Miyerkules, Oktubre 7, 2015

Tom Maxwell - "Hot: My life in the Squirrel Nut Zippers (A memoir)" (2013)

Tom Maxwell fue el guitarrista de Squirrel Nut Zippers, una de las bandas de rock que más me gustan de todos los tiempos, si no la que más. Injustamente asociados a la escena neoswing que surgió a mediados de los 90s (con montones de grupos de revival de música "discotequera" de los años 20s y 30s, como Royal Crown Revue, The Brian Setzer Orchestra, Big Bad Voodoo Daddy, Cherry Poppin' Daddies, Cigar Store Indians, etc.), SNZ fueron en realidad mucho más allá de ese (maravilloso, por otra parte) fenómeno, y de aquel revival que recuperó la esencia del swing norteamericano y lo "tradujo" y adaptó para las nuevas generaciones, llenándolo de sobreproducción, vientos, coros, un sonido impecable y fresquísimas orquestas de jóvenes tatuados y engominados, que recogieron esos viejos temas de Cab Calloway, Glenn Miller, Benny Goodman, Duke Ellington, Louis Armstrong etc., que en los formatos originales ya sonaban apagados y crujientes. En esos mismos años 90s hubo una explosión de nostalgia musical, con otro buen puñado de bandas que se pusieron a armar como locos bandas actualizadoras del rockabilly (derivando en el psychobilly), el swing (surgiendo cosas tan horribles en su mayoría, en mi opinión, como el electroswing), la música lounge, el country... Pero no es justo calificar a SNZ como una más de estas (fantásticas, insisto) muchas bandas revisionistas. En primer lugar, porque en SNZ confluyeron un puñado de músicos de muy diferente educación musical, liderados por un Jimbo Mathus que es una auténtica enciclopedia del pre-war-blues, un redneck brillante y carismático que junto con su novia Katherine Wallen (artista outsider que resultó tener una voz deliciosa), el chalado vientista Ken Mosher, el virtuoso Don Raleigh de profundo arraigo jazzístico, Tom Maxwell, coleccionista de discos y musicólogo excepcional, o el aporte puntual de Andrew Bird (probablemente, mi artista favorito, que creo que no necesita presentación), Stacy Guess (ex Pressure Boys) o Chris P. Así, SNZ no eran ni mucho menos una banda de neoswing, sino un inclasificable carrusel de referencias retro, una coctelera en la que se cocinaron las enseñanzas de Django Reinhardt, Stephane Grappelli, Raymond Scott, Robert Johnson, Big Star, Tom Waits, Miles Davis, Stephen Foster, Fats Waller, Glenn Miller... a los que añadían ingredientes com el dixie, gipsy jazz, klezmer, vaudeville, blues, punk, lounge, mento, calypso...; y en segundo lugar, porque SNZ, a diferencia de la mayoría de los citados (y de esas toneladas de bandas de revival de todos los estados de la Unión que se alquilan para bodas y bautizos) no se limitaban a hacer versiones de aquellos viejos temas grabados en polvorientos discos de pizarra o pequeños vinilos sin portada, sino que componían la inmensa mayoría de sus temas, y fabricaron su propio sonido y su leyenda.

Al propio Tom Maxwell, en estas memorias que publicó hace poco (me encontré con ellas por casualidad en Book Depository, y aunque no suelo hacer compras online, esta vez me lancé de cabeza, y llegó a mi casa hace unas semanas), le cuesta clasificar qué es lo que querían hacer con SNZ cuando se fueron conociendo, en los bares de Chapel Hill (NC). Maxwell, por aquella época, definía ese limbo de géneros y sonidos de la primera mitad del siglo XX, simplemente, como "hot". En su extraordinario libro, que se ha convertido en uno de mis objetos favoritos (con esa portada suave e impermeable) narra los comienzos de SNZ, y el fuerte carácter de cada uno de sus miembros. Nos introduce en las primeras giras, la nerviosa grabación de sus primeras composiciones (Tom dice que su tema favorito de SNZ siempre fue Wash Jones... ¡igual que el mío! Que por cierto, ¿qué tiene esto de swing?) en estudios de grabación llenos de historia. Cómo la primera vez que se pusieron a improvisar, por ejemplo, estaban en casa de un amigo excéntrico que solo tenía en la cocina 1 sola cuchara, 1 tenedor, 1 plato... y para tocar la improvisada batería tuvieron que utilizar dos cepillos de dientes, lo único emparejado que encontraron por allí. El grupo se fue formando a partir de casualidades, y Tom entró en la banda con su amigo Stacy, el primer trompetista, que falleció de sobredosis de heroína justo cuando SNZ iniciaban su primera gira europea. Narra episodios como cuando Jimbo creyó ver un fantasma en un destartalado estudio de grabación en Chicago, y jugaron a la ouija para invocarlo. Cuenta montones de bromas que se hacían entre ellos, pequeños detalles sobre cada uno de aquellos jóvenes vintage, la historia de cómo mi ídolo Andrew Bird se les acercó después de un concierto en un pueblecito de Chicago, y dijo que soñaba con tocar en una banda como ésa. El libro está escrito con pasión y fluidez (el autor actualmente escribe en bastante prensa musical), y al mismo tiempo con cierto deje escéptico e incluso rencoroso. El libro es breve, pero lo estoy disfrutando lentamente, y en realidad aún no lo he acabado, ya que todo apunta a que la relación entre Maxwell y Mathus se oscurece y esto no tiene un final feliz. Y yo sueño a menudo con que SNZ vuelven a juntarse, graban montones de canciones nuevas, y aceptan la invitación de tocar durante el banquete de mi boda con la guitarrista de The Ladies. Pero recomiendo vivamente la lectura de estas memorias repletas de referencias musicales, tonos sepia y rincones analógicos de la América Profunda.

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