domingo, 21 de enero de 2018

Comedians in cars getting coffee


Mi principal ocupación, esta semana que termina, ha sido ver esta serie que han subido recientemente a Netflix. Había visto algún episodio suelto en su día, como el de Jim Carrey, pero ha sido empezar a verlo a la carta, y no poder parar. La maratón ha sido apoteósica, no me enganchaba tanto a una cosa desde que probé por primera vez la Nocilla.

Cómicos en coche yendo a por café es el último invento de Jerry Seinfeld, el creador, escritor y protagonista de los 180 episodios de la segunda sitcom más vista de todos tiempos. Mi relación con Seinfeld fue bastante agridulce, el tipo reconozco que me caía un poco mal, porque le consideraba responsable de haber convertido el arte de la comedia en esa estúpida colección de observaciones rancias sobre la vida real; esos «¿os habéis fijado en las cacas de perro...?», esos «cuando venía hacia aquí me he cruzado con un amigo que...», esa actitud marisabidilla y condescendiente de todo supuesto cómico contemporáneo, eso que resumió Homer Simpson en la máxima «hay que reírse porque es verdad», esa transformación del cómico físico, sofisticado, trabajador, con cualidades interpretativas, con gracejo natural, en que un pringao cualquiera se pueda subir a un escenario a hablar sobre nada ante un micro durante horas con las manos en el bolsillo. De hecho, en un vistazo superficial, Seinfeld representaba el triunfo de la nada, la quintaesencia del hablar por hablar, la desactivación del talento, el esfuerzo, el método, la escritura virtuosa, en favor del humor de oficina. El desembarco de esos cientos de tipos que se creían el más gracioso de su grupito de amigos, que de un día para otro consideraron que eran dignos de subirse al escenario de un estadio a decir ocurrencias, no hubiera sucedido jamás, al menos en España, de no ser por Seinfeld, que aportó a los stand-up comedians un elevado estatus para siempre. En el mundo del espectáculo y el entretenimiento, nada volvió a ser lo mismo después de Seinfeld. Por eso, le tenía bastante manía al tipo, a la "nueva comedia" y el post-humor de los cojones que trajo consigo, y a su serie aparente y consuetudinariamente insustancial.

Este prejuicio que tenía se me curó, claro, en cuanto vi Seinfeld completa, hará unos 6 años. Entonces lo comprendí. Porque fue una seria importantísima, repleta de un riquísimo todo soterrado bajo esa nada; de hecho, ahí estaba el personaje de Kramer, y en menor medida el de George Costanza, para rendir tributo a esa comedia física y al slapstick contra los que, al menos en mi cabeza, se enfrentaba. Sigo siendo más fan del humor de pisar rastrillos y subirse a taburetes rotos, prefiero Búscate la vida, Primos lejanos, Frasier o Matrimonio con hijos, pero amo a Seinfeld. La existencia de la serie, además, era muy necesaria para la cultura popular norteamericana, donde esta profesión es algo muy cercano a la del músico de punk; y probablemente Larry David y él eran los más indicados para transformar el stand-up en una meta-ficción. Es un género más, dignísimo él, del mundo del espectáculo, y sus rutinas poco o nada tienen que envidiarle, en su inherencia en el Arte, al de la música de autor o la prestidigitación. Que en España la cosa se desparramase de aquella manera, que asociemos el "club de la comedia" al de famosos recitando un guión de chistecitos de taberna, o que existan tipos tan irritantes como Antonio Castelo, Manel Fuentes o Luis Piedrahita (en su faceta de cómico; me parece un gran comunicador e ilusionista, aunque si me lo cruzo por la calle le escupo en la cara y salgo corriendo), fue un efecto secundario. El tiempo puso las cosas en su sitio, y aunque en laSexta sigan empeñados en normalizar el monólogo recitado por modelis, toreros y presentadores de concursos, finalmente se ha generado una auténtica escena, digna y con brillantes cómicos en nuestro país con pátina de estrellas del rock (cosa que, por otra parte, apenas tenemos); en Sudamérica, por ejemplo, me consta que el asunto es mucho peor, y el humor estandupero está estancado en el tardofranquismo ideológico, el caca culo pis, los mariquitas y los gangosos.

Como sea, Comedians in cars... es una importantísima reflexión en torno al humor, y un homenaje a toda la historia de los grandes cómicos norteamericanos. Desde los tiempos de los Hermanos Marx o Jack Benny, pasando por Bill Cosby, George Carlin, Johnny Carson, Richard Pryor, Andy Kaufman, Bill Hicks, Robin Williams, Lenny Bruce y los demás buques insignia difuntos, todos ellos están presentes entre las conversaciones de los vivos que, de dos en dos (Jerry y otro), se producen en los coches y en las cafeterías que eligen al azar para tomarla. Porque el formato no podía ser más simple y más brillante: Jerry Seinfeld se sube a un coche (impresionante, clásico, de colección), va a casa o al trabajo del invitado, y conducen un rato hasta encontrar un garito en el que seguir charlando antes de devolverle a su casa. Queriendo o sin querer, este docu-reality de improvisación total conjuga todos los elementos que triunfan en la televisión del siglo XXI: los shows de coches antiguos tipo Top Gear; los reportajes de viajes a lo Gilipollas por el mundo; los espacios de pornografía gastronómica y recetas (aunque en este caso las escenas en slow-motion y cámara superlenta de alimentos turgentes y perfectos siendo preparados, se reducen casi siempre al café, salvo cuando también almuerzan o toman alguna otra cosa); y los propios programas de convivencia, como... los miles que hay. Los dos protagonistas se dedican a mostrar más o menos su vida privada durante unas horas, y visitar "rincones con encanto", totalmente al azar, allá donde les lleve el vehículo y el ritmo del programa. Una charla informal, comandada por maestros de la palabra y la retórica, salpicada de chistes, anécdotas e incluso momentos realmente emocionantes, cuando rememoran a sus ídolos caídos.

Para mí este es de esos casos en los que, gracias al anfitrión, da lo mismo quién sea el invitado. De hecho, a algunos de los invitados no les conocía de nada, y en principio pensaba verme solo aquellos en los que aparecían figuras muy conocidas (Carrey, Steve Martin, Will Ferrell, Ricky Gervais, David Letterman, Louis C.K., Jimmy Fallon, Chris Rock, Jay Leno, Tina Fey, Howard Stern, mi novia Kristen Wiig, ¡Barack Obama!...), y en plan mitómano, los cuatro en los que aparecieron sus viejos compañeros en Seinfeld: Jason Alexander, Michael Richards, Larry David y Julia Louis-Dreyfus, que a priori serían especialmente emotivos. Pero al final me he visto todos, y pocos me decepcionaron, aunque en algunos (poquísimos) la química entre ambos no funcionara demasiado. De hecho, con alguno casi me muero de la risa, como la tarde que pasaron juntos Jerry y un tal Brian Regan, al que no tenía el gusto y que tuve que pararlo un par de veces porque se me iba a salir el bofe de las carcajadas. El episodio con Kramer, el gran Michael Richards, también fue especialmente brillante, y en el rato que estuvieron por ahí les pasaron cosas increíbles y divertidísimas, hasta el punto de que tuvieron que poner un aviso al principio, indicando que nada estaba preparado. Qué tío más grande, y a ver si remonta pronto, supera el bache y podemos volver a disfrutarle en alguna otra sitcom. Yo soy muy mitómano de la televisión americana, y esta colección de (60, hasta la fecha) sencillos paseos entre colegas rodeados de cámaras, es un auténtico canto al género, una delicia. Todos los encuentros, o casi todos, acaban teniendo algún elemento que los hace especiales, y terriblemente adictivos, por aquello de la anticipación, porque no se sabe qué va a pasar... aunque, en efecto, casi nunca pasa nada. Pero es que de eso trata la vida, para quienes somos vulgares tomacafeses con alma de jubilado.

Hay muchos momentos gloriosos. Personalmente, me gustaría quedarme a vivir para siempre en el episodio de Kristen Wiig, porque estoy psicóticamente obsesionado con ella, pero el día que queda con Carl Reiner y acaba en casa de Mel Brooks es también muy especial. El del gran Fred Armisen paseando por Portlandia está muy bien también. O los de Don Rickles, Leno o Letterman porque menudos personajes, esa gente con tantísimas tablas que tiene tanto que contar, que sueltan unas anécdotas increíbles sobre estar con Frank Sinatra o con Liberace hasta el amanecer en Las Vegas, y ese tipo de cosas. Todo muy guay. Echo de menos a bastantes, sobre todo me encantaría ver a Jerry con Chris Elliott, mi cómico favorito del mundo, mi ídolo. Y con Bill Murray, y con Ben Stiller, y con Bruce Campbell, y con Trey Parker y Matt Stone, y con José Mota... Sospecho que con Conan O'Brien y Craig Ferguson no se debe llevar muy allá (no sé, creo que hay varios sectores un poco enfrentados en este gremio; es la sensación que da seguir los talk-shows americanos, debe haber piques y vetos), y tipos como Eddie Murphy o Woody Allen no deben ser muy accesibles. A ver con quién sigue. Este tipo de shows de judíos charlando sobre naderías, relajadamente, diciendo estupideces, es muy de mi rollo y no me canso nunca. Ojalá dure para siempre.

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