miércoles, 23 de julio de 2014

"La tentación vive arriba" (Billy Wilder, 1955) / "La ventana indiscreta" (Alfred Hitchcock, 1954) / "La ventana secreta" (David Koepp, 2004)

Insisto en que estoy inmerso en un bombing de posts para ponerme al día con cosas que he visto durante mis vacaciones de verano, que hoy terminan. Pues sucede que para mí el comienzo de las vacaciones de verano implica un ritual de sofá que consiste en sentarme a ver, del tirón o a lo largo de los primeros días, estas tres películas. Tres historias maravillosas, bonitas, intrigantes y veraniegas como un frigopié. Que no tienen nada que ver entre sí salvo que mi corazón las unió, que me recuerdan a la plácida soledad estival y la aventura doméstica de la mente, y que son maravillosas. Tres de mis películas preferidas en un menú que recomiendo a todo el mundo.

"La tentación vive arriba" es esa película icónica de Billy "Dios" Wilder que tanto gusta a los cinéfilos conservadores, aquélla de la escena en la que un extractor de aire de la acera le levanta la falda a Marilyn Monroe al salir del cine de ver "La mujer y el monstruo" ("The creature from the Black Lagoon", una cinta casi tan importante como la que la homenajea). Es una sencilla historia teatral, imperecedera y divertidísima, de cuando el cine contaba historias sencillitas, geniales y repletas de buen gusto. Cuando el cine era otra cosa. Es imposible que esta historia no cautive a todo el mundo. Al margen de la idea de Marilyn Monroe, la mujer perfecta, que se convierte en la vecinita de arriba durante la estancia del varón protagonista de rodríguez en la ciudad, y de la trama central romántica, "La comezón del séptimo año" (¡así la titularon en América Latina!) es un homenaje al hombre que sufre la soledad en silencio, alimentándose de sueños y fantasías. Un homenaje divertidísimo, con el que me identifico muchísimo cada uno de mis días (con la salvedad de que mi vecinita vive debajo). El protagonista, escritor de literatura barata de kiosko (¿no es maravilloso?) carga durante media película con el remo de su hijo que se ha ido a la sierra, aguanta la paliza de su jefe, las llamadas de su mujer, las ganas día tras día de frotarse con su secretaria, de sucumbir al tabaco y al gintonic de más, y habla solo en su domicilio de ensueño, un piso de soltero perfecto con una decoración absolutamente maravillosa y una terraza en la que me pasaría la vida. Sin más lecturas ni gaitas, me fascina ese piso, ese tocadiscos, ese piano, esa escalera de vecinos y sobre todo esa otra escalera tapiada que comunica al soltero con la mujer perfecta.

En la misma línea, "La ventana indiscreta" (el único póster gigante que tengo en mi casa, en el salón, es de esta carátula), de la misma época dorada de esas perfectas screwball comedies de Billy Wilder o Howard Hawks, Alfred Hitchcock estrenó esta maravilla de historia, de nuevo en torno al vecino solitario en la gran ciudad, que en este caso se tiñe de suspense cuando James Stewart (inolvidable con la pierna escayolada y los prismáticos aferrado a la ventana), aficionado a espiar al vecindario por la ventana (como todo quisque por estas fechas) comienza a sospechar del vecino de enfrente. En este caso, el apartamento de Stewart no me gusta tanto como el de Tom Ewell, aunque es más grande. Y la esposa (Grace Kelly) está ahí presente dando bastante la brasa, y la vecinita alocada y cañón no parece conocer la existencia del protagonista. Así que, en tal circunstancia de encierro, a quién no le mola romper la monotonía de la soledad estival con una aventura sexual, pistas sobre un tesoro escondido, una buardilla misteriosa, alguien que se caga en las zonas comunes del edificio con nocturnidad y alevosía (esto es lo más interesante que me ha pasado a mí...) o indicios de asesinato al otro lado del binocular. Hitchcock fabula en esta obra maestra la fantasía de ese stalker solitario que todos llevamos dentro, y esta es otra película que me vuelve loco. Tanto como el episodio de los Simpson que la homenajea ("Bart de oscuridad", de la sexta temporada) o la olvidada "No matarás... al vecino" ("The burbs", Joe Dante, 1989, Tom Hanks, Carrie Fisher, Corey Feldman, un vecindario suburbial alborotado, nazis, enterramientos, creamatorios, espionaje a pequeña escala...). Misterios de andar por casa. Qué haríamos sin ellos.

Y si asocio "La ventana secreta" con estas dos incuestionables obras cumbre de la cinematografía, siendo una peliculita que pasó sin pena ni gloria, no es por la similitud con el título de la de Hitchcock. O a lo mejor sí. Pero no puedo evitar que forme parte de mi trilogía particular de cine para ver en soledad al comienzo de las vacaciones. Nadie se acuerda de "La ventana secreta" al pensar en las adaptaciones de Stephen King, ni en la filmografía de Johnny Depp, ni en general nunca. Y sin embargo, a mí me vuelve loco. En este caso escapamos de las aventuras sin salir de casa, y nos desplazamos hasta la idílica cabaña de madera junto al lago, segunda vivienda del protagonista, un escritor de éxito recién divorciado. La soledad y el silencio estival del hogar me estimula (si hay algún misterio a la vista que le saque a uno del tedio). Y solo la cambiaría por una temporada en una casita junto al lago. La de Johnny Depp es perfecta. Enorme, amplia y con una mujer de la limpieza que molesta lo justo. Un verano en albornoz, leyendo a la sombra de una encina con los pies en la orilla del lago, algún mapache que se acerque a veces, bajando al pueblo a comprar comida basura con los adelantos por escribir mi 11ª novela en mi vieja Olympus (ni que sea una Olivetti), tres siestas al día en el sofá estratégicamente situado en medio del tiro de corriente entre una ventana secreta y la otra... Y de repente alguien llama a la puerta. Es John Turturro, y tiene muy mala hostia. El misterio comienza, y la idílica estancia empieza a convertirse en un negrísimo infierno. Todo es perfecto en esta historia, y en su traslación audiovisual (el plano secuencia inicial es una obra de arte y una virguería de fx), y "La ventana secreta" es otro de mis destinos mentales de vacaciones en estas fechas. A pesar del giro tramposo en la trama, del múltiple final, del dolor por el rechazo de la amada y de cómo termina la cosa. Una excepción al tranquilo y delicioso misterio hogareño canicular, es esta epopeyita del Maesto Stephen King en el bosque profundo de Nueva Inglaterra.

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