miércoles, 21 de noviembre de 2018

La radio que me crió

(Publicado originalmente en el fanzine promocional de mi programa de radio "Reunión de Majorettes".
Marzo de 2017)
Reunión de Majorettes está siendo para mí un desahogo maravilloso, un proyecto que no sabía hasta qué punto necesitaba hacer. Es una actividad semanal que hago con la pasión del coleccionista de sellos que expone sus archivadores a las sufridas visitas, o el cuñao que, a traición, te cuela el video de las vacaciones durante una merienda. Y disfruto enormemente al descubrir que poco a poco los curiosos se van acercando al programa, me escriben cosas bonitas o comparten los enlaces a los podcasts. Todavía no tengo claro qué necesidad hay de hacer estricta radio musical en 2017, tantísimos años después de que la Televisión matara a la estrella de la Radio, y en unos tiempos en los que la capitalización de Internet ha conseguido acabar con cualquier posibilidad de supervivencia de la libre divulgación cultural a favor de la avalancha de “me gusta” y el redireccionamiento constante del navegante a los mismos rediles “informativos” monetizados en los que se estila exclusivamente la propaganda y el elogio de lo que da dinero. Tengo la sensación, por tanto, de que he llegado muy tarde a este medio que tanto me apasiona desde niño, pero lo hago como si no estuviésemos en una época tan cruel, en la que todo el mundo es DJ pero nadie escucha música, la mezquina radiofórmula la presentan caras bonitas de la tele y los programas de radio se hacen para competir con los Youtubers. Reunión de Majorettes trata de homenajear a la radio musical con la que he crecido, y a todos esos locutores y DJs que están en mi panteón privado, esas personas a las que verdaderamente admiro.

Yo comencé escuchando radio musical a finales de los 80s y primeros 90s, una época en la que ésta ya cohabitaba con la televisión. Por tanto, no conocí aquellos años gloriosos, los “días de radio” en los que la familia se arremolinaba en torno al transistor para escuchar los noticieros, las radionovelas y los estrenos musicales pero, como todo el mundo, la sintonía de Radio Nacional o de la SER es un reconfortante sonido que me acompaña desde niño. Tengo que confesar que no he sido nunca un gran aficionado a las emisoras libres, las radios locales o las radios universitarias (si es que en España ha habido tal cosa), y que toda mi educación radiofónica proviene de la escucha compulsiva de Radio Clásica y Radio 3, principalmente. Pertenezco a esa generación que creció adorando a Maestros como Diego Manrique (el Gran Difusor de la música en España), José María Rey (su Bulevar diario era indispensable), Juan de Pablos (que no falte nunca), Paco Pérez-Bryan (qué tardes aquellas, las del De 4 a 3), Jesús Ordovás, José Luis Moreno-Ruiz, Luis de Benito, José Miguel López, Ramón Trecet, Cifu, Pilar Arzak, Lara López… No me imagino mi vida sin Radio 3. Yo mismo salí varias veces en antena, concursando en los magazines. También escuchaba otras emisoras de radio, claro, y de vez en cuando me dejaba arrastrar por la radiofórmula, lo confieso: recuerdo perfectamente la época en la que Radio Minuto y Radio 80 Serie Oro se fusionaron en M80; por aquella época la radio era un electrodoméstico importantísimo, y sonaba al menos un par de horas o tres cada tarde mientras hacía los deberes. Pero siempre me ha parecido absurda la dichosa radiofórmula, esa manía de escuchar en bucle las mismas 50 ó 40 ó 20 canciones a todas horas. Durante una época trabajé en un local comercial en el que sonaba Europa FM, y escuchar las mismas canciones 2 ó 3 veces al día, estuvo a punto de volverme loco. La radiofórmula, la payola, la mafia de la FM es el lado maléfico de la radio. Pero también en las emisoras comerciales encontraba uno programas musicales estimulantes, como el añorado Déjate besar, el inconcebible Viaje a los sueños polares en ¡los 40 Principales!, la selección musical de la ruidosa La Jungla de José Antonio Abellán, la labor incansable de DJs como Rafael Abitbol o Santiago Alcanda en diferentes emisoras y programas comerciales, el Plásticos y decibelios, el sugerente Vuelo 605, la sección Surtido de Ibéricos en el No somos nadie post-Motos… Máximo respeto también a los momentos de lucidez e independencia de Joaquín Luqui, que también me acompañaron en muchos momentos. Pero nada como Radio 3. Ya sabemos que es injusto comparar la radio española con la norteamerica-na, pero Radio 3, en algunas épocas de las que yo conocí, era un auténtico lujo comparable al espíritu de las college radios estadounidenses, y sus locutores no tenían nada que envidiar a la radio musical especializada de allí, que poco a poco hemos ido descubriendo los aficionados sobre todo con la llegada de internet.

Porque, a nivel mundial, la radio musical de los países anglosajones es otro mundo. Los Tiny Desk Concerts de la NPR pública americana, las sesiones de la BBC de John Peel o los conciertos de la KEXP distan mucho de las GATOs de Julio Ruiz; y nunca hemos tenido aquí a alguna de esas personalidades, locutores-de-radio-barra-estrellas-del-rock como Fred Allen, Rodney Bingenheimer, Howard Stern, Jack Benny, Eddie Cantor... Ni mucho menos figuras del carisma de mi adorado Dr. Demento, que encarna el espíritu de la pasión por la música outsider, o emisoras como la WFMU.

WFMU es una cadena de radio libre que emite desde New Jersey desde 1958, se mantiene gracias a donaciones y eventos, y es el epítome de la radio musical temática organizada por géneros; lo que vendría a ser una Radio 3 disparatada, en la que en lugar de programas sobre rock, world music y jazz casi exclusivamente, tuvieran cabida también espacios especializados en músicas extrañas y remotas; cualquier cosa que suene es susceptible de ser radiada. En la actual WFMU operan locutores como el gurú Irwin Chusid, una enciclopedia viva de la Música Increíblemente Extraña, y programas que recomiendo poderosamente y que me acompañan semanalmente como The Antique Phonograph Music Program (aunque aquí tengo que admitir que son superados fácilmente por los entrañables Hermanos Pizarro, en Radio 3), Vocal fry, Morricone Island, Bitslap, Nazario Scenario, Three chord Monte y otros rincones que invito al lector a descubrir, y que exponen a nuestras orejas a la Música tal y como ésta debería ser concebida: un arte inabarcable, infinito, sin ataduras, y que nadie debería vender ni comprar.

Ya que he mencionado al maravilloso espacio Melodías Pizarras, cabe preguntarse qué significa Radio 3 a día de hoy. Que “ya no es lo que era” es un clamor, pero lo único cierto es que el mundo entero ha cambiado, y que el mismo acto de escuchar la radio ya no es lo que era; pero en mi opinión, Radio 3 sigue siendo un oasis en un desierto de radiofórmula para débiles mentales y electro-latino surgido de las más profundas cavidades del Infierno. Sigue siendo un lujo que exista Radio 3. Por mera supervivencia en tiempos de crisis cultural, es verdad que se han unido a la parrilla programas simplones y flojitos, que serían impensables en los buenos tiempos de la radio nacional y que prefiero ni nombrar, pero otros experimentos y sólidos programas de la parrilla reciente (El Sótano, Bandera Negra, En Radio 3, Sonideros, La curiosidad mató al gato...) mantienen bien alto el nivel, y la labor de Ángel Carmona o Marta Echeverría a la hora de abordar la actualidad es admirable; y en los 90s media programación la okupaba la brasa de la UNED, y aquello era más doloroso todavía, no lo olvidemos. Y es que, además, la Radio parece que no estaba muerta, sino que estaba adaptándose al futuro en forma de podcasts para llevar; y muchos, casi todos los locutores citados, están diciendo cosas muy interesantes aquí, y crecen o se mantienen espacios libres de la talla de Radio Círculo, Radio Carcoma, Gladys Palmera, El Estado Mental… A lo mejor no todo está tan mal. Tengo la sensación, además, de que la televisión que se hace hoy en día, con esos eternos maratones de debates sin guión mañana, tarde y noche, es prácticamente radio filmada: que la televisión se escucha, más que verse, ahora que estamos demasiado ocupados con la pantalla del ordenador, y que la tele solo se tiene puesta de fondo mientras la tuiteamos. Así pues, puede que la radio esté más presente que nunca.

Escuchar tanta música a todas horas que salía del pequeño radiocasete y se perdía para siempre rebotando por las paredes de mi habitación, me agobiaba bastante, me daba un poco de vértigo pensar que aquel disfrute radiofónico tan efímero; así que yo era mucho de grabar las canciones y los conciertos que emitía la radio. Llenaba cintas, cintas y más cintas con la música de Radio 3, creando mis propios recopilatorios, a razón de 2 ó 3 al mes, que comencé a organizar y catalogar en mi rudimentario ordenador de entonces, en una hoja Excel que ha ido creciendo sin cesar durante los últimos 20 y pico años, y que actualmente ronda las 150.000 canciones. Sé que esto suena a locura, pero esta ha sido mi principal afición y pasatiempo en la soledad del hogar: una labor entomológica, obsesiva, la de hacer listas con las cosas que tengo, y el coleccionismo compulsivo de canciones en rodajas digitales, me ha llevado a llevarme al ordenador todos los discos, cintas y LPs que han pasado por mis manos en la vida; y por supuesto, junto con la música descargada directamente de la Red, conforman una colección monstruosa, enfermiza, en mis estanterías. Aquí es cuando vuelvo a la primera frase de este texto: Reunión de Majorettes es mi desahogo, mi pase privado de diapositivas a los colegas.

Haciendo un poco de memoria personal, el concepto de “Reunión de Majorettes” surgió antes que el programa de radio en sí. Por supuesto, el nombre lo tomé de un episodio de Los Simpsons, otra de mis obsesiones vitales. Varias veces, en la prensa especializada, leí que algunas bandas, al no ponerse de acuerdo a la hora de bautizar a su proyecto, se ponían a ver la tele y elegían una frase al azar. Eso fue lo que hice hace unos diez años, cuando quise ponerle título a un blog que me abrí de manera privada para expresar mis diatribas personales. Posteriormente, una de las veces que me invitaron a pinchar música en un bar (el lamentablemente clausurado templo de culto Pub Henry Chinaski de Guadalajara), en 2011, y ya que me pidieron que le pusiera un título a la sesión, decidí promocionarlo haciendo un rudimentario cartel, para el que utilicé la portada de un bolsilibro de Bruguera que mostraba a un monstruo de dos cabezas. Volví a utilizar el nombre para otro blog hace algo más de un año, que finalmente reutilicé y transformé en el actual blog de apoyo a Reunión de Majorettes, el programa de radio / podcast digital que, de hecho, surgió de manera casual: durante una entrevista en directo que me hizo Otis, el presentador del programa San Onofre desde hace 18 años en Radio Arrebato, me sugirió en el aire la posibilidad de ocupar una franja horaria que se había quedado huérfana… y acepté sin pensármelo demasiado. Era de rigor que, ahora que el concepto tiene formato audible, la breve escena de Los Simpsons sea la cuña principal, en crudo, del programa.

Paralelamente, en mi labor doméstica, apasionada y de perfil bajo, como divulgador amateur de la Cultura Pop desde varios blogs de escasa repercusión (Frunobuland, Frunoflickr, Frunosimpsons, Breviario para dipsómanos…), hace algunos años creé la (no-)editorial Libritos Jenkins, desde la que publicar, cuando siento esa necesidad de expresarme, fanzines temáticos. Este objeto que tienes entre manos es fruto de la colisión de ambos mundos: mi modesto programa de radio amateur, y mi pasión por los fanzines. Y me gusta pensar que Reunión de Majorettes es algo así como un fanzine radiofónico, que continúa algunas de las cosas que exponía en mis blogs y en mis fanzines. Concretamente, hubo una vez un fanzine que escribí para Libritos Jenkins, el segundo de ellos, que me hizo sentir que podría haber gente interesada en lo que tenía que aportar al mundo de la divulgación musical: “La música más rara del mundo”. Un ensayo que escribí allá por 2008 en mis ratos libres, y que finalmente se materializó en un fanzine de 124 páginas, que vendía junto a un CD de 166 canciones. Música extraña, curiosa, poco conocida, prohibida, con capítulos dedicados a la relación entre la música y los animales, la música y las discapacidades físicas, la música y el Demonio, la música y los robots, y otra serie de cosas que me obsesionaban bastante. Que yo sepa, no existía en el mercado, y sigue sin existir, una historia de la música marginal, outsider y que abordara estos temas. Sí que hubo revistas (en EEUU, claro) como Incredibly strange music o el maravilloso ensayo del citado Irwin Chusid “Songs in the key of Z”, pero a los que no teníamos acceso desde aquí; y fanzines como Mondo Brutto o Ruta 66 se ocupaban de vez en cuando de asuntos y personajes como estos, pero no entendía por qué nadie se había puesto a hacer un compendio en torno a esa música. Yo lo intenté, y mi ensayito tuvo relativo éxito. De hecho, llegué a presentarlo y a poner música durante una hora entera en el programa Carne Cruda de Radio 3 en diciembre de 2010, por lo que de alguna manera se cerraba el círculo.

Mi necesidad de hacer un programa de radio musical, aglutinando músicas dispares en torno a un mismo concepto, estaba ahí por lo tanto desde hace mucho tiempo, pero no me había dado cuenta. Y al final Reunión de Majorettes se ha convertido en una necesidad para mí, y cada programa que hago se lo dedico inconscientemente a la WFMU, a los funcionarios de Radio 3 y Radio Clásica, al Dr. Demento, a Diego Manrique, a Spike Jones, a Gomaespuma, a Frank Zappa, a las radionovelas de monstruos y superhéroes, a los recopilatorios en casette de fragmentos de radio pintarrajeados a mano, a los fanzineros, a la respetable audiencia y también a usted.

1 comentario:

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