martes, 5 de julio de 2011

La verdadera historia del kalimotxo (VVAA, 2006)


En 2006, una empresa euskalduna de marketing se sacó de la manga este fanfletito pop de bolsillo, que pretendía ser un divertimento efímero (y un poco snob) pero que, entre las subvenciones y que la gente empezó a pensar que se trataba de una historia real y que había que conocer, se convirtió en un pequeño best-seller. En realidad se trata de diez o doce artículos, cinco fotos sueltas y dos historietas de autores del TMEO (Roger y un Ata garabatero y desconocido). Nos cuentan la historia de un actual ejecutivo de PriceWaterhouseCoopers que cuando era adolescente se vio obligado, junto a su kuadrilla, a organizar las txoznas de la fiesta del puerto viejo de Algorta, en 1972. Pero como eran un poco txoriburus, compraron dos mil litros de vino picado, así que se les ocurrió pedir ayuda a una multinacional para no arruinar las cosas y mezclaron al azar con varias bebidas hasta que dieron con una que matase el sabor a rancio: la Coca-Cola. La fiesta fue un exitazo, pero se les olvidó patentar el invento. Otros artículos cuentan, con mayor sensatez, que se lleva bebiendo vino con cola desde hace cien años, incluso en lugares a las afueras de Bilbao como Suecia o Finlandia; que no es un cóctel muy elaborado precisamente. El kalimotxo, calimocho, riojalibre o golden wine (como lo llaman en varios lugares de Europa), en cualquier caso, está ligado en nuestra cultura a fiestas costrosas con punkies tirados en el suelo sobre sus propios vómitos. Ahí están Fermín Muguruza, por ejemplo, para aclarar hasta qué punto la lucha contra el imperialismo yanqui y su Coca-Cola fue importante en los setenta en Euskadi, y apunta que el echarle vino barato pudo ser una estrategia de la CIA para introducir la bebida gaseosa en Euskal Herria. Otros autores nos cuentan cuánto de marketing hay en el ungüento, y por qué no se vende todavía en El Corte Inglés. Y también aprendemos, por ejemplo, que el nombre se lo dio una empleada de la limpieza de California pasando el mocho. En fin, un libro curioso y chorra que, como digo, probablemente haya generado varias leyendas urbanas.

Road Cartoons (J.M. Aguilera-Paco Roca, 1999)


Conviene recordar los origenes. Paco Roca, nuestro hoy afamado y vitoreado (casi por decreto-ley) Premio Nacional del Cómic, el autor de incontestables novelagráficas de éxito como "Arrugas", "El invierno del dibujante" o "Las calles de arena", comenzó dibujando historietas frivolonas de tías en pelotas para las revistas Kiss o El Víbora. Por supuesto. Como todos. Así funciona la industria del tebeo en este país. Si eres español y quieres ganar dinero dibujando tebeos, solo tienes tres opciones: a) te vas a Francobélgica; b) te olvidas de los jodidos tebeítos y te dedicas al diseño gráfico publicitario para una multinacional; c) malvives dibujando tetas para las pocas revistas de tetas que quedan en el kiosko. Encima, esta última opción cada vez está más difícil, porque el papel se está extinguiendo. Pero hubo un tiempo, no muy lejano, en el que además de El Jueves existían otras docenas de revistas de cómic en el kiosko. Y por supuesto, el Maestro Paco Roca pasó por allí.
Por ejemplo, para la revista El Víbora, ya en sus estertores, dibujó la serie "Road cartoons", con guión ajeno, una historieta un tanto insulsa y un poco ciberpunk que venía a trasladar el universo de los dibujos animados de Disney y la Warner (Alicia en el país de las maravillas, el Correcaminos, Bugs Bunny) a un mundo ultraviolento y "realista". La protagonista es Tweety (una piolina semidesnuda que recuerda demasiado a Tank Girl), quien se ha propuesto liberar a todas las mujeres permanentemente sodomizadas por tipos como Porky, un orondo paleto violador, o Doc y Marzo, un menda con chistera y una liebre marcera, que se dedican igualmente a violar y matar en un recodo de esta carretera extraña en la que los personajes están atrapados. En "Las calles de arena" Paco Roca ya se sumergió en el batiburrillo de referencias fabulescas y en "Alicia" en particular; en esta historieta de 45 páginas, lo que tenemos es un cruce psicótico entre Tarantino, Russ Meyer, Lewis Carroll y Tex Avery, con personajes que nunca mueren por mucho que sean decapitados y mujeres desnudas por todas partes. Es un experimento curioso, pero insustancial. Muy bien dibujado, pero hueco. Violencia y porno al mal tun tún para alimentar al lector de WC que daba de comer a los autores de El Víbora en su última etapa.

El prolongado sueño del Sr. T (Max, 1997)


Hace muchos años que tengo la sensación de que hemos perdido a Max, uno de mis artistas de cómic preferidos, desde que se dedica exclusivamente a la ilustración periodística y publicitaria. "La biblioteca de Turpin", Bardín o Peter Punk son algunas de las mejores obras que nos dio el medio durante el siglo pasado, y los tebeos de Max forman parte de la cultura popular española, de manera casi tan legítima como los de Bruguera. Ayer releí éste ya clásico "El prolongado sueño del Sr. T" (publicado en 1997 en la revista El Víbora y recuperado para la colección Todo Max por La Cúpula en 1998), y lo considero el ocaso del Max historietista, y el comienzo del Max introspectivo y surreal que lo ha llevado a donde está hora. Ojo, que las ilustraciones de Max son preciosas, sigue siendo un genio, pero intuyo que nos estamos perdiendo a un narrador de historias inconmensurable e imaginativo como pocos, y el que iba para Dalí del cómic se ha quedado en resultón viñetista a sueldo. No sé si me explico.
Total, que ésta es una de las ocasiones de ver a Max en pleno esplendor, aunque ya demasiado comedido, expresionista, simbólico, y descolorido. No deja de ser una historieta genial, sobre el viaje interior de un hombre que permanece en coma durante 40 días, y cuando despierta se pone a escribir el sueño que ha tenido durante ese tiempo, que aquí es transcrito a viñetas por Max. En dicho sueño, el señor Cristóbal T. viaja por lugares inhóspitos y simbólicos, y se encuentra con un personaje mezquino, un personaje femenino de belleza supina, y un personaje reflexivo, sensato y sabio. Pierde su corazón, su sexualidad y su esperma. Conoce el amor y la virtud, conoce la razón de su existencia, y le son reveladas verdades filosóficas inalcanzables para el que transita la vigilia. Todo es bonito y lineal, y solo lo justito de zen. Tengo ganas de más Max.

El asco (Diego Agrimbau-Dante Ginevra, 2006)


Esta es una historieta costumbrista argentina, pintada asombrosamente en blanco, negro y marrones, publicada originalmente en el blog Historietas Reales, que encontré por ahí recopilada. Contiene todos los clichés habituales de la historieta y el cine costumbrista argentino, con ese acento cantarín y esos personajes reflexivos y existencialistas hasta la náusea. A mí no me molesta esto, en la dosis justa, y es más, me gusta bastante, todo resulta mundano y sucio, y al mismo tiempo poético y hermoso. Esta historia trata sobre un pobre desgraciado de 29 años, feo y con una asquerosa deformidad en una pierna, cuya rutina transcurre a través del asco que siente por sí mismo, por estar tan solo, tan rengo y tan salido, que lo único que le motiva a seguir viviendo es un agujero en el sillón que se folla casi a diario mirando a la vecina de enfrente, una invidente que está como un tren. Por supuesto, la historia comienza cuando ambos se conocen, y él está tan enamorado de ella que no puede dejar de mirarla y comérsela con los ojos, y sentir aún más asco. Llora todos los días y se siente incapaz de expresarle nada a ella, es un tullido sentimental. Pero poco a poco se van conociendo, se lo montan juntos y se van a vivir juntos, manteniendo cada uno sus secretos.
La relación entre el cojo y la ciega es lo más bonito que le ha pasado nunca al protagonista, tanto, que de pronto se da cuenta de que ha dejado de llorar a diario. Pero todo cambiará cuando ella se opere la vista. Un inadaptado que se folla al sillón, una vecina cotilla y subnormal que se mete al gato por el chocho en la escalera, una ciega guapísima pero alcohólica, una relación imposible y llena de mentiras, una fiesta en el barrio y la inminencia de la doble operación quirúrgica que podría devolverles, desgraciadamente, a la normalidad, dan forma a este relato oscuro, asqueroso y brillante.

Flex Mentallo (Grant Morrison-Frank Quitely, 1996)


Nacido en las páginas de la Doom Patrol, Flex Mentallo es un superhéroe estereotípico (forzudo bonachón en fardapitos; inspirado en los anuncios de Charles Atlas de la Edad de Plata), al parecer escapado y traído a la realidad desde la mente de un niño que garabateaba en un cuaderno. Al menos es lo que me ha parecido entender de esta miniserie, donde todo es lo suficientemente confuso, autorreferencial, surreal y metalingüístico como para hacerme sentir bobo y releer una y otra vez cada página. Lo que he entendido es que es una aventurilla en la que Mentallo descubre que, además de él, otros muchos personajes escaparon de esos tebeos infantiles, entre ellos La Realidad, un asesino enmascarado que planea destruir el mundo. Así que, para salvarlo, se unen Mentallo, un agente de policía que acaba de enviudar, y un supervillano al que se ve obligado a dejar salir de la cárcel, llamado El Tramposo. La narración de esta loca historia lisérgica va saltando de protagonista, que a ratos es Mentallo, a ratos el policía y a ratos una estrella del rock adicta a la heroína y el kristal, que anda por ahí hablando por teléfono con alguien, alucinando en colores o viajando entre dimensiones. De pronto está en un mundo plagado de superhéroes y superheroínas haciendo cochinadas, de pronto implosiona, o de pronto salta a un mundo contenido dentro del castillito de plástico de una pecera que pertenecía al poli... Y así. Y salen un montón de superhéroes inventados. Algunos molan mucho, como una pandilla de atracadores que lleva bolas de billar en la cabeza, como unos Residents aun más pop. Todo es muy colorido y pop. He pillado algunas referencias a personajes de DC (esto lo editó Vértigo, su sello destinado a albergar obras ajenas al universo habitual, autoconclusivas, conservando los autores parte de los derechos de la serie, y para adultos).
Sé que no está quedando nada claro. Es que no me he enterado de mucho. Supongo que en parte porque no conocía de nada a los personajes, y en parte porque Grant Morrison pretendía precisamente crear una de esas historias absurdas y surrealistas que te dejan un poso jodido y te tienen reflexionando unos días, sin que nada sea lineal, sino todo onírico, y da lo mismo lo que pase hasta que en las últimas páginas te aclara lo que le sale del pie, y nada tenía sentido. Porque, en realidad, lo importante de esta historia es Frank Quitely. Yo abandoné la grapa de los X-Men cuando llegaron precisamente Morrison y Quitely. Todo se volvió demasiado bizarro y punk. Y el dibujo de Quitely no me terminó de enganchar. Me gusta mucho más lo que he visto de éste en 2000AD o, sobre todo, en esta miniserie. Madre mía cómo pinta Quitely, es increíble. Maravilloso todo. Pero no me he enterado de una mierda, lo confieso así tal cual.

lunes, 4 de julio de 2011

Dope, guns and fucking up your video deck (2004)


Amphetamine Reptile era (¿es?) un sello discográfico norteamericano dedicado al hard y sonidos cercanos al noise; es decir, música pesada, asilvestrada, con mala leche. El sello de los Melvins, vamos. Me enontré con este video, que es una recopilación de videoclips de algunas de sus bandas señeras. Chokebore, Boss Hog, Melvins, Helmet, Janitor Joe, Guzzard... Bandas sobre las que leía en las revistas, y en algunos casos concretos (como el de Jon Spencer y Cristina Martínez) que me gustaban mucho. Un regusto nostálgico tiene ponerse de fondo este montón de videos de rock sucio con coartada intelectual. Al margen de los videos, entre corte y corte un puñado de gamberros juegan a parodiar la continuidad de la vieja MTV de los 90, a través de un programa de televisión ficticio llamado AmRep (donde la "M" es el logo de la cadena ex-musical) y un montón de chorradas intercaladas. Desde anuncios de muñequitos articulados hasta peleas en la nieve y mamarrachadas varias que no me han hecho mucha gracia.

Psycho beach party (Robert Lee King, 2000)


Me ha sorprendido mucho esta exploitation de las beach movies de los sesenta, entretenida, cool, glamourosa, terriblemente fiel al espíritu original (incluso el technicolor es rabiosamente sixties, como si se acabara de inventar ahora mismo) y que da exactamente lo que promete: psicópata, playa y fiesta. Así da gusto. Eso sí: su responsable (que leo que también se encargó de la obra teatral previa a la película) ha tirado por el lado del sano cachondeo, en lugar de por el gore purulento. Lo cual también está bien.
La psicópata del título es una chica mojigata que quiere ser surfista y se hace amiga de un puñado de broncilíneos beach boys que siempre están hablando de pollas y de sexo salvaje (aunque no se ve nada de carne en toda la película; aquí se han pasado de sesenteros), y que de vez en cuando se cabrea si no la prestan suficiente atención, y descuartiza a alguien. Por otro lado está una vieja estrella del cine de terror de serie B los años cincuenta, que acaba de instalarse en secreto en la mansión encantada de la playa, y aún por otro un grupo de estereotipadas chicas fáciles. El conjunto está muy simpático, los guiños al género añejo casi te dejan tuerto, mucho bikini, bailecitos al estilo Archie, actuación sorpresa de Los Straitjackets (el resto de la música es de Ben Vaughn y también mola bastante; ya conocía la bso), chistes malos y sobre todo gruesos, un pelín de sangre, y en general muy refrescante todo. Me esperaba una mierda insoportable y qué va, como homenaje retro no es "Pleasantville" ni "Regreso al futuro", pero está muy maja.

Does snuff exist? (Evy Barry, 2011)


Valiente documental de una hora para el infalible Channel 4 británico (dentro de la serie "The dark side of porn", en la que me tengo que sumergir a fondo un día de estos), que trata de responder a esa pregunta que todo amante del cine poco comercial se ha preguntado una y mil veces: ¿existen las películas snuff? Es obvio que a día de hoy casi todos los días vemos peña muriendo a tiros en las noticias de Antena 3, y que existen videos más famosos que el tebeo como el suicidio en directo de Budd Dwyer o la ejecución de Saddam, distribuida orgullosamente para todos los públicos. Pero el documental (aparte de repasar algunos de estos casos) quiere ir al fondo del asunto y rastrear el verdadero snuff: supuestas películas que hayan sido rodadas por un asesino en plena faena, con toda la intención de hacer una pieza multimedia que contenga muerte real filmada. Para responder a esta pregunta, se repasan docenas de piezas fundamentales de esto de la muerte supuesta filmada. No se olvida de obras menores como "Faces of death", y enseñan las escenas más jodidas de "Holocausto caníbal", "Guinea pig" o "Snuff" con entrevistas y declaraciones de sus directos responsables. Menciona casos muy curiosos de chifladitos que intentaron grabar sus fechorías, aunque por lo que dicen, ninguna de esas grabaciones trascendió de las correspondientes comisarías. Y por supuesto, llega hasta nuestros días, donde internet nos permite ver las salvajadas más inimaginables sin mover un dedo. Bueno, sólo un dedo. Muy bonito esto. Y sobre todo sorprende que una investigación tan completa, polémica y fantástica se emita en el primetime.

Las aventuras del Barón Munchausen (Terry Gilliam, 1998)


Tenía muchas ganas de ver esta película casi olvidada del Maestro Terry Gilliam. Recuerdo haberla visto de niño en un cine, y es de esas pelis que, por los misterios de la distribución, no me he vuelto a cruzar, en ningún videoclip ni reposición televisiva. La recordaba visualmente tan hermosa como el resto de cosas de Gilliam (a menudo vuelvo en mis sueños a los escenarios de "Brazil" o "12 monos"), pero se mezclaba en mi cabeza con el tebeo que tenía por casa de Chiqui de la Fuente, y no tenía muy claro si esto era interesante. Pero en fin, es Gilliam, no podía decepcionarme...
Pues la verdad es que un poco sí. Para empezar, es una película para críos, con niña protagonista y un barón chiripitifláutico. Eric Idle siempre me ha puesto bastante nervioso, y en su papel de correcaminos bailón ha batido récords. Y ahí está también Robin Williams, al que le paso muchas cosas ("El club de los poetas muertos", "Good morning Vietnam", "Jack", "World's Greatest Dad", "Retratos de una obsesión"), pero que a ver quién es el listo que aguanta veinte minutos seguidos un primer plano de su cara haciendo cucamonas, como aquí. Lo más sorprendente es una jovencísima Uma Thurman tapándose tímidamente en cueros; lo peor, que se me ha hecho bastante larga y que todo es de color marrón caca y demasiado infantilón. Creía recordar que a Gilliam lo que más le había atraído del personaje (además de su imaginario onírico) era que se trataba de un apologeta nazi como un piano de grande, y que algo de cachondeo ario habría aquí. Pero aparte de la sutil masacre otomana, el cachondeo brilla por su ausencia y se me ha hecho en general bastante cuesta arriba.

domingo, 3 de julio de 2011

80 blocks from Tiffany's (Gary Weis, 1979)


Una de mis grandes obsesiones de la cultura de los EEUU, además de sus inabarcabes páramos habitados por fanáticos de la Biblia de pistola y autocine, muffler men y dinosaurios de cartón piedra en particular, es la ciudad de Nueva York durante los años 70 y 80, desde ésa que sale en los tebeos de Spiderman de Romita Senior, hasta la más jodida, la de las películas de Sidney Lumet o Walter Hill. He visto "The Warriors" cinco veces, y ya era un mito entre mis colegas cuando jugábamos al esconderite de pequeños. Y de pronto me encuentro con este documental, que no sabía que existía. Se trata de un retrato de la actividad pandillera en la Gran Manzana a finales de los setenta. Una ciudad, a juzgar por el director de "80 blocks from Tiffany's", plagada casi exclusivamente de chicanos y negros (el parecido entre el cartel de ésta y el de "West side story" no creo que sea casual) que se organizaban en bandas (Savage Skulls, Savage Nomads) y fueron parte activa de esta decadencia social y arquitectónica al sur del Bronx durante aquella década. Esto es como "The Warriors", pero entre toma y toma; como una versión adulta y reality de "Rebeldes". Entrevistas a macarras y delincuentes (a destacar al portorriqueño zumbado con casco de las SS, a la de las tetas gordas que se parece a Betty Rizzo, al proto-pimp "tío Phil" con una serpiente entre la manos o al negrito que tiene una esvástica gigante en su cuarto y colecciona memorabilia de culto a sí mismo) salpicadas de escenas de la vida real en los guetos, con miembros de bandas paseándose con sus chupas vaqueras tuneadas, lanzándose cosas desde las salidas de emergencia destartaladas o enfrentándose directamente con la policía. Un documento generacional irresistible. Todo es hermoso en este documento: las pintas que tienen, la forma de hablar, las pintas que tienen, su desprecio hacia lo establecido, las pintas que tienen, su relación con el consumo de drogas, cómo visten y se disfrazan, el auge de subculturas como el hip-hop o el squaterismo, los apodos personales y los nombres de las bandas, la ropa que llevan, las discusiones espontáneas ante la cámara, qué pintas tenían los jodidos que daban más risa que los Baseball Furies... Todo es impresionante y todo es real. Entre el Documentos TV de rutina de la época, y el "Mondo Freudo" escabroso para que la white trash viese a los negritos del barrio de al lado haciendo sus cosas raras.

Mondo Elvis (Tom Corboy, 1984)


Un documental cortito y bastante triste, que pasa lista a algunos de los más chiflados impersonators y coleccionistas de Elvis que en USA han sido. Rodado 7 años después de la muerte del Rey, y partiendo de la fatídica fecha de su entierro multitudinario, todo resulta bastante triste y desangelado. Los imitadores hablan con una pasión ciega que produce lástima, cuando no lloran directamente la muerte de su Dios. Vemos a un puñado de paletos con patillas haciendo el ganso, y poco más.

Lipstick & dynamite (Ruth Leitman, 2005)


El título completo de este estupendo documental es "Lipstick and dynamite, piss and vinegar: The first ladies of wrestling", y es una sucesión de entrevistas a ancianas carcamales hablando sobre su carrera durante la primera mitad del siglo XX en la lucha libre espectáculo profesional norteamericana. Una ocasión única de conocer las estimulantes historias entre bastidores de los sufridos artistas de la pelea de mentirijillas. Ella Waldek, Gladys "Kill'em" Gillem, Ida May Martinez, Mae Young, The Fabulous Moolah o Penny Banner, además de algunas luchadoras midget, narran en primera persona, aliñada su intervención con mil y una imágenes de archivo en blanco y negro, sobre la dura vida del deportista de contacto. Archivo esto mentalmente al lado de otros maravillosos documentales sobre lucha libre como el imprescindible "Tres caídas", y cerca del inenarrable "Bigger, stronger, faster*", un documento necesario para comprender la pasión de los yanquis por subirse a la lona a hacer el bobo en nombre de la épica, las barras y las estrellas. Al margen de la lucha libre, de las ancianas rajando y del arte de la pelea trucada, el visionado me dejó un poso clarísimo acerca de qué va todo esto en realidad: rednecks. Todo el rato suena música paleta, y asistimos a la desaforada pasión de un puñado de luchadoras femeniles de la América Profunda por destacar y salir del hastío permanente de cualquier forma posible.

Puppet master II: muñecos asesinos (Dave Allen, 1991)


El propio Dave Allen se puso aquí a dirigir la primera secuela (...de ocho...) de las aventuras del Maestro Titiritero difunto y su legado de moñecos hijoputas. Aquí hay escenas de stop-motion fabulosas, como cuando en un flashback asistimos al primer contacto de Toulon con la animación de objetos inertes, en Egipto, donde contemplamos al bicharraco verde encadenado stop-meneándose que da gusto. El argumento aquí trata sobre un inocente grupo de post-adolescentes que llega al lugar de los hechos varios años después (es decir, lo mismo de siempre jamás en el cine slasher). En este caso son un grupo de jóvenes investigadores que acude a ver qué diantres pasó años atrás en el Hotel Bodega, para que tanto psicomago muriese desangrado. Y simplemente, empiezan a morir uno tras otro, antes de que les de tiempo siquiera a quitar las sábanas que tapan los muebles abandonados. El argumento se va enrevesando un poco, y nos cuentan cosas del pasado de Toulon, de los nazis o del único vidente superviviente en la primera entrega, dando pistas sobre las otras siete películas que vendrían después, me temo. Ésta tiene más ritmo y conserva el agradable olor a serie-Z y los homenajes al clásico terror Hammer de la anterior, y es más entretenida, aunque sólo se le vean las tetas a una, una tal Charlie Spradling que aparece por ahí de pronto sólo para morirse. Aquí nos cuentan que hay un viejo cementerio próximo al hotel (no recuerdo que estuviera en la primera entrega), y la escena de apertura es preciosa, con los ñecos haciendo barrabasadas entre las tumbas.
Se me olvió comentar en la reseña de la anterior, la estupenda música de Richard Band, simplona pero efectiva, esa especie de órgano renacentista que suena todo el rato y que es marca de la casa. Y tampoco aclaré que, en realidad, ésta es de las primeras películas creadas por Full Moon; la primera entrega salió bajo el sello de la desaparecida Empire, el invento anterior de Charles Band.

Puppet master (David Schmoeller, 1989)


Uno de los pasatiempos locos que me he propuesto para la canícula es revisar algunos iconos de género ochenteros, sobre los que llevo toda la vida leyendo por ahí en revistas y fanzines, pero que nunca me había atrevido a sentarme a mirar. He empezado por la primera entrega de "Puppet master", la saga timón de la Full Moon del loco de Charles Band, rendido al aplastante poder fascinador de los muñecos asesinos en movimiento. El argumento es sencillo y honesto: un titiritero jorobado y loco murió hace muchos años en su habitación del hotel Bodega Bay Inn., pegándose un tiro en el cielo de la boca justo cuando unos misteriosos nazis venían a buscarle. Ya en la actualidad, su heredero acaba de fallecer, y como última voluntad ha pedido que un curioso grupo de psíquicos y médiums acudan a velarle al mismo hotel. Por supuesto, se trata de una sangrienta venganza del difunto, que pretende irse cargando a los cinco malvados quiromantes que le torturaron en vida. Y la venganza la comete a través de un puñado de pequeños muñecajos animados por stop-motion (el Maestro David Allen dando sus primeros pasitos): una Nancy bastarda con la ropa hecha jirones; un impresionante focomelo forzudo; un menda con un torno en la cabeza; una especie de mago que dispara por los ojos... Por supuesto, son los ñecos que animara el puppet master original, André Toulon.
Tal y como me temía, las pelis señeras de la Full Moon son parsimoniosas de cojones y se toman demasiado en serio. Algunas escenas de los muñecajos valen su peso en oro, pero lo habitual, para ahorrar pasta, es que los muñecos se asomen desde detrás de un sillón para que no se vea la mano que hay detrás, o directamente que el 90% de las escenas esté rodado en plano subjetivo a un palmo del suelo. La peli tiene un deje sexy todo el rato, salen muchas tetas y mucha calentona. Y los detalles argumentales o los decorados están bonitos y bastante cuidados. Pero me ha parecido un poco rollete esto en general.

viernes, 1 de julio de 2011

Kamikaze girls (Tetsuya Nakashima, 2004)


Esta es una de esas escasas películas orientales a las que me enfrento cada año, y que me tienen maravillado y pensativo durante varios días. Viendo cine japonés me siento como si me asomara a un telescopio y observase casualmente sirénidos danzando sobre los anillos de Saturno. Es algo que me descoloca, como si en lugar de estar viendo una película estuviese viendo otra cosa, otro medio audiovisual extraño y prohibido, comprendiendo (más o menos) un lenguaje extraterrestre que llega a mi cerebro a través de una serie de estímulos excitantes y desconocidos. No entiendo nada, pero al mismo tiempo sí entiendo cosas; y me gusta o tal vez no, pero al menos me despierta determinados sentimientos que el resto del tiempo, cuando veo cine occidental, permanecen inactivos. Esta película además no es de artes marciales, ni de terror, ni de pornografía trans-galáctica ni otro de los géneros orientales a los que me acerco, acojonadísimo, muy de vez en cuando. Es una historia extraña, entre el documental sociológico, el más cursi romanticismo, la violencia descarnada y el alegato generacional.
Este DVD cayó en mis manos de rebote, de manera absolutamente casual, ya que fui el mero intermediario entre dos personas: una amiga periodista y otra amiga aficionada a la ropa extravagante. Las puse en contacto, y por lo visto hablaron entre otras cosas del fenómeno de las gothic lolitas, y la otra le prestó a la una esta película, que ahora está en mis manos para que yo se la haga llegar de vuelta al origen (y por supuesto, mientras tanto, me la he visto una vez y media).
Es algo así como una pieza más o menos fundacional, que vino, si no a convertirse en referente (que no lo sé, con tanta producción que se hace allí...), al menos a poner un poco de orden y concierto en el asunto de las modas urbanas pasajeras en nipón, en una pieza audiovisual a la que las jóvenes aficionadas a vestirse como en un cuento rococó, tengan un punto de encuentro. Basada en una novela de un japonés de nombre gracioso, cuenta la historia de una adolescente de origen humilde que está muy buena, llamada Momoko (Kyoko Fukada), cuyo único interés en esta vida es vestirse como si habitase en la Francia del siglo XVIII, y pasearse por ahí con faldones y parasoles de tul sin hablar con nadie. Vive con la loca de su abuela y con su padre, un yakuza que trapicheaba con ropa pirata en los ochenta, y que como era un poco desastre tuvo que huir a una aldea provinciana. Un día, Momoko necesita dinero para seguir ampliando su incongruente fondo de armario, y descubre en el desván viejas camisetas y chupas de Versace falsas que hacía su viejo, y se pone a venderlas por e-Bay, y es así como conoce a otra fashion-victim de las prendas insólitas, Ichigo "Ichiko" Shirayuri (Anna Tsuchiya, un pibón, y el principal motivo para no quitar ojo de la pantalla), obsesionada, en este caso, con la moda y el estilo de vida yankī. Los yankī parece ser que son un batiburrilo post-nucelar de referencias a los delincuentes juveniles del Japón que fue tomado por las tropas aliadas tras la IIGM. Con un poso a la rebeldía de James Dean, otro poco del cine feminista de yakuzas y delincuentes rollo "Delinquent girl boss", y otro bastante del cutre-lux de extrarradio tokyota con olor a pachinko, la máxima aspiración de las machorras yankī es tunear ridículamente su motocicleta retro, escupir al suelo y darse de hostias en los descampados. Como sea, Momoko e Ichigo se convierten en amigas inseparables, rozando el lesbianismo y teniéndome palote todo el metraje, y juntas pese a sus diferencias comienzan un curioso periplo en busca cada una de su propio sueño: la malota quiere convertirse en líder de una banda de gangsters, y la tiernita dedicarse plenamente a coser vestidos rococó para lolitas, de manera profesional.
No sé si algo de esto tiene sentido. Semejante argumento así soltado a bote pronto, supongo que suena a bodrio incomprensible destinado exclusivamente al sector microscópico de lolitas y yankīs que puedan habitar las islas niponas, y en realidad esto está hecho para ellas. Sin embargo, el ritmo de videoclip, la narración vertiginosa, el afán didáctico y ultra-explicativo de la película (el DVD incluso tiene un modo de visionado en el que te van aclarando cada uno de los conceptos de culto de cada fashion-victim, aunque los propios personajes lo explican todo con mucho ahínco), el irresistible color que lo impregna todo, el sentido del humor rural y surreal que hasta me hizo acordarme de "Amanece que no es poco" en algún caso concreto, la fantástica música de Yoko Kanno (el único nombre que me sonaba remotamente de todo este despliegue multimedia oriental: es el compositor —bueno, acabo de descubrir en la Wikipedia que es una tía— de la música de Cowboy Bebop, que me gustaba mucho y llegué a comprarme un CD hace un montón de años), y en general todo lo que pasa en esta película tan marciana, tan atractiva y tan imprevisible, me tuvo entusiasmado y me dejó con ganas de más.
Me hubiera gustado ver menos desfile de vestidos de cada respectiva subcultura, aunque es precisamente uno de los fuertes de la cinta. Pero, en mi opinion, debería haber menos ropa en general, no sé si me explico. De hecho, si las dos lolis, sobre todo Anna Tsuchiya, nombre que ya no olvidaré jamás, se hubiesen pasado toda la película en top-less esta sería mi película favorita ahora.