Sabado, Hulyo 21, 2012

Casa de mi padre (Matt Piedmont, 2012)

Hace muchos años vi un sketch de El show de Benny Hill que se me quedó grabado. Debieron echarlo a comienzos de los noventa. Mostraba una plano secuencia de la supuesta emisión en directo de algún drama televisivo, o quizá era un concurso, en el que todo estaba grabado penosamente. Se veían los micrófonos por el borde superior de la imagen, los técnicos se cruzaban por delante de la cámara, el presentador tropezaba con un cable, e incluso, en el ultimo momento, la cámara enfocaba torpemente un espejo, mostrando de forma diáfana a todo el inepto equipo técnico. Un ejercicio de estilo genial, que se burlaba y repasaba de un porrazo de todos los tópicos de las conexiones cutres en directo. Por cierto, es posible, me quiere sonar que Emilio Aragón le fusiló el sketch en aquella simpática exhibición de fusilamientos que tenía por la misma época, Ni en vivo ni en directo.

"Casa de mi padre", el último juguete norteamericano al servicio del humor absurdo heredero del SNL, lleva la vieja idea de Benny al extremo, exprimiendo el sketch hasta sus más delirantes consecuencias. Un sketch de hora y media que parodia los telefilmes y los culebrones sudamericanos de nulo presupuesto, y val vez también ese género imposible de las narco-películas fronterizas en el que ya pusiera su punto de mira Robert Rodriguez al sacar adelante "Machete".

El desfile de disparates técnicos es apabullante: fallos de raccord, enormes problemas de iluminación en interiores y planos directos cara al sol en exteriores, decorados naturales de corchopán, cutrísimas e hilarantes maquetas, maniquís sustituyendo a los extras de segundo plano, cortes bruscos de toma y de continuidad, efectos especiales de mierda... El catálogo es interminable, y casi convierte el visionado en un juego, en el que tú eres la script al cargo del despropósito.

El principal defecto de todo esto, es que toda la carga cómica de la peli recae en los citados efectos visuales, mientras que la trama a la que asistimos transcurre lentamente en torno a una pacata historia de amor entre el protagonista y la novia de su hermano. Un triángulo amoroso salpicado de sangre y de tragedia con el trasfondo del narcotráfico.

Empero, el protagonista central es Will Ferrell, y a mi me gusta Ferrell más que a un tonto unos recortes en I+D. Ferrell hace el papel del hijo tonto, el tonto del pueblo, en mitad del rancho mexicano en el que todos se dedican a traficar a sus espaldas. Así, Ferrell se tira toda la película hablando en español neutro, probablemente sin tener mi idea de lo que estaba diciendo, y a mi me dolía la tripa de reír. El resto del cast lo forman actores mexicanos, con el dúo Gael García-Bernal / Diego Luna al frente, y apariciones de Armendáriz Jr. (qepd), El Puma o la hija del Puma, que está que se rompe. Hay animalitos de cartón piedra que hablan, las heridas de los disparos son muy cutres, Ferrell es insustituible y además de hablar canta en español, hay algo de humor negro pero siempre muy fino, y a mi esto me ha entusiasmado. Hay un motivo muy claro por el cual la película ha sido tan incomprendida y acusada de xenófoba y de dejar en mal lugar a la sociedad mexicana: que la mayoría de la gente es imbécil.

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