Martes, Agosto 18, 2015

"The KLF. Caos y magia" (John Higgs, 2015)

Ayer terminé de leer este libro de Libros Walden en el metro, líneas 11-6-3, 1 largo y terrible trayecto desde 1 pau a mi casa en el centro que me sentó como 1 transiberiano en el vagón de ganado. Volvía de casa de 1 amigo, de 1 pequeño reencuentro de esos extraños en mitad del verano, para cuya celebración hubieron de alinearse los 10 planetas del Sistema Solar incluidos Plutón y Eris. 3 viejos colegas de toda la vida en mitad de agosto, cosa insólita. 17 de agosto, lunes para más señas. Vimos cómo el Athletic de Bilbao ganaba su primer trofeo en los últimos 31 años. 1 de esos amigos me devolvió 1 lote de préstamos que le había hecho hacía ¡7 años! Los 5 libros que me debía eran 2 biografías musicales de gente genial y trastornada, 1 novela de auto-descubrimiento psico-geográfico, 1 ensayo sobre contracultura, y 1 libro sobre los objetos mágicos de Carelman. Yo terminé de leer "The KLF. Caos y magia" justo cuando se detenía el tren en mi estación, a las 23:23 de la noche, muy satisfecho de la lectura. Tardé 6 horas en conciliar el sueño, releyendo y haciendo acopio de ideas.

El nombre de la banda KLF me sonaba muy remotamente, cuando me lo regalaron en mi cumpleaños, hace ahora 11 días; me remitía a pop electrónico o hip-hop europeo de los noventa; algo de eso hay. El libro no me sonaba de nada. El obsequiante es otro amigo de toda la vida, con quien quedo muy a menudo para escuchar discos, diseñar carteles y portadas e intercambiar ideas y objetos. Estamos los 2 obsesionados con el Discordianismo, la Cultura del Apocalipsis, el pensamiento mágico, los sueños lúcidos, el arte lisérgico y lo Symbionés. Andamos metidos en cosas oscuras e importantes. Conspiramos, hacemos conjuros secretos, tomamos apuntes forteanos, cultivamos y consumimos sustancias prohibidas. Tenemos 1 club de lectura, 1 club del disco y 1 club de poesía maldita. Llevamos toda la vida escribiendo una novela que se borra cada vez que sale el sol al día siguiente, pero no nos rendimos y dentro de 23 años será un libro de culto. Él me empuja y yo nos freno. Él enciende las ideas y yo las quemo sin querer.

The KLF, The Justified Ancients of Mu Mu, The Timelords y The K Foundation eran y son Bill Drummond y Jimmy Cauty, y también quedaban para hacer cosas. Mi amigo y yo pensamos que el Kali-Yuga está de nuestra parte, pero ellos 2 lo hicieron, desgraciadamente, en el período comprendido entre el final del "pequeño siglo XX" (1914-1991) y el comienzo de la "era digital" (1994-2043). En tierra de nadie y tiempo de nadie: clamaron en el desierto. Grabaron un documental fitzcarraldiano que no vio nadie. Grabaron un disco interpretado por un coche de policía roto. Resucitaron la serie del Dr. Who cuando prácticamente se había extinguido, sin querer. Vendieron 2,3 millones de discos de bakalao rampante, remezclado y revisado hasta la perfección muchas veces. Escribieron 1 libro sobre cómo componer el single perfecto; desde entonces, 23 grupos aseguran haber leído el libro y haber ganado muchísimo dinero con sus canciones. Se follaron a la industria musical, se enfrentaron a todo lo establecido y se hicieron multimillonarios. Entonces renegaron de todo, y quemaron literalmente todos los beneficios. Quemaron 1.000.000 de libras en billetes pequeños, y lo grabaron en vídeo. Casi todos los que vieron el vídeo piensan que solo eran 2 gilipollas con ganas de llamar la atención. En 1994, el año que murieron Bill Hicks, Kurt Cobain y las esperanzas de toda una generación, Cauty y Drummond quemaron todos los discos de The KLF que aún siguieran en almacenes y tiendas (y de buena gana hubieran ido casa por casa destruyendo los vendidos); quemaron los másters, las partituras, los instrumentos, las gorras y las cadenas. Nadie entendió nada de nada, ni le importó demasiado. Por el camino, la diosa Eris, las sincronías y los números mágicos les persiguieron, y su vida se entrecruzó una y otra vez, sin querer, con las de Lee Harvey Oswald, Timothy Leary, JFK, el Dr. Who, Ken Campbell, Tristan Tzara, Tammy Wynette, Robert Anton Wilson, Alan Moore o los conejos gigantes que acechan en el plano onírico.

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