Sabado, Marso 5, 2016

Love (Judd Apatow, Paul Rust, Lesley Arfin, 2016)


Está claro que Netflix nos ha trastocado definitivamente a muchos la rutina audiovisual. Y en buena medida, ha venido a tranquilizar conciencias. Yo soy de los que, aún así, sigo tirando de picardía y subversión y le cambio la dns a la tele a veces para ver alguna serie vieja norteamericana, porque nuestro Netflix al lado de su Netflix es lo que un ábaco a un iPad; pero lo hice sin querer, señor juez. Por lo general me satisfacen sus contenidos y categorías, para echar una tarde tonta mientras coso unos pantalones, y algunas nuevas series son un lujo que añadir al placer gandul de la tele a la carta. Me parece que alguien en un despacho del Plus tiene que estar que trina. Mola también la creciente rumorología, como esa leyenda que asegura que en Netflix no solo hay pelis de Adam Sandler para débiles mentales, sino que hurgando en la url de la máquina se puede acceder a contenidos ocultos como cine subidito, cámaras ocultas en los probadores del Primark o streaming de asesinatos rituales en directo.

Con las series de Netflix pasa una cosa extraña. Debido a esa idiosincrasia de sacar todos los episodios de golpe en el mismo instante, se pierde esa maravillosa sensación dosificadora, la anticipación, la rutina de sentarse a ver qué te ofrecen en el día de la semana correspondiente. Supongo que para los que hacen las series está muy bien, porque la venden de golpe y no sufren por su cancelación ni las audiencias; y la cadena se asegura una avalancha constante a todas horas de espectadores durante las primeras semanas, si el producto gusta. Pero no sé por qué esa manía de soltarlo todo de golpe, porque corren el riesgo de que los que estamos ociosos nos meteamos toda una temporada en una tarde, que yo soy mucho de eso, o que si no convence un episodio o dos no se le dé una oportunidad en otro momento de una semana. Y se pierde esa sensación de estar participando en una comunión colectiva global, con mucha otra gente a la vez, como pasa con todas las demás series y programas de la historia; Netflix es un rollo muy onanista. Les debe afectar también, imagino, que los dóciles lemmings teleadictos de Twitter no hagan un chiste o una observación brillantísima en cada escena con una almohadilla al final. En fin, que no entiendo muy bien esa política, ellos sabrán, los espectadores salimos ganando, eso está claro. Otra cosa que transmite es una sensación de precipitación, de prisas. En Love concretamente, hay bastantes fallos de raccord, de producción, de planificación, incluso de guión. Pero un montón, y muy obvios y llamativos. Una niña que mira al equipo de rodaje mientras hace una monería, planos y escenas totalmente descoordinados al cambiar de una cámara a otra, un secundario de soslayo a la que le da la risa en un momento dramático, argumentos que se olvidan... De esto te das más cuenta cuando la ves del tirón.

Que es lo que hice yo anoche. Como fanático obsesivo de la oda a la adolescencia Freaks & geeks, y (bastante menos) de su "continuación" juvenil Undeclared, tenía muchas ganas de ver la siguiente radiografía social televisiva de Apatow, su visión de la chavalería americana al llegar a la treintena (aunque en mi cabeza, la vida adulta de casi todos los personajes de Apatow ya había sido narrada en la propia How I met your mother, aunque fuera sin él; y en muchas de sus películas con esta misma generación de actores y guionistas, claro). De hecho, Love es una historia de amor extraña, desesperada, hiperrealista, pocha y posmoderna, que a ratos me resultó intratable e indescifrable, como los propios millennials que empiezan a convertirse en treintegenarios. Pero en general mi maratón de anoche ante Love, dando cuenta de un lote de cervezas artesanas que me regalaron el otro día y de unas galletas de queso de cabra del Carrefour, fue intensa y gratificante. Una noche de viernes lluvioso en casa memorable.

Love no es Freaks & geeks, porque aquello será irrepetible. Aquella atmósfera, la época dorada representada y todo lo que conllevó para la cultura popular, el elenco de personajes, de situaciones y de gestos, el ritmo, la adolescencia de la generación del baby boom, el retrato de la vida en la Secundaria y la convivencia familiar, todo aquello aquí no está. En Love nos enfrentamos a otro tipo de rutinas y clichés contemporáneos que da un poco de rabia mirarlos. El amor de ficción es feo y deja poco espacio al espectador clásico, romántico y soñador, cuando es tan verosímil que vemos a dos tortolitos dándole al F5 como posesos en el perfil de Facebook del otro, con el móvil en la mano todo el santo día o estalkeándole el Instagram a ver qué hace o adónde va su Uber. ¿Dónde quedan los llantos, el dormir en los portales, el llamar a casa de sus padres y colgar, el follar en la trigésimo primera cita? El amor de aquí es el de los tiempos del postureo, la promiscuidad y el sexo sin compromiso, las mamadas de conveniencia, las drogas de diseño dispensadas como gominolas, la ausencia total y absoluta de Fe. La precariedad laboral, la enésima decadencia de la industria musical y audiovisual y de la Especie entera, los barbitas hedonistas, los fofisanos, los pansexuales, el poliamor y la post-tontada son también retratados con maravillosa crudeza y mejor que nunca, con calma, en estas cinco horas de post-comediarromántica.

Entrando al detalle (y buceando en el espóiler), una relación como la de los dos protagonistas, en estos tiempos modernos que afrontamosn los jóvenes sin instrucciones ni referentes audiovisuales (y que yo ya no entiendo bien), no sé si es verosímil. No sé si los jóvenes freaks lo tienen tan fácil para pincharse a la tía más buena del reparto y por extensión del mundo como parece; lo de Schweiber y Haverchuck con las animadoras wasp del cole (volviendo a Freaks & geeks) fue soberbio, un hermoso brindis al sol, una revancha nerd en toda regla, pero esta costumbre de los realizadores judíos de liar al fricazo pavisoso con la muchacha monumental de ojos azules... Ya sea en The Big Bang theory, en las fantasías sicalípticas de Woody Allen o en ésta que nos ocupa, donde el apocado, soso, maniático, narigón, obsesivo y grimoso protagonista (Paul Rust, que qué casualidad, también es el creador de la serie) no solo se lo monta con la sensacional protagonista, sino también con una bottle blond bimbo famosa, y dos postadolescentes necesitan hacer un trío con él nada más verle, todo en la misma semana. Que echar un polvo claro que sí, pero que una mujer de las hechuras de Mickey (Gillian Jacobs) se enamore tan desesperadamente y toda su vida gire en torno a él, a mí no me ha quedado del todo explicado. Por lo demás, todo en Love es interesante y fascinante... pero no demasiado emocionante. Auténtica emoción romántica solo sucede fugazmente, durante unos segundos, al final del fantástico primer episodio. A partir de ahí, todo es elegante y entretenido, divertido, pero poco intensto. Porque en el amor entre millennials, entiendo yo, no hay tiempo para comprender los sentimientos ni analizar a las personas. Hay que avanzar rápidamente o se acaba la batería. O actualizas el perfil o pasarás desapercibido en el timeline de todos. Hay que pasar a tercera y a cuarta base en la relación para contarlo por wasap antes de que te puedan las ganas de quitarte de en medio de este sindiós en que está sumido todo.

Lo mejor de la serie, por supuesto, es ella, Mickey Dobbs. Una veinteañera tardía, jodida, adicta al amor, al alcohol y al caos. Tan poco seguidora de las normas como de los cuentos de hadas. Como la inolvidable Kim Kelly (Busy Phillips) de F&G, pero perdida en el núcleo de este hostil siglo XXI y en el hostil albor de la hostil vida adulta, Mickey es una maravillosa y atractiva dinamo de negatividad, toxicidad y juerga. Apenas acaba de terminar de ser una niña traviesa y maleducada, cuando se da de bruces con el mundo del patriarcado y lo PC en pleno vórtice de su politoxicomanía. Manipuladora involuntaria, discordiana no practicante, sus decisiones y sus impulsos son siempre los erróneos, y su escepticismo general la lleva a tropezar continuamente y salpicar a todo el que la rodea. Es la impresionante construcción de personajes y situaciones, y los diálogos, lo que hace de esta serie, mucho más allá que un entretenimiento para la generación del déficit de atención, un producto sorprendente e instructivo para el público general. En un par de ocasiones, propiciar un gag hace que los personajes falten al mero sentido común de su personaje y al realismo generalizado, o que lleguemos a odiarles muchísimo... Pero basta de pegas. La serie está llena de momentos brillantes, me ha gustado mucho y quiero seguir mirando a Mickey muchas más horas, que me está sirviendo a mí de manual.

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