martes, 16 de octubre de 2012

Cementerio de animales (Stephen King, 1983)

Avanzo poco a poco en la lectura/relectura del rejón de novelas de Stephen que tengo por casa, que me ha dado por ahí. "Cementerio de animales" no la recordaba tan sofocante y tan extrema, y lo mejor de todo es que no me acordaba apenas de qué iba la cosa; salvo de lo obvio, que uno se imagina durante los primeros capítulos, y no falla. La descripción de, una vez más, la América Profunda, con su bosque sobrenatural, la horrorondorosa carretera, los lugareños que jamás se han alejado a un par de kilómetros a la redonda bebiendo Duff en el porche todo el día con la escopeta cerca, me han satisfecho sobremanera. Igual que los sucesos acaecidos cada vez que Louis Creed visita el viejo cementerio de los indios micmac, o incluso cada vez que se le menta; que por alguna razón lo visualizaba yo mentalmente como el mismísimo corazón natural palpitante y fantástico en el que tiene lugar la escena final de "La princesa Mononoke". Tampoco recordaba que en la novela se menciona hasta tres veces a los Ramones, así que el préstamo no fue solo a la inversa. El grueso central de la novela (el final de la 1ª y el comienzo de la 2ª parte), olvidado ya el asunto del gatito a lo Frankenweenie y entrando en materia (cuando se precipitan los hechos y estamos temiendo la segunda e inminente visita de Louis al pet sematary), es absolutamente conmovedor, terrible, claustrofóbico y tristísimo. Ese King humanista, introspectivo, espiritual, genial al que me da pena que sepulte su fama de autor de terror y sea ninguneado por los mascachapas de siempre. Una pequeña delicia, que te deja como con un ancestral cementerio indio dentro del pecho.

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