sábado, 4 de mayo de 2013

"El crimen pinta pósters" (Curtis Garland, 1978)

Mirad qué portadón. Qué belleza... Uno de esos bolsilibros que leo de cuando en cuando. Este, sin embargo, no lo terminé de leer ni creo que vuelva a toparme con él para terminarlo, porque ya no lo poseo. La cosa, transcurrido el primer tercio de lectura, iba sobre un negraco inquieto que para defender a su amada se entrega a la policía como responsable de un asesinato que no ha cometido, y que aparentemente ella sí, aunque no se acuerda. Ha aparecido muerto un madero de antivicio. El negro pertenece a un remedo de los Panteras Negras, y ella también. Se manifiestan, porque es lo que toca en los años setenta en USA. Los protagonistas escuchan mucho folk y tienen muchos pósters en su habitación; Garland trufa la narración de artistas y canciones, esas referencias (en este caso no tan) cultas que le gusta meter. El negro se había entregado, y un poli parecía haber averiguado su inocencia... Y ahí me quedé. El librito lo llevaba en el bolsillo, y lo dejé abandonado a su suerte en una mesa que había en una casa de Barcelona, donde me acogieron estos dias, y donde las visitas (habituales; es una casa por la que pasa mucho cochúrfer) dejan algún objeto de recuerdo. Yo dejé esto, pese a que la portada y el concepto me flipan, y pese a que no lo había terminado. Pero bueno, más se perdió en Cuba. Y a cambio de dejar ahí este bolsilibro (y también una colorida toalla que le gustaba a otra de las habitantes del piso) dormí varias noches gratis en Barcelona, una ciudad maravillosa, una semana fantástica que llevo que es de no creérselo, de volverse loco lo feliz que estoy...

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