martes, 8 de agosto de 2017

Club de Amigo del Disco (Nueva columna semanal)


Me gustan mucho, MUCHO los discos de vinilo. Ya está. Sin fliparme. No llevo barbas ni tatuajes, ni tengo las paredes alicatadas de módulos de almacenamiento Kallax, y soy un férreo practicante de la acumulación indiscriminada de .mp3, de escuchar mixes de Youtube o cualquier otro formato; me importa la música por encima del formato y todo me vale, mi programa de radio es prueba de ello, o mi actividad de DJ Symbiótico amateur y escéptico en cuatro bares del barrio, siempre con el portátil y el disco duro de Dani DeFreeze a cuestas. El coleccionismo de discos es una afición cara, y el purismo me la suda. Pero me fascina de una manera infantil y tosca, además del objeto en sí, el ritual del vinilo: eso tan extraño que se hacía antes, de pinchar un disco y escucharlo entero, una cara y luego la otra, y el cariño con el que hay que tratarlo. Me enseñaron a cogerlos hace muchos años, hubo una época que pasé en un bar en cuya cabina casi solo había vinilos (una colección impresionante) y disfrutaba mucho yo solo allí con ellos en las primeras horas de la tarde. Y echaba también muchísimo de menos las tardes de sábado visitando tiendas, seleccionando perlas de las montañas de basura en La Metralleta o Killer's (en tiempos, yo solía patearme sobre las de la calle Salud y Tres Cruces, aunque en la que era verdaderamente habitual de joven era FM, al lado de Crisis Comics, que en paz descansen todas ellas), volviendo a casa tan contento con una carpeta o, si me había vuelto loco, con 4, además de los tebeos de superhéroes del mes. En la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión me llegué a gastar 150€ una vez en ¡dos discos! (un doble directo pirata de Zappa y el primero de Geronimo Black), que aún conservo, aunque cuando hice mi segunda y última mudanza decidí vender casi todos, porque mi tocadiscos llevaba meses roto. También tuve un tocadiscos artesano, único en el mundo, que fabricó un amigo mío manitas aficionado a comprar trastos rotos y reconstruirlos, que por mera afición había hecho en su casa tres tocadiscos, y me regaló uno. Era mi posesión más preciada. Es una obra maestra, que ahora cría polvo encima de un armario a la espera de tiempos mejores:


Porque también se me jodió un día hace un par de años, y había desechado la idea de volver a coleccionar vinilos. Lo que pasa es que mi padre (a la sazón profesor de música, entre otras materias) me ha regalado su equipo de música. Desde que nací, había en casa un equipo estéreo impresionante, un mueble de esos de madera recia con cuatro pletinas y altavoces como furgonetas, y ese rincón de la biblioteca de papá era mi lugar favorito de la casa. De hecho, yo era el único que lo usaba. Tuve mi propia colección de LPs, aunque siempre fui más practicamente de la casete grabada (también tiré mis casetes a la basura, en cinco bolsas de basura, hace mucho), el CD casero y sobre todo la radio musical. De pronto, después de perseguirlo durante años y años, mis padres decidieron regalarme el equipo de música entero. La semana pasada lo estuvimos trayendo a casa, y por fin lo he montado todo y funciona a la perfección. Y claro, me ha vuelto a picar el bicho del vinilo.

Para no volverme loco, que a mí me quema mucho el dinero, he decidido hacer una columna semanal en este blog, a la derecha, y tratar de escuchar un disco a la semana. Mi idea es, por ejemplo, ir a tiendas de segunda mano y pillar un LP barato que me llame la atención y cuyo contenido desconozca por completo. Máximo, 10 euros a la semana, porque si no me voy a gastar un dineral, se me va a ir la cabeza con todas las tiendas que hay ahora en el barrio. Los gargantuescos altavoces de madera del equipo están apuntando hacia el sillón de orejas. Quiero recuperar ese ritual de pinchar un disco y escucharlo entero atentamente. Se vale ir al retrete, tender la ropa o leer algo ligero en el proceso, pero el objetivo único es descubrir cosas nuevas, escuchar los discos que me compre. A ver qué ofrecen los cajones de las tiendas, la lotería de la segunda mano. Mi impulso inicial es comprarme todos los discos que más me han gustado en la vida, reunir la colección perfecta, e incluso llenar la casa de singles de la música que suelo pinchar en .mp3, pero eso es una locura. Bueno, a ver qué pasa. Todo esto ha coincidido con mi 39º cumpleaños, porque ayer fue mi cumpleaños, por fin tenía el tinglado montado, y después de probarlo con mis viejos discos de Pink Floyd, Zappa, uno de Mancini y algunas cosas de las que mi padre metió en el lote (básicamente, folclore español y varios palmos de música clásica, que quiero ir explorando también, me servirán para las semanas que no tenga novedades), voy a inaugurar la columna de mi propio, privado y limitado Club de Amigo del Disco Semanal con mi regalo de cumpleaños de ayer, el regalo que me hicieron los Cejakas, el último LP que sacaron los Neanderthals, que vienen a tocar en octubre con SCOTS y ya tengo la entrada. Supongo que tendré este blog tan abandonado como siempre, pero si recupero más o menos la estabilidad (también comencé nuevo trabajo esta semana, el 5º del año, creo) la columna de la derecha irá cambiando.

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