miércoles, 29 de mayo de 2013

"Buscando a Reynols" (Néstor Frenkel, 2005)

Esta mañana volví a ver este documental. Recupero el post que hice hace casi 5 años en otro blog.
En 1995 apareció en el mercado argentino, en todas las tiendas del ramo, el primer disco de un grupo llamado Burt Reynols Ensamble (sic), bajo el epígrafe de "Gordura vegetal hidrogenada". El disco consistía de un libreto de 11 páginas llenas de garabatos, collages y mensajes como «Una vez descongelado el producto no volver a congelar», «Este C.D. se desmaterializó hace 15 segundos» o «Las Malvinas son de mi tía». En la contracarátula trasera, el CD anunciaba las canciones incluídas. Numeradas aleatoriamente (había dos tracks 14, un 888, -5, 83, 1...) y con títulos como Biblias de 55 km., Envenenador de pochoclos, Pelotitas de infinito, Dos peces chocando de frente, Título: todos los títulos del universo... También había una canción cuyo título era un símbolo: la raíz cuadrada de una avispa. Se incluían también las letras de las canciones. La apretada y surrealista lista de agradecimientos incluída parecen verdaderamente los delirios de un oligofrénico.

Lo más simpático de semejante artefacto digital, era que dentro de la caja... no había nada que pudiera sonar en un equipo musical. Era un no-disco, una ¿broma? conceptual o un "disco desmaterializado", como ellos lo llamaron, que casi nadie comprendió y a casi nadie hizo gracia. Los BRE fueron acusados de estafadores, y su respuesta ante la incomprensión de sus congéneres fue, tal como explica la Wikipedia, conceder "un concierto para rocas, plantas, insectos y hielo seco en un parque público de Buenos Aires. Este concierto no llegó a su fin, ya que fueron desalojados por la policía bajo el argumento de que daban una mala imagen a los turistas.".

Los comienzos de Reynols, como se les conocerá desde entonces, no fueron lo que se dice muy exitosos, al menos en el aspecto musical. En realidad ya habían editado dos discos, el homónimo "Burt Reynols Ensamble" (1993) y "Portátil" (1994), más descatalogados e inencontrables que la cassette que le grabé yo con mi Fisher Prize a la Karol en su 16º cumpleaños. Pero a partir de entonces, y hasta su disolución en febrero de 2004 (mediante una carta abierta en la que amenazaban con seguir publicando las más de 200 horas de grabaciones inéditas que guardaban), Reynols publicaron más de 60 discos de muy diferente pelaje.

Entre otras cosas, en 2000 un sello alemán les editó "10.000 chickens simphony", un disco que, haciendo honor a su nombre, consistía en los sonidos emitidos por diez mil pollos, captados mediante micrófonos enterrados bajo el suelo de la granja donde vivían. En la cara A, distorsionados en modo dub, y en la cara B amplificados de forma caótica. Como ellos mismos brillante y honestamente explicaron, "Pusimos muchos micrófonos bajo la tierra y dentro de los canales de alimentación. Este es el único disco en el mundo donde todos los participantes fueron asesinados y comidos luego.".

Otra de sus obras cumbre es "Blank tapes" (2000), que no es otra cosa que el sonido estático que emite una cinta virgen de 90' cuando la pones en el radiocaset y le das al play.

Pero experimentos surrealistas y avant-garde al margen, Reynols era una verdadera banda de músicos. Compuestos por Alan Courtis (guitarra), Roberto Conlazo (guitarra), Patricio Conlazo (percusión; los tres tocan también otros instrumentos, como violines, vientos o piano) y el gran Miguel Tomasín (voz y batería), el líder del combo, un treintañero con síndrome de Down que aporrea los tambores, improvisa inconexos scats y canta más o menos como cuando a un gato le pisas el rabo; totalmente desafinado, chirriante, acompasado, pero con pasión, con énfasis, con honestidad, con duende.

Como dicen en este magnífico texto de Esperando a Godot, la banda Reynols se debe considerar que se formó en realidad en 1970, cuando a un pequeño Tomasín de 3 años de edad su abuela le regaló un tamborcito de juguete, antes de que sus futuros compañeros de banda ni siquiera hubiesen nacido.

En sus cortes musicales más ortodoxos hacían una especie de rock progresivo cacofónico y psicodélico, que remite por completo a los felices años 60, de hippies y LSD. A ratos suenan a Pink Floyd, os lo juro, que los estoy escuchando ahora mismo, otras veces recuerdan a Sonic Youth o a Yo La Tengo (sobre todo cuando Tomasín chapurrea en inglés o en alemán), a veces suena free-jazz, y en algunos momentos es música ambiental que parece provenir de una placenta, o del fondo del mar, cosas rarísimas, me viene a la mente también el caos sonoro del post-rock de los 90 o el minimalismo cacofónico de John Cage o yo qué sé. Encuentro en el agresivo y surrealista universo de los Pixies el talento de Tomasín. Su música es un caleidoscopio indescriptible, y perdón por usar este tipo de palabras de crítico musical basuril, pero no doy más de sí.

Hay que tener en cuenta que Reynols no es un combo de risa a costa de un chico con Down, que no es una broma fugaz retarded como puedan ser Jimmy Mitchell, Wesley Willis o Fran Perea; hay que equiparar la figura de Miguel Tomasín con la de Daniel Johnston. Reynols ES Miguel Tomasín, él es el alma, el compositor, el ideólogo, el letrista y el artista que garabatea y concibe la imagen que de ellos mismos ofrecen en sus discos.

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