martes, 21 de julio de 2015

Los Sims 4 (EA, 2014)

Ha pasado ya algún tiempo, el suficiente, como para rememorar mi superada adicción con orgullo, y confesar al mundo que, durante todo el mes de enero y parte de febrero, practicamente no hice otra cosa que jugar al Sims 4. Es más: a mi edad (nací en los setenta...), tengo que confesar que me enganché primero a un youtuber que jugaba al Sims 4, me enganché tanto que vi más de 30 horas de este chaval jugando a la consola, creando sus personajes de los Sims, hablando con ellos, diseñando su casa y llevándoles a comer, a trabajar y a mear... Más de treinta horas, señor juez, me pasé en unos pocos días mirando a todas horas los videos de este chaval jugando en su casa. Tenía el ordenador reparando, explotó un día y lo llevé al taller, y durante esos días descubrí alborozado que podía conectarme a internet desde una XBOX que tenía debajo de la tele, que hasta entonces bien podría haber sido de Lladró, que no la utilizaba practicamente para nada. Fueron diez días o así sin ordenador, días muy fríos, muy aburridos, y necesitaba asomarme a internet, a Youtube. Fue entonces cuando mi relación con Youtube cambió para siempre, al descubrir que podía ir pasando vídeos por mi pantallón gigante cómodamente desde mi sillón orejero, con el mando a distancia ergonómico. Prácticamente no hice otra cosa esos días: encendía la tele, y me conectaba a Youtube, para ponerme conciertos de fondo y episodios de series. Y poco a poco, fui sumergiéndome en el pantanoso terreno de las celebridades de Youtube. El contubernio de Youtube. Las superestrellas de Youtube. Ese mundo endogámico y extraño, del que había oído hablar tanto, pero que hasta el momento no me había interesado lo más mínimo. Hasta ese momento, aceptaba que los jóvenes cabezas de chorlito miraban a sus ídolos de Youtube hacer el canelo a todas horas, por ignorancia, porque no sabían lo que era la vida; no sabían lo que era jugar al marro o a las chapas toda la tarde. La brecha generacional y el desprecio hacia la generación siguiente, todo eso. No me cabía en la cabeza, como supongo que no le entrará a la cabeza a nadie de mi generación que los jóvenes de ahora, en lugar de estar haciendo puentes a los coches y pasándose porros en los recre, se pasen las horas muertas encerrados en su habitación jugando a MMORPGs o, más patético aún, mirando a otros jóvenes hacerlo. Al Carlos Boyero trasnochado que llevo dentro, no le cabía en la cabeza que la juventud perdiera el tiempo haciendo eso antes, y no me cabe mucho en la cabeza ahora que he salido del agujero... Pero, no sé por qué, me he acordado ahora de ese mes y pico que me pasé enredado en todo esto. Y en realidad, me alegro de haberme introducido un poco en ese mundo. De alguna manera siento que he chocado los cinco a todos esos millones de jóvenes que tienen por referentes a chavales que se graban en su casa haciendo el tonto, y descubrir de primera mano quiénes son los nuevos Beatles, los nuevos Elvis. Da un poco de pena todo esto, pero al mismo tiempo es un mundo hasta cierto punto interesante. Han pasado unos cuantos meses, y ahora entiendo que, si tienes una Smart TV, o te conectas a Youtube con una consola como fue mi caso, donde la aplicación te sugiere contenidos en lugar de tener que buscarlos, y te dejas llevar un poco por esas sugerencias, es absolutamente inevitable que la pantalla empiece a vomitar, uno tras otro y exclusivamente, la liturgia de estos youtubers. Yo hasta ahora, y en los anteriores 10 años, era dueño de los contenidos que veía en Youtube (básicamente, música, mixtapes extrañas, series y programas de la tele por cable abisal norteamericana, películas nigerianas...). Era un usuario casual de Youtube, jamás lo utilicé como un "canal" en el que pasarme horas mirando vídeos, y muchísimo menos vídeos amateur de gente inane más joven que yo. Pero una vez que me conecté desde la XBOX, todo eso cambió, y el maligno emporio de Google/Youtube decidió volcar sus contenidos en mí, me eligió a mí como una más de las víctimas pegadas a su red, para inculcarme sus mandamientos y venderme sus productos y sus ceremonias.

Como digo, en gran medida me alegro de haber conocido todo esto. No soy un casi-cuarentón cerril y nostálgico, ni un conspiranoico de esos que consideran que Pewdipie o El Rubius son tentáculos de los Illuminati. Y después de bastantes días sometido a la lluvia de sugerencias constantes y meticulosamente seleccionadas por Youtube/Spectra, y superado su influjo, he llegado a la conclusión de que no me interesa nada lo que los youtubers tienen que contar, o al menos no he conocido a ningún youtuber que tenga algo interesante para mí. Supongo que no soy su target. Puedo decir que conozco bastante a fondo el universo de El Rubius, y que me parece un chaval majo y sensato (el otro día me le crucé por la calle del Pez y estuve a esto de lanzarle un sostén), pero no me hace gracia ni me interesa lo que tiene que contar. Y el resto de las docenas de youtubers que fueron desfilando (y continúan haciéndolo cada vez que enciendo la app de Youtube en la XBOX) me parecen repelentes y estúpidos sin excepción. Al menos, aquellos youtubers españoles de los que se graban casi a diario a sí mismos diciendo cosas, ya sean graciosetes que comentan la Vida y participan en todos los memes de la semana, los que hablan de temas de misterio porque creen que pueden hacerlo mejor que Iker Jiménez, las pijas monísimas que tienen en la cam de su portátil a su mejor amiga, los pijos que quieren ser como Rafa Mora y el resto de lamentables lameluzos que he conocido, que son muchos (no quiero dar nombres). Con sus palabrotitas, su incorrección de secundaria, su ego del tamaño de Silicon Valley, su mensaje definitivamente vacío y manido. Me quedo con un par de chiflados cincuentones que hablan de conspiraciones inventadas, y con unos cuantos canales que, sin ningún tipo de apoyo ni medios técnicos, se esfuerzan en fabricar breves programas de entretenimiento cultural. Pero son muy, muy pocos. Lamentablemente, las posibilidades que pudiera haber en esta generación de veinteañeros aficionados al audiovisual, ha quedado drásticamente mermada por la sobre-exposición a la televión de entretenimiento que tenemos, basada en el meapilismo, la corrección política y la Cultura de la Transición, y no aspiran a mucho más que a tratar de imitar el insoportable buenrollismo de Zappeando, El club de la comedia y el humor plano de centro-izquierda del método PRISA. Una pena todo. Y encima, se copian unos a otros todo el rato, sin parar, como si fuesen a perder el tren del hype si en algún momento se les olvida homenajear la estupidez de moda de último segundo.

Como decía, de las horas de sometimiento herziano que sufrí contra mi voluntad, me pareció interesante la figura y el carisma de El Rubius, y terriblemente autoconsciente y honrada la manera de comunicar de Vegetta777. A los otros diez o doce nombres que me vienen a la cabeza ahora, de esos que salen siempre que miras "lo más visto" de Youtube en cualquier momento y a cualquier hora, les faltan una o dos milis y, personalmente, me repugnan bastante. Pero el fenómeno en sí lo respeto, y me parece estupendo, no quiero parecer tan cascarrabias; principalmente, es que no soy su target, y no me hacen gracia, nunca he entendido los memes, el rollito 4Chan, no juego a videojuegos, me asombra y me deja indiferente la necesidad que tiene la Masa, cuando participa en las redes sociales, de hacer el chascarrillo efímero, comunicarse entre sí como delfines, sigo siendo un inadaptado en internet y cada vez me voy sepultando y apagando más bajo sus doctrinas y formas. Internet ha terminado siendo, en buena medida, un ente que fagocita el librepensamiento, que incita a frivolizar, a reducirlo todo a su mínima expresión. Es un medio gigantesco, inabarcable, por supuesto; pero parece que la Internet Oficial, al menos el 50% de sus usuarios mundiales, se siente a gusto formando parte de ese Ente-Doctrina totalitario en que ha degenerado la sociedad de la información; o a lo mejor todo esto es fruto de mi propia condescendencia, mi "ay, estos jóvenes...".

En cualquier caso, todo esta reflexión es solo una excusa para confesar que me tiré una semana y pico enganchado a los vídeos que hacía Vegetta777 jugando al Sims 4. Ahí es nada. Y yo burlándome de los que se enganchan a Mujeres, hombres, bíceps y berzas, probablemente esto sea más irrisorio y penoso. Tenía muchas ganas de engancharme a algún videojuego, pero no me estimula nada de lo que veo por ahí. Crecí jugando a los juegos de Sierra, al Tetris, al Sim City, y no he evolucionado mucho más en ese camino. Me volvió loco el primer Los Sims, y descubrir, sin querer, que la franquicia se había convertido en semejante motor creativo y en un sandbox con casi infinitas posibilidades, me estaba llamando mucho. En cuanto tuve de vuelta mi ordenador reparado, con un gigantesco disco duro nuevo y vacío, lo primero que hice fue instalarme el Los Sims 4, crearme un personaje outsider, inadaptado, soñador, creativo, follarín (huelga decirlo), de piel azul y pelo verde; construirle una mansioncita inspirada en la arquitectura grotto, y una carrera de escritor bizarre de gran éxito. Se llamaba Chris Peterson, vivía en las afueras, junto al desierto, y su máxima aspiración era llenar la casa de minerales, fósiles, estatuillas extrañas, objetos fosforescentes y terrarios de cripto-insectos. De alguna manera, todo aquel coleccionismo compulsivo virtual satisfacía casi todas mis necesidades de la vida real. Poco a poco mi mansión se fue ampliando. No había en mi su casa una mesa de billar, desgraciadamente (un elemento imprescindible en todo hogar), pero sí jardines con gnomos, un rincón para pintar, un jacuzzi, una tele de tropecientas pulgadas, un pequeño gimnasio, juguetes, un microscopio nuclear, un cohete espacial. No recuerdo mucho más. En cuanto salió la tercera o cuarta ampliación e intenté instalarla de forma clandestina, algo se bloqueó, perdí las ingentes horas de partida y me dio pereza volver a empezar. Me dio un poco de pena no poder recuperar tampoco las fotos que hice de mi personaje yaciendo con incontables mozas en su cama con dosel de la cuarta planta, o cuidando a sus plantas carnívoras mutantes ante la puesta de sol, o de picnic en la montaña... Ojalá pudiera conservar los souvenirs, pero la verdad es que la fiebre del Sims 4 se me fue tan rápido como vino. Creo que en las últimas ampliaciones y actualizaciones se puede montar una boutique, apresar extraterrestres o ir a un spa, pero yo ya me he quedado fuera. Desperté de pronto un día cuando tuve que desinstalar el programa pirateado, y me descubrí con la piel naranja otra vez, fofisano y en mi piso de 40 metros cuadrados con forma de vagón de tren en la Malasaña profunda; sin zigópteros, sin cintas de correr, sin gnomos de jardín, sin hijas bastardas, sin mis propias novelas tiradas por la mansión, sin habilidades sociales adquiridas ni perseverancia en el fornicio.

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