domingo, 23 de agosto de 2015

Da Suisa (2013)

Como fanático obsesivo de los Simpson, con la intención de ampliar conocimientos, tal vez diversificar el discurso, no sé, por completismo patológico tal vez, decidí someterme a una de sus manifestaciones más perversas: la versión suecada por Venga Monjas hace algunos años, en forma de una webserie que llamaron Da Suisa. Yo me enteré por casualidad hace poco de que esto existía, y me había mantenido al margen, por higiene mental, porque las cosas que hacen Venga Monjas (que alguna vez vi sin querer al pinchar sobre algún enlace) me producen vergüenza ajena, y porque me caían muy mal. Vi en directo una vez a Miguel Noguera, y no me hizo gracia ni una sola palabra de lo que dijo, ni me interesa nada de lo que escribe o hace. No soy su público, y no pasa nada, cada uno por su lado, y todo está bien. La vida sigue. Pero ahora he visto aquí a Noguera actuando, o haciendo eso que sea que no hace en sus shows, y me ha dado un poco de pena. Todo esto me ha dado muy mal rollo, y me ha dejado mal sabor de boca. He estado pensando en la crisis de valores que nos asola, en el nivel educativo de este país, en la tasa de suicidios, en el daño que hicieron Philo Farnsworth, Baird, Tesla, Marconi y Lazarov a la sociedad. Creo que no voy a volver a ver jamás un episodio de los Simpson, ni un video de Youtube, ni voy a pinchar un enlace nunca jamás, porque no quiero volver a experimentar esta sensación tan dolorosa en mi estómago. Después de ver Da Suisa, solo tengo ganas de esconderme en mi habitación, y llorar. Supongo que el problema soy yo, que no contemporizo, me faltan referentes, juicio o madurez cultural para poder sublimar mis prejuicios y sumergirme abiertamente en el maravilloso mundo de diversión y carcajadas descontroladas que se esconde en algún lugar de esta Nueva Risa del siglo XXI que representan y defienden los Venga Monjas, este sofisticado post-humor para paladares exquisitos que, por el momento, sigue sin hacerme post-puta post-gracia, y sigue pareciéndome la exhibición de la post-incapacidad absoluta y falta de post-talento de unos tipos post-mediocres con necesidad de llamar la atención. Estos nuevos valores de la cultura del entretenimiento, que cuando escriben en ensayos colectivos que he leído, o participan en los sesudos reportajes sobre los límites del humor que emiten de vez en cuando en Canal+, presumen de haber absorbido y heredado años y años de sumisión a lo más selecto del sketch audiovisual mundial (SLA, Seinfeld, Faemino y Cansado, Monty Python, Peter Capusotto o Larry David son sus referentes), en algún momento decidieron que podrían triunfar en el mundo del humor porque eran los más chisposos de su escalera. Disfrazan de falta de medios y cutrerío su falta de imaginación, suplen su falta de ideas copiando tramas clásicos de los Simpson e imitando lastimosamente a La hora chanante (aquella primera anomalía del audiovisual humorístico español que demostró que sí se puede, y cuyos responsables sí han demostrado que tenían mucho talento y mucha gracia), este grupo de sujetos totalmente anodinos haciendo el ridículo y dándolo todo con tal de epatar, que les hagan casito y exhibir su falta de complejos (como una tronista analfabeta o un parado de larga duración concursando en el Gran Prix), confiando en que eso, y el tirón de la serie de Matt Groening, les garantice unos cuantos likes en Youtube y probablemente el salto al trabajo de sus sueños; y si eso falla, dicen "polla" muchas veces o se ríen entre dientes, demostrando lo bien que se lo pasan, lo enrollados, incorrectos, transgresores y subversivos que son. Es que pasan de todo, qué tíos. Igual que las estrellas del rock del siglo XX destruían sus instrumentos o se limitaban a sentarse en el escenario a pincharse heroína ante la audiencia, por pura attitude y genialidad, los Venga Monjas se pueden permitir hacer mierdas como castillos todo el tiempo... pero es porque quieren. Si Venga Monjas intentaran hacer humor de verdad, si decidieran dedicarse al pre-humor o al humor, harían obras maestras imperecederas, el mundo de la comedia y el cine español gozarían de un esplendor renacido, y ellos obtendrían el reconocimiento del público y montañas de dinero y de mujeres; pero no, ellos no quieren hacer eso, porque son fieles al underground al anti-humor y al post-humor alternativo. Y porque se deben a su público, esos doceañeros del Cono Sur que reparten likes cada vez que escuchan polla o follar o sida en un video cutre, que "es malo pero te ríes". Como bien explicaba el Maestro Irwin Chusid hace décadas, no se puede pretender ser un talento outsider, siendo auto-consciente de ser un outsider (ni mucho menos forzándolo, fingiéndolo por pura dejadez o discapacidad), ni careciendo por completo de genuina autenticidad. Me fascina el talento alternativo de mostrencos como Andy Kaufman, Bill Hicks, Richard Pryor o Lenny Bruce, que reventaron por los aires todo lo preconcebido de la comedia. Esa facción de la "Nueva Comedia Americana" abanderada por Judd Apatow, que tan mal ha asimilado a sus maestros, y cuya única vis cómica gira en torno a los chistes de pedos, pollas y porros, no me hace ni puta gracia; pero esas películas, al menos están bien hechas y cumplen su función espectacular. Y además, Apatow y todos los demás han demostrado ser capaces también de lo mejor, si se lo proponen. Está bien que existan para quien las necesite, a nosotros nos educaron "Porky's" y Benny Hill. Benny Hill, por cierto, ya agotó todos los chistes de fallos de ráccord y torpezas técnicas en los 70. Michel Gondry ya hizo una obra maestra del asunto de la parodia cutre, con un sentido del gusto y un respeto sublimes. Con talento. Los citados chanantes, Qué vida más triste o Malviviendo demostraron que hasta en España se puede hacer un producto decente y entretenido con tan solo una cámara barata y un colegui, siempre que haya una idea detrás. Me interesan el dadaísmo, el surrealismo, el humor absurdo, respeto la improv comedy, colecciono fotos de patos con paraguas. Pero hay cientos de miles de chavales grabándose con sus webcams haciendo el idiota en sus dormitorios, y jamás comprenderé por qué a nadie en su sano juicio, ni siquiera al nini adicto a la marihuana más recalcitrante, les puede interesar un carajo lo que estos odiosos Venga Monjas han venido a hacer. No ofenden a nadie (bueno, alguna escena me ha dado un poco de asco literal, si es que eso cuenta), no subvierten nada, no inventan nada, no tienen ninguna idea, ningún talento, ningún valor de ninguna clase, no son conscientes del desprecio que me producen (si lo estuvieran haciendo aposta, entonces serían genios; pero no es así, realmente se consideran cómicos). Sólo poseen cierta habilidad para el arribismo, para que la crítica de vanguardia haya decidido darles el beneficio de la duda, nadie sabe por qué, y supongo que buenos contactos; sí, eso lo explicaría todo. Porque sólo producen vergüenza ajena, ninguna otra cosa. He visto a niños de 8 años, en fuegos de campamento, recrear sketches de los Simpson con menos medios y muchísima más gracia, y respetándose a sí mismos y a sus familias. He visto improvisaciones a las cinco de la mañana, en un bus nocturno lleno de infraseres, infinitamente más imaginativas y profesionales. He visto vídeos de decapitaciones de periodistas occidentales en las noticias más entretenidas que lo que graban estos señores en sus casas tomando cervezas. Joder, si hasta entiendo que a la juventud le haga gracia El Rubius (creo que no es un problema generacional; porque además, me temo que estos sujetos y yo rondamos la misma edad). Pero creo que ya va siendo hora de que alguno de estos eruditos humoristas de última generación, que tanto reivindican su labor agitadora y reflexionan constantemente sobre la libertad y los límites del humor, empiecen a plantearse la necesidad de unos límites del humor por defecto; un post-humor que intente hacer reír a alguien más que a sí mismos, para variar, a ver si les sale. Una reflexión de ese tipo no estaría mal. En fin, que he visto los 14 episodios de Da Suisa seguidos, muy atento, con la actitud de un entomólogo, sin prejuicios, con muchas ganas de sintonizar con su historia, indagar en su mundo, chapotear en su ingenio... Bueno, vi hasta el 4 o así... Y sólo he sentido bochorno. Una sensación parecida a lo que sentí viendo a Ana Botella en su discurso defendiendo las olimpiadas de Madrid 2020. Bochorno absoluto. Lástima. Ojalá nada de esto hubiera pasado. Ojalá me hubiera atropellado un camión cuando salí esta mañana a comprar el pan. No quiero volver a ver nada en la tele ni en internet. No pienso volver a escribir en este blog ni a hacer nada hasta que se acabe toda esta sinrazón.

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