domingo, 16 de noviembre de 2014

Bananaman (1983)

No es demasiado conocida en España la tradición de los tebeos de "narizones" británica. Comúnmente se acepta cierta tebeografía a la hora de catalogar somera (e injustamente) la característica de las distintas industrias que en el mundo han sido (superhéroes en USA, "línea clara" francobelga, manga en Japón...), y en un primer vistazo superficial reconocemos en Gran Bretaña, por un lado, a una especie de "cantera" del tebeo mainstream norteamericano (Millar, Moore, Morrison, Ennis, Ellis, Gaiman, Davis...), y por otro la importancia de sus tebeos realistas de "acción costumbrista" (Roy of the Rovers, The Hornet) o de ci-fi-punk (2000AD, M.A.S.K., Dan Dare). Pero es mucho menos conocida la enorme solera del tebeo humorístico juvenil que, igual que en España o en Francia, ha asolado sus kioskos durante todo el siglo XX. Sin ir más lejos, la cabecera The Beano, protagonizada por un adolescente anárquico, se publica semanalmente en aquellas islas nada menos que desde 1938 hasta nuestros días, y ha albergado a docenas de personajes e historietas que pudieran competir con las creaciones de nuestros Peñarroya, Escobar, Raf, etc., de no ser por su orientación exclusivamente infantil y su menor impacto social. Pero algunos personajes aparecidos en este tipo de longevas revistas semanales como The Beano, Smash!, The Dandy o Nutty (y montones de precedentes y sucesoras) merecen algo de estudio y reconocimiento. El vacío y el desconocimiento sobre estos millones de páginas de papel barato enviñetado, al menos aquí en el norte de África, es escalofriante.

Precisamente uno de los pocos personajes de estas revistas que trascendió ligeramente en los hogares británicos fue Bananaman, gracias a una serie de animación emitida en 1983 inspirada por el personaje creado por John Geering tres años antes, y que durante dos décadas protagonizó la portada de la revista Nutty e interiores de algunas otras de estas mencionadas revistas publicadas principalmente por D.C. Thomson & Co. Ltd., la "British Bruguera", para entendernos. Estos días he pasado unas cuantas horas inmerso en sus historietas, y repasando las tres temporadas de su gazmoña pero entretenida serie, y disfrutando bastante.

Tanto los inocentes tebeos de Bananaman como su traslación al saturday morning cartoon, están afectados de ese "humor negro", esa ironía y flema británica anárquica y gamberra que impregna casi toda la cultura audiovisual e incluso el día a día de la vida en las islas británicas. Si en España nuestro tebeo costumbrista de narizones (sigamos con el trazo grueso y la generalización) se destaca por la picardía, el cutrerío y el ruralismo de los personajes de Vázquez, Ibáñez y compañía, en Gran Breteña podemos detectar ese trasfondo nihilista, contestatario y travieso en casi todos los personajes de tebeo popular, aunque estén destinados al público más infantil. Sin ir más lejos, The Beano o Dennis the menace (el inglés, no el norteamericano) ya eran dos punkis de medio metro incorregibles a mediados de siglo. Basta ojear cualquier ejemplar de estas revistas, en cualquier década pasada, para encontrar niños rebeldes que ponen de los nervios a sus padres, animales apátridas, bebés insolentes y malhablados e incluso tiras protagonizadas por delincuentes comunes de risa. El propio alter ego de la parodia de superhéroe Bananaman es un niño malcriado, que cuando come plátanos se convierte en un superhéroe volador y todopoderoso (adulto, cachas y con voz ronca), pero que al final de cada episodio es regañado o castigado por su madre por no hacer caso.

Aparte del tono irónico, la ambientación cáustica y doméstica y el humor negro para ser una serie infantil (que la emparenta con las también británicas y geniales El Conde Duckula, Danger Mouse o algunas creaciones de la primera Aardman), Bananaman es una serie simplona y repetitiva. Y más para una serie con episodios de tan solo 5 minutos (uno de los cuales lo gastan en la cabecera y el cierre), y en todos los episodios se repite la escena de la metamorfosis del niño Eric en el Super Hombre Plátano (es decir, que vemos dos veces la misma escena en cada breve episodio). Y la estructura de cada episodio es también repetitiva y sencilla. Pero, obviando también las limitaciones técnicas, de adulto se aguanta el visionado, aunque sea por lo curioso del catálogo de personajes (algunos ya los quisiera haber inventado Peter Milligan para su X-Force hipster) y casi la total ausencia de moralina, sino pura y sana diversión y parodia; algo parecido al visionado adulto de la Pantera Rosa. Y por lo breve, que también se agradece... Lo peor de todo es el constante acompañamiento musical, sintético y machacón.

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