jueves, 26 de octubre de 2017


Acabo de bajar a la calle a tirar la basura, a la hora perfecta, las nueve y media casi, en pleno fragor de las cenas en desarrollo, el olor a fritanga y esas voces de niños acabando los deberes que suele haber en toda escalera de vecinos. En la calle, estuve un rato sentado en un bordillo, mirando hacia la nada. Entonces, se escuchaba también una entrañable pelea doméstica, y a dos hombres follando escandalosamente. He vuelto a subir a casa y por fin me he dado cuenta, nada más cruzar el umbral de la puerta, de que había llegado a un lugar diferente del que salí cargado con seis bolsas de basura. Un sitio en el que no había estado nunca antes. Todo me resulta nuevo, pese a que llevo viviendo en este piso cinco o seis años, y lo adornan las mismas cosas y casi los mismos muebles que había en mi otro piso en el que estuve 11 años. Y es que practicamente todo este tiempo doméstico lo compartí con Fredi, un gato negro, gordo y guapísimo, que se ha muerto esta mañana, y no consigo descifrar cómo me siento.

De adolescente yo llevaba un diario, escribía mucho aunque solo fuera por aislarme en el ordenador ajeno al resto de la familia al fondo del todo de la casa (siempre he sido tan solitario y asocial como ahora), y escribir me ayudaba a reflexionar sobre las cosas que habían pasado, y sobre todas las decisiones erróneas. Bueno, también me resumía las películas que veía o los libros que leía, lo mismo que sigo haciendo en este blog, llevo haciendo esta mierda toda la vida, y también lo de contar cosas personales en público, aunque cada vez menos. Es como una cápsula del tiempo, si tengo un rato que matar, esto me centra, me evade de la realidad mientras la transformo un poco, y el tiempo pasa sin darme cuenta. De alguna manera, contarme otra vez las cosas por la noche, o al cabo de la semana, me ayudaba a dar sepultura a los pensamientos. Sacarlos de la cabeza y meterlos en el teclado para que dejen de obsesionarme tanto. No suelo contar cosas demasiado personales, ni mucho menos airear desgracias en las redes sociales, pero esta vez sí que puse en Twitter que mi gato estaba moribundo, porque me pilló completamente desprevenido y aturdido. También se lo he dicho a bastantes amigos, muchos más de los habituales, que siempre que me pasa alguna desgracia no se entera nadie hasta un par de días después, y solo los más allegados. Soy de naturaleza solitaria y eremita, y confieso que el apoyo virtual de un buen número de personas, incluso alguno que no conocía absolutamente de nada y se ha sentido especialmente tocado por mi sufrimiento, me ha ayudado mucho a llevarlo, a no meter la cabeza debajo de la almohada o dentro de un barreño. Gracias. No había experimentado nunca el apoyo y los comentarios generales respecto a algo tan personal, y me ha llevado a comprender por qué muchos sienten la necesidad de hacerlo. Tiendo a hundirme solo en mi propia miseria. Me he animado, por todo ello, a escribir esta entrada de diario adolescente en público (para los cuatro allegados que lo lean), mi despedida a Fredi, su sepelio virtual.

Porque a Fredi no le he podido enterrar, se lo han llevado esta tarde unos funcionarios del ayuntamiento, ha sido todo muy protocolario. Falleció esta mañana a las 8 más o menos, entre estertores a mi lado, y ha estado casi 10 horas envuelto en un sudario con dibujitos de amebas que tenía por ahí, porque en el 010 tenían una incidencia informática y no pudieron tomar nota del aviso hasta no sé qué hora. Durante todo ese tiempo no pude ni acercarme a velarle o a susurrarle algo al gato muerto, ni siquiera mirarle; estaba aterrorizado. Me dediqué a limpiar el salón y luego la cocina, a cocinar y a ver dibujos animados y series de risa de Netflix, sin enterarme de nada de lo que pasaba en la tele, que solo era un ruido de fondo que me impidiera quedarme a solas con la realidad. Sigo aterrorizado, bloqueado. Como no soy mucho de homenajes ni de símbolos, y soy un jodido desgraciado que no cree en nada espiritual, como le pasa a Bart cuando le vende su alma a Milhouse, me encuentro perdido y trastornado; también es verdad que no he dormido casi nada esta semana, y estoy apenas transitando entre la vigilia y la pesadilla desde hace un par de días. En el intento por mantener vivo a Fredi lo sometí a un tratamiento muy duro y muy caro desde el momento en el que (muy, muy tarde) descubrí las primeras señales de su enfermedad. El domingo yo creía que estaba bien; de hecho, la semana pasada me sorprendió saltando a una mesa como una bala, o subiendo las cuatro plantas de mi edificio a toda velocidad después de irse a explorar, cosas que yo creía que ya había perdido hace mucho el interés por hacer. Pues en pocas horas, se fue transformando en un gato de escayola. Y las sesiones en el veterinario, desde el lunes, lo tenían cabizbajo, drogado y mareado, con casi todas las partes del cuerpo trasquiladas, la piel de un amarillo fantasmal y manchitas blancas en todo el resto del pelaje. Las pupilas dilatadas como botones. Los primeros pensamientos que quiero exorcizarme, son precisamente los recuerdos de esta última noche, que me atormentan cada vez que parpadeo. Como Fredi apenas podía moverse, estos días construí un pequeño ecosistema en el suelo del salón, con un montón de mantas y cojines sobre un colchón en el que pretendía que durmiéramos los dos, y la caja de arena justo al lado. En sus últimos días, el pobre Fredi llevaba una vía subcutánea en una pata, tapada con una venda, que no le dejaba caminar, y una aparatosa sonda gástrica en el cuello, bajo otra enorme bufanda que le tenía el pelo de la coronilla erizado todo el tiempo. Sus últimas comidas se las administré torpemente y manchándolo todo con una jeringa a través de la parte del tubo que sobresalía por la nuca, bajo esa venda roja que hacía que la cabeza le pesara y se le cayera hacia los lados. Estuve toda la noche sin dormir, o dormitando un poco con el despertador puesto cada dos horas, continuamente tocando a Fredi para comprobar si seguía respirando. Incapaz de caminar, se movía a saltos de rana, buscando probablemente el camino hacia la Luz, completamente desesperado, y emitiendo sonidos que nunca antes le había escuchado. Estúpido de mí, confiaba ciegamente, anoche, en que iba a salir adelante, que los gatos tienen siete vidas, que resucitaría al olor de las sardinas y todo eso. Era espantoso, esta noche los dos ahí exhaustos en el colchón, el pobre animal hecho un Frankenweenie y yo sintiéndome Félix Rodríguez de la Fuente, orgullosísimo de haberme gastado todo ese dinero, como si ello significara algo, ajeno a que probablemente estaba sufriendo un dolor indescriptible desde hace semanas. De verdad estaba convencido de que lo iba a superar. O tal vez no lo hice tan mal, no lo sé, tal vez no había nada que hacer. Anoche, sus últimas fuerzas las dedicó a gruñirme y cocearme cuando intentaba cogerle, no sin razón.

Muy a menudo, en la intimidad, deseé con todas mis fuerzas poder tener una conversación, un intercambio de ideas con Fredi. Era mi deseo más profundo. Como soy tan infantil, a veces fantaseaba con que se me apareciera un hada pechugona y me concediera un deseo. Y ni la paz mundial ni hostias: yo quería tener una conversación con Fredi, que adquiriera lenguaje humano momentáneamente y me explicara qué estaba haciendo bien y qué mal, qué tal le caía yo, qué podía arreglar, porque son un enigma todo el tiempo. Los gatos, al menos el mío que era callejero y estaba muy asilvestrado, pueden estar fácilmente 20 horas durmiendo, y las otras 4 ser una auténtica montaña rusa, impredecible. No se parecía en nada a los de los anuncios. Fredi podía pasarse fácilmente quince minutos sentado frente al sillón, a dos palmos de mi cara, mirándome fijamente, como deseando algo, a veces pidiéndome algo a voces, sin que yo fuera capaz de satisfacer su necesidad, por más que le ofreciera cosas, le abriera puertas, le acercara comida u objetos, me quitara del sitio para que ocupara mi lugar como hacía siempre, lo dejara todo y le prestara toda mi atención. Tal vez ningún humano haya descubierto aún qué quieren los gatos, aparte de comida y una caja de arena. Hay algo más. Fredi, desde luego, sentía una ansiedad hacia algo, a menudo, que nunca supe descubrir ni gestionar bien, y ahora me lo estoy echando en cara, que tal vez estuviera realmente mal atendido casi toda su vida. O tal vez sincronizábamos, como se dice que les pasa a las compañeras de piso con su menstruación, nuestro descomunal Vacío Espiritual, ansiando y anhelando irracionalmente, los dos, alguna cosa que nos faltaba y no lográbamos ni siquiera nosotros mismos, cada uno, detectar. Creo que conocía bien todas sus rutinas y satisfacía todas sus necesidades físicas, porque han sido cerca de 4.500 días los que hemos pasado juntos; pero había a ratos algo que me reclamaba y que nunca conseguí descodificar. Esta tarde, ridículamente, lo único que conseguí articular a su carcasa en voz alta, entre el mar de lágrimas que soy desde hace 72 horas, fue algo así como "Al final nunca hemos hablado".

Es difícil de explicar cómo puede llegar a amarse tanto a un gato, cómo Fredi era lo que más quería del mundo; dejando al margen, tal vez, en otro orden de amor, a un reducidísimo grupo de humanos. En parte, Fredi era mi coartada perfecta para hablar todo el tiempo en voz alta sin sentirme un completo tarado. No sé cómo voy a llevar este asunto a partir de ahora, si seguiré saludando al llegar a mi casa vacía o contándole a los muebles mis apasionantes planes para la jornada antes de salir a la calle. No suelo hablar en la ducha ni a los espejos, Fredi era mi interlocutor perfecto. Está también esa egoísta, y además ficticia, sensación de protección y de dominio que siente uno sobre el inocente y lindo felino, sí. Y también toda la compañía que hace y todo el cariño que nos da (o mejor dicho, que nosotros decidimos interpretar que nos da activamente), pero hay algo más. Es una ternura y una complicidad irracional, la que yo tenía con Fredi era una relación totémica y sobrenatural, que no creo que nadie sustituya nunca. Tengo la sensación de haberme quedado completamente vacío, porque en los gatos proyectamos un ideal de nosotros mismos, o al menos ahora me doy cuenta de que es lo que había hecho yo: concebir un homúnculo ideal, un mini-yo que me daba la réplica y me daba la razón segundo a segundo, y que ahora ha desaparecido. Siento como si me hubiera quedado verdaderamente sin mi propia alma, creo que eso es lo que había costruido en torno a este animalito. Miro al suelo y no proyecto sombra.

Encima, no consigo acordarme de los mejores momentos junto a Fredi, y solo me vienen a la cabeza las últimas terroríficas horas, o tres o cuatro situaciones críticas o violentas del pasado. Espero que sea porque todo el resto del tiempo todo era perfecto. Trato de imaginar ese clásico e idílico montaje de las películas o de Youtube en las que la mascota de los protagonistas retoza, salta alegremente a por el frisbee, gatos monísimos disfrazados, gatos que tropiezan o caen, que miran desde detrás de una puerta o leones que besan y abrazan a sus dueños, y no recuerdo nada de eso, solo me imagino a Fredi sentado en la misma posición mientras transcurre la película de mi vida a su alrededor (igualmente aburrida e insulsa). Porque mi mejor amigo no hacía nada especial ni requería nada. Como soy tan inseguro, a veces sospecho que no parecía importarle demasiado si yo era yo o era otro, si entraba o salía. Como sabe todo el que ha tenido gatos, para ellos parece que solo somos un sirviente y una fuente de calor; como mucho, una posesión más a la que marcar con el hocico, a la que de vez en cuando permite entrar en su hogar y usar sus muebles: «El gato no ofrece ningún servicio. El gato se ofrece a sí mismo. Por supuesto busca cariño y protección. El amor no se compra a cambio de nada.», escribía William S. Burroughs en "Gato encerrado", uno de mis libros favoritos, que he sacado de una estantería y he vuelto a poner en la mesilla de noche.

Pasé 13 años con Fredi (que tenía alguno más, no sé cuántos), y aunque casi todo el tiempo recibimos cada uno lo que necesitaba del otro durante nuestra relación, no hace ni tres meses que me dio la que sería su penúltima prueba rotunda de insobornabilidad, mordiendo la mano que le da de comer: una mañana, me levanté todavía atontado, fui a echar un pis y me tumbé en el sofá. Noté a Fredi a mi lado en el suelo, mirándome como hacía casi siempre, y mecánicamente fui a acariciarle la cabeza, cuando me soltó tal mordisco entre los dedos meñique y anular de la mano izquierda, que estuve una semana de baja laboral, con la mano hinchada e infectada. También me acuerdo mucho de una vez que llegué a casa mamadísimo, a las tantas de la mañana, y me encontré a Fredi peleándose con Jason, como hacían siempre, que reñían formando una pelota de pelos y líneas cinéticas como las de los dibujos animados. Como era difícil separarles, en aquella ocasión solo se me ocurrió lanzar hacia el torbellino de pelo la mesa de centro del salón, que tiene ruedas, pensando que eso haría que se separaran e impusiera el orden. El golpe de la mesa con ruedas, efectivamente, cesó la gresca, y yo me vertí en la cama como un mamarracho, satisfecho y mareado. Cuando desperté unas pocas horas después, Fredi estaba a mi lado mirándome fijamente, soltando espuma y sangre por la boca. Le llevé al veterinario corriendo, y tuvieron que sacarle el canino, el incisivo y una muela del lado izquierdo de la boca. Fredi estaba mellado desde entonces, por mi culpa, por ser a ratos un salvaje despreciable. No consigo pensar en otros momentos destacables, y eso que ha habido miles. Me ha hecho reír muchas veces, con esas caritas que ponen cuando se te acercan tanto o ladean la cabeza. Me encantaba jugar a guiñarle los ojos y a veces, mágicamente, respondía. Mi gato tenía tendencia a subirse a la pila del baño y pedirme que le abriera el grifo, eso es algo que me gustaba mucho. También respondía a su nombre cuando le llamaba, y sabía perfectamente para qué le llamaba, así como yo sabía cómo se iba a comportar ante determinadas cosas, o dónde estaba siempre por la casa aunque no le viera. Comprendía varios de sus maullidos. Muchos dueños de perros creen que con los gatos no existe este tipo de interacción, pero sí la hay. Por lo demás, todo es libertad e independencia. Hace mucho que no jugaba con él con cuerdas u objetos, porque durante los años que convivieron Fredi y Jason, esto solía acabar en batalla. Pero a su edad seguía siendo bastante juguetón, puro instinto cazador. Me gustaba ver cómo trataba de buscarme y se picaba cuando me iba a otra habitación y le llamaba asomando y escondiendo rápidamente la cabeza por la puerta. Me gustaba darle de comer directamente, poco a poco, o que se sintiera obligado a seguirme a todas partes por la casa, como buen guardián y anfitrión, levantándose de la siesta a regañadientes para cambiar de sitio solo porque yo lo hacía, siempre pendiente de los movimientos de su invitado.

Me he acordado de una vez que me fui de viaje 10 días, y lo último que hice fue ir al chino a comprarle pienso; por error, con las prisas, compré una enorme bolsa de comida... para perro. No comió nada en todo ese tiempo, y protestó utilizando la alfombra como retrete. Me he acordado también de una vez que fui a cambiarle la arena, y una vez limpia la caja y tirada la arena sucia, me di cuenta de que se me había acabado la arena limpia. Eran las dos de la mañana casi, y tuve que salir corriendo a buscar arena de emergencia, porque si su lecho no está perfecto también suelen protestar meando o cagando en tu cama o en la alfombra. Así que me fui a un par de tiendas que podrían estar abiertas, busqué un par de sitios 24 horas, y como no encontraba sacos de arena, desesperado, me fui al recinto infantil del parque de Olavide y llené una bolsa con tierra, que allí parecía tan limpia, pero que una vez bajo la luz de la cocina aquello era un follón de tierra, barro, mierda y briznas de pino. En un alarde de brillantez por mi parte, se me ocurrió utilizar lentejas como lecho, y funcionó perfectamente. No sería la última vez que lo usé, y desde entonces tengo siempre un montón de lentejas en casa, aunque solo recuerdo haber cocinado una vez lentejas caseras en toda la vida... También recuerdo una vez que se coló una lagartija en casa y fue una fiesta durante hora, y otra que en el patio interior cayó una paloma herida y se la trajo al salón, mordiéndola por el cuello, orgulloso de su macabro trofeo. Y me acuerdo muchísimo, claro, de su antagonista, Jason, que ya nació débil y que nos dejó hace dos años menos 24 días.

Es lo poco que se me ocurre ahora. Sobre todo, quería plasmar lo feo, quitármelo de encima de una vez. Purgarme la culpa. Quiero olvidar para siempre el aspecto que tenía anoche, porque el resto de su vida fue un ejemplar hermoso, portentoso y elegante, era un poco más guapo y más listo que los demás, aunque pareciera demasiado gordo, y aunque a primera vista todos los gatos negros parezcan el mismo: no es verdad. He dormido 6 horas no consecutivas de las últimas 50, y todavía no tengo ni idea de la que se me viene encima. Apenas estoy enterrándolo entre estas líneas, porque no me sale hacer otra cosa, y necesitaba hacer esto aún aturdido y teniendo la sensación de que está aquí al lado todavía, esa sensación que no concibo que vaya a desaparecer. No sé qué va a pasar en adelante, pero mañana será el primer día de una vida diferente, eso seguro. De hecho, a lo largo de esta mañana, y como alguna especie de serendipia cósmica de esas en las que no creo, recibí una llamada que me va a llevar por una nueva senda laboral en los próximos meses. Va a ser una nueva etapa completa. Me va a venir bien la rutina, no puedo estar más agradecido. Es probable que muchos días, cuando redescubra que ya no está, sienta la tentación de sustituirle, pero se sufre tanto cuando se le pierde, y lo hice tan regular con él, que tengo que rechazar la idea.

He estado toda la tarde, así, recopilando y metiendo en bolsas de basura todas las cosas de Fredi que he llevado al contenedor hace un rato, porque es lo que me pedía el cuerpo. Esta noche y los próximos días van a ser extremadamente difíciles, sin esas pupilas pendientes de todo, sin encontrar pelo por todas partes, sin esa presencia que me ha acompañado tantos años. Ay, Fredi. O tal vez lo peor ha pasado, ojalá tantas veces temiendo este día me hayan entrenado un poco. No estoy acostumbrado a este dolor, en esto sé que era un privilegiado hasta ahora. Sigo completamente aturdido, pero estoy un poco menos aterrorizado ahora que cuando empecé a escribir esto. No sé qué me espera, no sé cómo funciona la vida doméstica sin Fredi. No me imagino yendo a una tienda sin comprar nada para él, no pensar que estará levantando la cabeza allá arriba mientras subo las escaleras del edificio al volver a casa, no me imagino no saludarle al entrar o despedirme al salir. A lo mejor sigo haciéndolo el resto de mis días, como un puto loco. De pronto, todo me parece extraño. Freír un filete sin que me pidan un trozo, llevar la comida a la mesa sin que se me pongan en medio y lo escruten todo, mirar una película en invierno sin su peso en el regazo. En un rato, cuando por fin me derrumbe en la cama y llame a Fredi, por primera vez no va a a venir a ofrecerme el hocico antes de apoyarse en mi panza, y marcharse en cuanto empiece a moverme en la cama para volver al cabo de un rato y volverse a ir. No conozco esa sensación. No tengo instrucciones. Se les echa de menos tanto cuando uno sale solo unos días o un rato, que este nudo en la garganta no sé cuánto va a tardar en deshacerse.

1 comentario:

  1. Joder, qué pena. Lo siento mucho. Me ha recordado a la muerte de mi gato. No fue una sorpresa, porque era viejo y cada vez estaba más delgado. La veterinaria nos dijo lo que le pasaba, una enfermedad metabólica, pero más allá de una dieta especial no había gran cosa que hacer, por lo que cuando sucedió, no tuvimos la tentación de creer en una recuperación milagrosa. Mi gato era muy cobarde y se estresaba mucho si lo llevábamos al veterinario, así que llamé a un veterinario a domicilio para que muriera en casa, sin someterlo a un estrés añadido en sus últimas horas. Hasta entonces me había obsesionado una cosa: mi gato, además de cobarde, soportaba mal el dolor (aunque ahora, aparte de algún pisotón en la cola por descuido, no recuerdo por qué estoy tan seguro de eso). Me preguntaba si en el caso de que en su última agonía empezara a maullar de dolor, sería capaz de acortar su sufrimiento poniendo fin a su vida, en lugar de dejarlo sufrir las horas que tardara en llegar al veterinario. Y cómo lo haría. Retorciéndole el pescuezo. Cortándole la cabeza. Cuál de los cuchillos que tenemos en casa podría servir para hacerlo de un solo tajo, sin darle tiempo a darse cuenta de que su dueño lo estaba matando. Pensamientos inútiles, porque de haber sucedido me habría limitado a contemplar acongojado su agonía, incapaz de hacer algo tan sencillo, tan misericordioso, tan irrevocable. Pero al fin no fue necesario, se comportó con la triste dignidad de los gatos ante el dolor, temblequeando e intentando salir de vez en cuando de su camita, sin maullar. Así que vino el veterinario y le inyectó, y al poco estaba muerto. La mejor muerte posible para mi gato, una de las pocas cosas de las que estoy orgulloso en mi vida. También lo recogió el servicio municipal al día siguiente.

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