillos Bruño para semi-analfabetos de Alianza 100, que se devoran en un ratín (también lo intenté con uno de Alejo Carpentier que estaba al lado, pero me aburrí un montón), y funcionó como el dichoso Necronomicón en mi cabeza: estoy sumergido de lleno en la búsqueda de respuestas entre las letras de H.P. Soñando con Primigenios, Dioses Arquetípicos, llaves y puertas de plata, bichas gigantescas con tentáculos por bigote, pueblos bajo maleficios, poderosos extraterrestres anteriores a la vida en la Tierra. Ya había leído unas cuantas cosas antes, claro, pero hacía por lo menos 10 años que no me picaba otra vez el gusanillo primordial. “El horror de Dunwich” es húmedo, desagradable e incómodo, como que te salgo moho de las orejas. No hay diálogos, no hay metáforas. Va a toda hostia. Y asistimos al Despertar de los que mantendrán la Batalla Cósmica, por culpa del joven de esa Providence de fantasía, de esa Nueva Inglaterra Profunda acojonante, que se obsesionó igualmente por lecturas prohibidas y ancestrales, por bibliotecas ocultas y conjuros que nunca debieron haber sido pronunciados. Me dispongo, poco a poco, a empaparme de hachepismo. Que Shub-Niggurath nos coja confesados.

Jóvenes hombres lobo (Michael Chabon, 2006)


Éste me lo acabé también hace unas cuantas semanas, así que no lo tengo muy fresco. Pero me dejó boquiabierto, como las otras cosas que leí antes de Chabon: “Las aventuras de Kavalier y Clay” y “El sindicato de policía Yiddish”, dos epopeyas grandísimas. Chabon es un tesoro norteamericano, sin duda, un orfebre del convertir hechos cotidianos en letras. En este compedio de cuentos costumbristas todo gira en torno a personajes patéticos, perdedores marcados por el divorcio, la adopción y el abandono. El primer cuento es el que mejor recuerdo, el que da nombre al título, y que se centra en dos niños gamberros con una pistola de por medio. Me puso los pelos de punta. Cómo Chabon se sumerge en la mente del niño de familia desestructurada, y todo le importa un carajo. La prosa de Chabon me abruma, es asombroso, titanes como Carver o Chandler se quedan casi pequeños ante su disección de la sociedad contemporánea, sus trampas y sus batallas perdidas. Los otros cuentos también tratan sobre tipos desesperados, abocados al borde del delito por culpa del abandono. Un comerciante que se ve impulsado a visitar a su ex-suegra con alzheimer y robarla; un despistado que se convierte en padre y mentor por un día de un pobre negrito huérfano sin zapatillas de su talla, y le acompaña a su partido de béisbol; un entrenador de béisbol en horas bajas que reniega de su estirpe; un divorciado que lleva a su hija compartida a visitar a su ex y se da de bruces con su nueva y flamante realidad, se le vienen encima los recuerdos sucios de acoso adolescente y encima su niña se pierde en mitad de la fiesta; una pareja mal avenida que busca casa y se topan con un visitador de la inmobiliaria cleptómano y que no quiere vender su propia casa... Sexo, béisbol, desavenencias, pensamientos tórridos, huérfanos, niños malos, hombres lobo, hijos de puta surtidos, desastres inminentes, desfilan acunados por las palabras perfectas, las metáforas hilarantes y brillantes de este tipo, que te deja sin aire y sin ganas de escribir ni cheques.

Attack the block (Joe Cornish, 2011)


El guión de “Attack the block” hace un poco aguas: una miríada de bestezuelas extraterrestres sedientas de sangre, del tipo “lobo de guerra” o “cazador en la oscuridad”, de piel oscura como un teléfono, han invadido la Tierra, concretamente un arrabal londinense. Cientos de ellos se precipitan contra la fachada de El Bloque de edificios donde conviven un puñado de rateros negratas, un camello y una joven doctora, y rechina un poco que nadie más se entere; que las explosiones, las carreras, lo chillidos de las bestias negras no despierten a nadie más en el vecindario, que no haya extras ni apenas aparezca la policía hasta que todo está resuelto. En este sentido es un poco inverosímil, la invasión alienígena. Pero por lo demás, esto me ha entusiasmado, es un jolgorio que rezuma pasión ochentera y abraza el género de la sci-fi como pocas veces se ve en pantalla. Sin ambición, sin tonterías, Nick Frost está magnífico como siempre y la tropa de goonies barriobajeros que hacen frente a la Invasión molan muchísimo. Divertidísima como un viaje en el Siete Picos de pie. Genial.

Drive (Nicolas Winding Refn, 2011)


Esta es una historia ballardiana sobre un joven impertérrito que conduce, que sólo le importa eso. De día trabaja como doble de acción, haciendo piruetas para el cine al volante, y de noche se presta a cualquier trabajo bien pagado que conlleve conducir a toda hostia, sacar de un banco a unos atracadores y dejar a la policía con dos palmos de narices. Ryan Gosling mola como guaperas inadaptado que se enamora de la novia de un delincuente habitual, y cuando éste sale de la cárcel, pese al despecho, se involucra en el crimen para salvar al novio de su chica. Larguísimos paseos nocturnos de Gosling al volante, que remiten a “Taxi driver”, y la evolución de su relación con la chica, mientras se va sumergiendo en los tejemanejes del hampa (incólume, como si no estuviera pasando nada a su alrededor) van meciéndote como espectador y todo resulta atractivo e interesante, hasta que de pronto el joven Gosling rarete explota y la lía, vaya si la lía, y te quedas en el sitio un rato acojonado mirando por encima de la espalda, a ver qué coño ha pasado aquí. Porque todo se vuelve retorcido y siniestro, que esto triunfó en Sitges. Y además sale Christina Hendricks con sus dos globos sonda y con unos pantaloncitos que quitan el hipo. Me gustó mucho, sin que me volara la cabeza, que tampoco. Pero bien.

Erewhon (Samuel Butler, 1872)


De pequeñito, estudiando lo poquísimo que enseñan los Maristas sobre ciencia-ficción y literatura de vanguardia, hubo un par de nombres que me marcaron, que se me grabaron como primeras muestras del utopismo y la distopía: “Utopía” de Tomás Moro, claro, y esta obra de Samuel Butler, “Erewhon”, que no significa otra cosa sino “nowhere” al revés, aproximadamente. Inspirado, digo yo, en las grandes novelas de viajes victorianas de Verne y compañía, aquí asistimos al viaje imposible de un adinerado aventurero, acompañado por un sherpa, a través de un paraje desconocido (en la novela no se nos sitúa geográficamente, aunque se deja caer que no estamos lejos de Europa), a través de escarpadas montañas, que le ocupa unas cuantas semanas. Al cabo de ese tiempo, los sherpas, la esperanza y el sustento han avandonado al también innominado protagonista, y por su cuenta y riesgo se adentra en una zona que no aparece en los mapas, donde descubrirá a una tribu ignota que habita al margen del Progreso. A partir de este momento, la novela se convierte en una (lenta, exhaustiva y un poco aburrida, al menos para mí) relación del estilo de vida de Erewhon, sus gentes, su política, sus costumbres, su jerarquía. Un lugar donde las máquinas y el paso del tiempo están prohibidos, donde no existen relojes ni apenas herramientas. Donde ponerse enfermo es un crimen castigado con la muerte, donde no hay creencias sino aplicaciones prácticas. Una utopia decimonónica antimaquinista, un canto a la esperanza trepidante al principio pero que como digo se me fue haciendo asfixiante y aburrido como un almanaque de fiestas y tradiciones de Huesca.

Glenn Gould: Más allá del tiempo (Bruno Monsaingeon, 2005)


Éste es un documental en dos partes que han echado unas cuantas veces en La 2, y que por fin conseguí ver entero, dos veces de hecho, durante mis breves vacaciones (anda que no dieron de sí). Bruno Monsaingeon estructura la pieza alrededor de un contado número de fans acérrimos del intérprete loco de las manos mágicas: un profesor de música ruso, una anciana británica locamente enamorada del pianista al que escucha desde niña, un japonés tarado... Y a partir de sus declaraciones irracionalmente desorbitadas hacia el genio del tipo, y del material de la larga entrevista grabada que hizo el propio director con Gould en vida, va fabricando una montañita de imágenes de archivo, breves actuaciones y entrevistas variadas que dan una imagen bastante completa de la obra, las obsesiones, la idiosincrasia y la biografía del torontiano. Lo más interesante, por supuesto, es ver a Glenn Gould a los mandos del piano. Con la cabeza ladeada, su juego de cejas, canturreando como un chiflado mientras aporrea el piano con una dulzura y una maestría irrepetibles. Glenn Gould paseando por el bosque enarbolando un dedo como si fuese una batuta, canturreando, siendo uno con la naturaleza al borde de la catarata, y siempre canturreando, como si llevase dentro de la cabeza un incesante iPod. Glenn Gould hablando de Bach o de Schoemberg como si fuesen sendos dioses arcanos, o burlándose e Stravinski. Glenn Gould despreciando la música en directo, meándose en el público. Una maravilla.

ScifiWorld #42


Compro muy pocas revistas, pa qué, pero me hice con el número de noviembre de Scifiworld, porque fue como una señal, con ese Catulín mirándome desde el anaquel en pleno auge de mi revisión incompletísima y desordenada (y seguramente frustrada a las primeras de cambio) de la obra de Lovecraft. Y es muy recomendable, imprescindible para el aficionado medio, un número de coleccionista estupendo y lleno de dibujos y columnas de colorín. Y aunque muchos de los colaboradores (sólo me suena Ángel Sala) necesitan ávidamente un corrector, ortográfico y de estilo, la cantidad de información y los largos artículos dedicados al de Providence me han satisfecho completamente: su vida, su obra, su inspiración y su influencia en cine y cómic (cientos de cómics lovecraftianos; no conocía yo ni dos), además de las secciones habituales, rodajes, recomendaciones y todo eso que define a una revista. Me ha entrado el gusanillo de volver a comprar revistas, ésta por ejemplo. Qué bonito era seguir una revista, ir al kiosko y no quedarse mirando durante largos minutos sin llevarme nada (de Pascuas a Ramos un El Jueves, un Caza y Pesca que regala un libro gordo de técnicas de pesca por tres pavos o tres o cuatro Fotogramas pócket al año).

Borderline Cult (Ulli Lommel, 2007)


No tengo criterio. A veces haciendo zapping me detengo en Telecinco y todo, sabiendo que nadie puede verme. Y a veces me descargo, con la máquina-de-descargar, estupideces monumentales, simplemente porque tengo el cuerpo para una de miedo. En este caso me topé por una enervante idiotez amateur, sobre un remedo de la banda de Manson que actúa en la frontera mexicana, secuestrando prostitutas y degollándolas. Son un tío feo y gordaco que creo que es el escritor y director de la chorrada, que ayudado por un flaco extraño y un pibón malvado engatusan a las putas y se las llevan al gordaco, que primero las encierra en un palomar para luego encadenarlas y cortarles en trozos. Al menda le debía apetecer juguetear con cuchillos y sangre falsa, porque le impactaría de pequeño “La matanza de Texas”. Pero se le olvidó el argumento. Se limita a la sinrazón de un locatis que corta tías buenas, y encima vestidas. Una tontería que ni asusta ni es desagradable ni es nada de nada, de nada.