lunes, 20 de agosto de 2012

vhs (1)

Esta mañana he ido al piso de Ríos Rosas de mis amigos a regarles la Planta de la Alegría por última vez. Me ha llamado uno, desde algún punto indeterminado de Cáceres en el que estaban repostando camino de Madrid, y me ha confirmado que llegan esta noche. Que gracias. Y que mañana nos vemos para devolverles las llaves y me invitan a algo. La planta esá bien erecta. Le he cantado y recitado cada día. No entiendo por qué a estas alturas no le han brotado aún los porros, ni siquiera la puntita, pero debe ser que le quedan aún algunas semanas de crecimiento. Mi último paseo rutinario lo he hecho especialmente relajado hoy, después de un fin de semana agotador que casi termina conmigo. Siguiendo mi instinto, me desvié por calles diferentes para no repetir el mismo horizonte visual de cada día. En realidad siempre lo hago, casi todos los días he trazado rutas diferentes, ampliando así mi conocimiento de las calles y establecimientos al norte de mi casa, que lo tengo menos trillado que el sur. He descubierto el parque de Canal, que yo pensaba que lo conocía y tan solo había visto algo así como el cinco por ciento. Pasada la primera placita de la entrada principal, no solamente está el gigantesco campo de entrenamiento de golf privado que se le puso a Santa Esperanza Aguirre en sus santos cojones toledanos construir sobre el tercero de los embalses subterráneos del Canal de Isabel II, sino que siguiendo el caminito de poliuretano para deportistas (que en mi sano juicio nunca se me hubiera ocurrido seguir) se adentra el paseante en una inmensa zona ajardinada con una cafetería con terraza, un precioso edén botánico con muestras de especies del mundo, mesas a la sombra de esas que tanto me cuesta encontrar en mis paseos e incluso un pequeño lago con aspersores y saltos de agua flanqueado por docenas de jóvenes en bikini. A menos de diez minutos de mi casa.

Decía que era mi instinto lo que me guiaba esta mañana, y no mi juicio. Mi instinto me hizo encaminarme al interior de una tienda de decomisos por Islas Filipinas, con una puerta minúscula al exterior pero que albergaba una de las superficies pequeño-comerciales más grandes que yo haya visto en mi vida. La tienda ocupa la planta baja de toda una manzana, sin ninguna columna estructural, desafiando todas las leyes arquitectónicas. Todos los productos del universo, sin excepción, incluídos flambochos con o sin ñueca, se exponen allí dentro a la venta. Mi instinto me llevó a la zona de juguetería, y me obligó a adquirir un tiranosaurio de plástico duro con franjas blanquiamarillas en el lomo, como las de un tigre, y un reloj de pulsera imitación de los Casio de los ochenta de toda la vida, de color azul cielo. No sé por qué lo hice. Fue un impulso. El mismo impulso irrefrenable me obligó a dirigir mis pasos erráticos hacia una papelera que había en una esquina, al fondo de la tienda, y echar un vistazo antes de dirigirme hacia la caja. En esa papelera, junto a una puerta que daba a lo que debe ser un almacén de material o alguna estancia o vivienda privada, había algunos recortes, periódicos viejos, algún resto orgánicos indiscernible y, encima de todo ello, una cinta de video VHS. Sin caja, sin envoltorio ni señales externas de ninguna clase. Sin pensármelo dos veces, sin mirar a mi alrededor, como si tirase algo, recogí la cinta y la guardé en un bolsillo trasero de mi pantalón. A la hora de pasar por caja no parecí levantar ninguna sospecha ante mi hurto sin importancia. Disimulé mi nerviosismo, porque no he robado nada en la vida, y tenía preparada una inocente respuesta en caso de que me hubieran observado a través del circuito cerrado de video. Quería llevarme esa cinta, ¿qué más les daría a ellos, si estaba en la basura? Abandoné el lugar caminando practicamente de espaldas a la puerta, porque un casete metido en el bolsillo trasero te llega casi hasta el omoplato...

Al volver a casa, he desempolvado el viejo reproductor de VHS, que lo tenía olvidado en el altillo del hall de entrada. Bueno, llamar a eso "hall" es un eufemismo. Al entrar en mi casa hay un espacio pequeño, no mayor que el cubículo de un ascensor de mancomunidad del casco viejo, que separa el acceso al wc y a la cocina del resto del apartamento. Hace algunos años que coloqué unos listones a un metro del techo, y sobre ellos un tablón, creando así un falso techo, un pequeño espacio que cubrí con una cortina corredera a juego con las paredes, que hace las veces de trastero. Allí tengo el transportín del gato, mi caña y mi red de pescar, un Monopoly de los Simpson, un casco de moto, un disfraz de astronauta, un globo terráqueo roto, mantas, una pequeña tienda de campaña modelo igloo plegable. El video analógico. Todavía no repuesto del sofoco del paseo bajo este sol abrasador, que está pegando estos días como si una bomba atómica hubiese estallado en el centro de la ciudad liberando en forma de hongo su carga nuclear, me dispuse a ver la cinta, muy nervioso por la emoción. En realidad sabía que la cinta no contendría nada interesante: horas de absurdas grabaciones del circuito cerrado de la tienda, un blockbuster del Lejano Oriente, un Real Madrid-Bayer Leverkusen, la final de Gran Hermano 27, o cualquier otra tontería. Pero la incertidumbre, la infinidad de posibilidades que se abrían, alimentaba el hormigueo en mi estómago. Me hice unas palomitas, me preparé un vaso de café con hielo del tamaño del Madison Square Garden, y me senté en mi sillón favorito (el sillón, vamos) a resolver de una vez el enigma.

Por supuesto, algo en el enrevesado sistema de cableado (cable de red del video, cable de red de la tele, euroconector video-tele) fallaba, y aunque escuchaba con nitidez unas voces insondables provinentes sin duda de la cinta, la imagen no se mostraba. Del cabreo, golpeé con el mando de la televisión en los brazos del sillón, y cayó hecho trizas al suelo. Me arrodillé de nuevo a manipular el complejo sistema de conexiones, con el ímpetu, la determinación y la actitud del mecánico que se arrastra debajo de un SUV a comprobar el diferencial autoblocante. Uno de los pins del euroconector estaba mutilado. Pero al apretarlo con todas mis fuerzas y darle unos golpes con el canto de la mano con todas mis fuerzas con el ímpetu, la determinación y la actitud de un ninja de fuego, por fin el televisor parecía recibir la señal del video. La imagen estaba detenida en un fotograma ininteligible. Ahora me tocó buscar el mando a distancia del video, pelearme con la pestaña que hace encajar la tapa de las pilas, encontrar una pila del mismo tipo que las que habían desaparecido a otra dimensión a través de un pórtico espacio-temporal bajo el sillón, pelearme con el celo, darle a la cajeta de las pilas unos cuantos golpes de ninjitsu más contra el brazo de madera imitación ébano del sillón...

En fin, no me extenderé más. Solucioné todos estos asuntos. El reproductor de video renqueaba y se quejaba de los achaques propios de la edad, pero funcionó correctamente. No hubo más sobresaltos. Solo era el Destino trabajándose un poco la escena, jugando con mis nervios. Pero al final he podido ver la cinta misteriosa. Y resolveré, pues, sin más dilación, a continuación, el asunto: ¿qué habría en la cinta? ¿"Los albóndigas en remojo"? ¿Un Informe semanal de 1997? ¿Sería una cinta virgen? Nada de esto. Había algo. Ahí hay ALGO. Esta cinta de video es lo más importante que me he encontrado en mi vida desde aquella mañana que localicé la salida del útero.

La primera imagen de la película es el rostro de una niña. Es una niña bonita, sonrosada. De unos diez años. Se la nota muy feliz pero muestra cierto desdén hacia quien la está grabando. Todo indica que está a punto de participar en el momento más importante de su vida: lleva puesto un traje de Primera Comunión. Lleva un ramo de flores en la mano derecha. Lleva unos zapatos negros muy brillantes. Hay mucho ruido a su alrededor. El granulado y el tostado de las imágenes revela que, así a ojo, estamos a mediados de los años ochenta. Detrás de la niña hay otras niñas uniformadas para comerse a Dios por vez primera, hay muchos árboles, bancos de piedra y una jardinera con flores blancas y rojas. Un niño vestido con un jersey de lana roja se cruza delante de la cámara, y saluda varias veces, haciendo cucamonas y aspavientos. Quien sujeta la cámara es un hombre. Habla lentamente y en voz muy alta, pero de una forma difícil de entender. Da la sensación de que es debido a que tiene los labios muy arrugados o encorvados. Calculo que está guiñando un ojo con mucha fuerza para concentrar la atención del otro a través del objetivo, o bien que está fumando un puro. "Quita, coño", grita, creo, cuando el niño pequeño, que lleva unas gafotas muy grandes, va a pasar por tercera vez para fastidiar a su hermana. Se oyen algunas voces nítidas de fondo, entre el griterío. Nombres de niñas gritados a porfía, piropos. Se escucha el piar insistente de un gorrión, tan alto durante un momento que se diría que se ha apoyado sobre el objetivo de la cámara. De pronto, al cabo de dos minutos y medio, la señal se pierde.

Durante un instante, que se me hizo eterno, aparece la señal del efecto de radiación electromagnética. Por algún motivo, estoy muy intrigado en este video. No es mucho más de un segundo lo que dura la pausa estática, pero es suficiente para que mi mano se haya lanzado sola hacia el mando a distancia que descansa a mi lado, con la destreza de un cowboy en duelo, y el dedo corazón haya pulsado el botón de avance rápido, desesperado ante la sola idea de que no haya más contenido en la cinta. Pero vaya si lo hay...

Tengo que volver hacia atrás para no perderme un instante de la película, aunque he conseguido atisbar la imagen que viene a continuación: una habitación vacía. Mi corazón, por algún motivo, se acelera. Pero el video ha retrocedido. Vuelta al plano de la niña. El primer plano con el que termina la escena que ya he visto, seguido de las centésimas de segundo de estática, y tengo de nuevo ante mí la habitación vacía. Es un salón. La imagen está tomada desde un rincón. Se observa en primer plano una mesa de centro de cristal, ante un sofá verde de tela sin cobertura ni estampado. Hay un periódico abierto sobre la mesa. Al fondo hay un gran comedor. Apenas hay decoración en las paredes o sobre el escaso mobiliario, pero es suficiente como para darme una idea de una casa grande y lujosa, muy luminosa. La imagen está en picado, desde una esquina, a media altura. Cierto efecto de abombamiento a los lados de la pantalla indican que se trata de una cámara oculta, o eso parece. La imagen no se mueve durante bastante tiempo. Transcurren los segundos. Una cortina se mueve a la izquierda de la imagen, desde donde entra el principal foco de luz. No se escucha nada. El silencio es total en la pantalla, y también en mi casa, donde estoy sentado mirando la cinta misteriosa. Intuitivamente, carraspeo para asegurarme de que no me he quedado sordo, pero no soy capaz de parpadear. La imagen es muy buena en mi televisor de plasma gigante, a pesar del tiempo que pueda haber transcurrido desde que esto fue grabado. Observo con nitidez la imagen fija del salón, y puedo advertir todos los detalles de la minimalista estancia. Pero no sucede nada, y empiezo a perder la paciencia.

Mi mano ya se iba sola hacia el mando a distancia a mi derecha, cuando, de repente, la imagen comienza a avanzar sola, a acelerarse. Unos dígitos blancos aparecen en el rincón derecho inferior, que indican que el tiempo está transcurriendo a toda velocidad, allá en el pasado. Sobre el minutaje, aparece también una fecha, o lo que parece una fecha: 83/07/12. Al principio, me desconcierta el avance rápido automático, y me sobresalto ligeramente, pero pronto comprendo que la persona que grabó esta cinta estaba adelantando la grabación original de la videocámara VHS-C. La imagen avanza mucho, cada vez más deprisa. Ahora se escucha un cierto ronroneo. A toda velocidad, desfilan de repente algunos bultos indescifrables por la pantalla, que está cubierta de varias cortinillas superpuestas, efecto de la velocidad de rotación de los cabezales. Acerco la nariz todo lo que puedo a la televisión, pero no se distingue nada. Juraría que es un hombre el que ha pasado por delante del sofá y de la mesa de centro, y se ha alejado de nuevo hacia el comedor del fondo, antes de desaparecer al fondo a la derecha.

Al cabo de un rato, la imagen se ralentiza de nuevo, y el minutaje se va acercando lentamente a las dos horas. Ahora la imagen se ha detenido de nuevo. El plano fijo es el mismo, pero las sombras han cambiado ligeramente. Hay más luz en la habitación que antes. Han transcurrido tan solo 12 minutos del tiempo real, en el presente, en mi vida real mirando esta cinta casera. Y por fin parece que llego a algo: por el lado derecho de la imagen, en primer plano, aparece una mujer. Ahora, a velocidad normal.

Es una mujer joven, morena, con el pelo suelto. Lleva un vestido completamente blanco, con una falda muy corta. Se mueve de espaldas a la cámara, toqueteando algo encima de la mesa de cristal de centro. Ahora me doy cuenta de que hay algún objeto más en la mesa, además del periódico. Creo que es un cenicero. La chica está recogiendo cosas, lentamente, y menea mucho las caderas. Tiene muy buena figura. Debajo de la falda se aprecian unas medias de encaje, también de color blanco, con ligueros. La chica se agacha ligeramente hacia la mesa de centro, y por un momento se le ven los muslos, muy arriba, debajo de la falda. la chica entonces se gira, y después de salir del plano durante un instante, se acerca distraídamente hacia el rincón donde está la cámara. Sin duda, está concentrada en lo que hace: limpiar la habitación. Ahora la veo con claridad. Es una mujer de piel muy blanca y el cabello muy negro, liso, que se vierte en cascada por delante y por detrás de los hombros, y con un simpático y desordenado flequillo que le cubre casi hasta el centro de las pupilas. Es una mujer muy hermosa. No parece que tenga más de veinticinco años. Por delante, el vestido es claramente de faena. Lo lleva abotonado apenas un poco por encima del vientre, y el amplio escote me permite contemplar que no lleva sostén; sobre todo, debido al punto de vista de la cámara, tan alta. La muchacha está ahora muy cerca de la cámara. Es muy bonita, tiene rasgos ligeramente felinos, no sé si por los pómulos tan marcados, por la nariz pequeña o porque tiene los ojos muy cerca el uno del otro. Definitivamente, es algo en sus ojos, en su mirada distraída, desinteresada. Y las cejas, las cejas están perfiladas, son muy finas y angulosas. Los labios son gruesos y colorados, de un rojo natural brillante. Ahora está tan cerca del objetivo, que puedo ver la diastema en sus incisivos centrales superiores. "Dientes de mentirosa", se le dice. Es una dentadura preciosa. Le da un aire infantil. No me recuerda a nadie, no sé con quién compararla, se da un aire a una jovencísima Katharine Hepburn, pero el peinado tan moderno, moderno incluso para 1983, y las paletas tan separadas, sin duda alejan esa imagen cinematográfica prefabricada. Hay algo familiar en esa chica. Mentalmente calculo que ahora, en 2012, ya habrá pasado de los cincuenta, y siento cierta desazón. Una desazón ridícula, absurda. No tiene sentido: hace solo cinco minutos que conozco a esta persona, a una vieja imagen silenciosa de esta persona que no sabía ni que existía, y de alguna manera extraña la estoy echando muchísimo de menos. No necesito mirar el mando a distancia para localizar el botón de avance a cámara lenta. Quiero observar detenidamente esa imagen, ese primer plano de la chica que acaba de entrar en mi vida, en forma de ondas herzianas a través de un ignoto casete encontrado entre la basura. Es un plano demasiado perfecto, un encuadre que no parece casual, el que observo ahora, la cintura, el torso, la prominente delantera, el fino cuello y el delicado y exótico rostro de esa chica, moviéndose acompasadamente, a trompicones, a sesenta fotogramas por minuto, alrededor de la cámara oculta. Por un instante, ahora parece mirar fijamente a la cámara. Sus ojos y sus labios están apenas entreabiertos. Detengo la imagen en el instante exacto en el que mira de frente hacia mi sillón. El rostro está en el centro exacto de mi pantalla gigante. Acerco de nuevo la cabeza hacia la pantalla. Es un rostro radiante. La chica parece susurrarme algo, pese a que la imagen está detenida.

Durante un largo rato, estuve mirando ese plano, ese momento exacto a los 14 minutos de metraje. De algún modo, me siento culpable por estar mirando esto, disfrutándolo lentamente, y albergando dentro de mí esta confianza, este ensueño tan extraño. De alguna manera, siento que poseo a esta chica desconocida, me entusiasmo con la remota casualidad de haber encontrado esta cinta tirada en la calle. Esto es algo. Es algo. El metraje de mi televisor, el actual, indica que han transcurrido 14 minutos y 34 segundos. En ese instante exacto de la cinta, la chica misteriosa del pelo negro liso que limpia ese remoto salón, me ha mirado desde 1983, ha sonreído tímidamente a través del tiempo. Me he estremecido y el mundo se ha detenido a mi alrededor. El verano ha terminado para mí. Esto es algo. Es algo esto que me está pasando. Necesito conocer a esa chica. De pronto, he perdido por completo el interés en el resto de mi vida, en todo lo que hay a este lado de la pantalla.

La imagen de la chica del pelo liso ha estado congelada un buen rato en mi enorme televisor de 42 pulgadas, mientras me levantaba a prepararme algo fresco. He cerrado las ventanas y he encendido el ventilador, instalándolo a unos pocos palmos de mi cara. He recogido algunas cosas que había por la mesa, todavía había un envoltorio de una barrita energética que comí esta mañana. Durante toda esta actividad, no he podido practicamente apartar la vista de esos ojos de gata.

Me siento de nuevo en el sillón, y reanudo el visionado de la cinta, mi objeto favorito en el universo ahora. Si ahora mismo alguien me llamase por teléfono y me ofreciese canjeármelo por todos los blurays del mercado, por el bolso de Mary Poppins, por el Santo Grial o por el tesoro de Tutankamon, colgaría airadamente el auricular, indignado. Apago la luz, y me vuelvo a sentar en mi trono, con los pies en alto sobre un pequeño banquito de IKEA que normalmente está pegado al mueble de la televisión. Me repantingo durante un rato, busco la postura más cómoda posible sin quitar la vista de la pantalla. Quiero ver qué le pasa a esta chica, cómo limpia, por qué alguien lo ha grabado, quién lo grabó, para qué...

Un momento... La niña de la Primera Comunión. La primera escena del video, truncada a los pocos minutos. Me acabo de dar cuenta, ahora mientras escribo, de que no se trata de la misma persona. En absoluto. Aquella niña no es esta ninfa que ahora me miraba desde su mundo. No solo porque es imposible, porque no son la misma persona, físicamente no computa la cosa, sino porque no han transcurrido unos 15 años entre una escena y la otra. Mi conclusión inicial, parcial, a falta de más información, es que el autor, el responsable de ambas grabaciones es el mismo hombre, el que gritara "Quita coño" en algún momento de aquella comunión de comienzos de los ochenta. Ese señor misterioso que ha perdido esta cinta y que el Destino y mi instinto han traído a mis brazos... Apostaría a que ese tipo, ese hijo de puta, grabó a esta chica que limpia su casa con una cámara oculta sobre la cinta VHS en la que conservaba la comunión de su hija. Esta idea cobra sentido de golpe en mi cabeza. Menudo hijo de puta. Cierta desazón me asalta. Lucho para quitar de mi cabeza cualquier pensamiento relacionado con un voyeur videoaficcionado de la Transición, quiero toda mi atención puesta en estas imágenes, por el momento. Necesito seguir contemplando este video.

La escena de Chica Increíblemente Hermosa Y Voluptuosa Que Limpia cuidadosamente lo que haya alrededor de la cámara oculta dura unos tres minutos. Cuando mi chica está de espaldas de nuevo, descubro que la minifalda es de un blanco casi transparente. La braga es bien visible ahora a través de la falda, y también bajo la falda, ahora, mientras acomoda los cojines del sofá verde de tres plazas. Sufro un repentino ataque de decencia y remordimiento por estar aquí, a oscuras, observando minuciosamente bajo la minifalda de Demudada Y Portentosamente Escultural Dríade Del Pasado, siento el impulso de desviar la mirada, pero no puedo.

Transcurren un par de minutos más. Mi Ninfa Del Pelo Liso pasa cuidadosamente la aspiradora al fondo de la imagen, en el comedor, y al aplicar el efecto del zoom con el mando de mi televisión digital de penúltima generación, la imagen se cuadricula y se difumina y distorsiona. Es inútil, Mi Ninfa se aleja de mi vista por momentos.

El marcador del video anuncia los dieciocho minutos de metraje. La habitación se ha quedado vacía otra vez. Hago cálculos mentales, cábalas y permutaciones de toda clase, jugueteando con mi edad y con la que tendrá Pelo Liso a día de hoy. ¿Pero qué estoy haciendo? Pelo Liso solo es unos minutos de metraje. ¿Qué me está pasando? ¿Acaso tengo el cerebro tan putrefacto tras años y años de exposición audiovisual, que la mera visión momentánea de una chica bonita a través de un video apócrifo, la convierte en un icono? ¿O es que este video tiene algo más? ¿De qué va todo esto? La habitación sigue vacía. Algo dentro de mi caja torácica también se ha desvanecido. Mi cabeza, sin embargo, se está llenando de todo tipo de pensamientos extraños. De alguna manera, ya nada más me pertenece, nada que no esté en esa cinta. La niña... La niña de la Primera Comunión, ella no tendrá ahora muchos años más que yo. Con ella sí que puedo tomar contacto... pero... ¿para qué? ¿Qué me está pasando?

···

La lujosa habitación se fundió a negro hace un momento, luego hubo unos pocos segundos de estática, y ahora estoy contemplando otra habitación vacía, una diferente. Es un cuarto de baño. Hay una cámara oculta en un cuarto de baño. Enfocando desde lo que parece la pila. Lo primero que se ve es un grifo, bastante desenfocado. En segundo plano hay un retrete, una taza de váter; y más allá, una bañera. De loza, de obra. Hay más cosas en la estancia. Como antes, la imagen es de muy buena calidad, por tratarse, supongo, de una copia maestra que parece que no ha sufrido demasiado uso; y unido eso a la tecnología de mi televisión de quinientos euros, observo la escena con todo detalle, y tomo conciencia: ¿qué hago aquí mirando, a través de una cámara oculta en algún lugar de 1983, hacia uno de los rincones más íntimos que puede haber en una casa? Esto no me parece que esté muy bien. Pero tampoco pienso dejar de hacer esto. Es más, no pierdo detalle. No hay absolutamente nada que quiera aprender respecto al interiorismo de cuartos de baño de los años ochenta, pero cualquier alteración lumínica en la imagen me puede provocar un soplo al corazón ahora mismo, cualquier sombra proyectada desde el lado izquierdo de la imagen, donde parece que está situada la puerta de acceso al cuarto de baño... Estoy nerviosísimo, mirando hacia eso que parece el pomo de una puerta que sobresale a la izquierda de mi televisión panorámica.

Casi veinticinco minutos de metraje. Ni rastro de Belleza De Pelo Liso. ¿Cuánto dura esta cinta? ¿Cómo no me fijé? En un suspiro, me tiro de rodillas al suelo, extraigo el casete del reproductor, y vuelvo a introducirlo. Se pone en marcha automáticamente, en el mismo punto en el que lo había dejado: esperando a que entre La Mujer De Mi Vida a darse una ducha, ¡o a bailar desnuda frente a un espejo!... o probablemente a limpiar la turca. Es lo de menos. Yo esto no me lo pierdo. Ah, la cinta es de, ¡sólo!, 240 minutos.

Belleza De Pelo Liso no se hace esperar demasiado. Casi me pongo de pie de un salto cuando entra en el aseo. Se acerca hacia mí. Ahora me hundo en el sillón, ladeo la cara y aprieto las cejas, invadido momentáneamente por el temor a que pueda verme. Se está lavando las manos. Tiene las uñas blancas y muy cortas, antes no me había podido fijar en eso. No viste reloj, ni ningún tipo de pulsera, ni ornamento alguno en realidad. Está muy, muy cerca de mí, otra vez. Creo que es la chica más bonita que he visto en mi vida. Ahora se agacha hacia el grifo, con los ojos cerrados y la boca muy abierta. Impulsivamente, detengo la reproducción en un plano en el que se agacha tanto hacia la cámara, para beber directamente del grifo, que la blusa se abre por completo y puedo contemplar con toda claridad su pecho izquierdo. Siento un cosquilleo de felicidad, que extermina al de culpabilidad. Yo no he pedido esto, seamos sensatos, yo no buscaba esto, esto ha venido a mí.

···

Algo ha cambiado. Ha cambiado completamente. Mi Chica lleva una ropa diferente: una camiseta de tirantes con el logo de los Rolling Stones, y un pantalón azul marino, muy corto y holgado. Quizá sea una prenda de ropa íntima, no sé mucho de moda. Camina sobre unos gruesos calcetines rosas. Tiene una actitud más jovial, con respecto a las otras escenas en las que se dedicaba a limpiar. No sabría cómo explicarlo, no está menos seria: no está seria mientras limpia; pero ahora está resplandeciente, está claramente más relajada. O quizá sea porque no lleva la ropa de faena. Hoy también está preciosa. Suponiendo que esta grabación sea de un día diferente. No sé qué es esto, no entiendo nada. Mi instinto y mi lógica me dicen que esto son cortes aleatorios, de cámara oculta. Si volviera a salir la fecha de la grabación, podría quizá obtener algo más de información. Como mínimo, el día de la semana en la que nos encontramos. Pero ya no hay saltos hacia adelante, no han vuelto a salir sobreimpresionados los dígitos originales de la videocámara en ningún momento desde aquella vez al principio de la película. Los cortes se suceden con más agilidad. Alguien (el pervertido que grabó todo esto, supongo) se ha dedicado a seleccionar el material, y ya solo aparecen los minutos en los que Mi Chica es la protagonista absoluta. Unos brevísimos instantes de estática blanquinegra, y a continuación el plano fijo del salón o del cuarto de baño, justo antes de que entre Ella. Normalmente lo hace vestida de blanco, y limpia o coloca las cosas, y se agacha o se acerca mucho a la cámara de tal manera que en casi todos los cortes deja ver, sin intención, más carne de la debida. En una escena, durante un instante, en el minuto 43 de la película (voy por el minuto 74:13 en este momento), Ella se detuvo en mitad del cuarto baño y se quitó la blusa blanca de trabajo y la minifalda. Se desnudó por completo, salvo por las bragas blancas, y se estuvo lavando minuciosamente con el agua del grifo, antes de volver a vestirse.

Seguro que para el hijo de puta pervertido que grabó a Mi Amada, aquello debió de ser toda una proeza. El momento más feliz de toda su vida. El hijo de puta... Espiando a La Muchacha Más Bonita Del Universo de esa manera, con esa impunidad, utilizando cobarde tecnologia audiovisual en minuatura. Qué vergüenza. Yo tuve una pausa biológica, lo reconozco.¡Pero esto ha venido a mí! ¡¡Yo no soy responsable de nada de esto!!

De cualquier forma, Mi Vida, Mi Amor lleva ahora ropa de calle, y el peinado algo más claro. La camiseta de los Rolling Stones es muy ancha, un tirante le cuelga casi hasta el codo, y puedo contemplar perfectamente el nacimiento de sus senos. Pero la habitación es la misma. Es el salón de la casa de Pervertido Hijo De Puta. Está anocheciendo. La cámara está en el mismo lugar. Con un ágil movimiento, Ella salta hacia el sofá verde de tres plazas, coge un mando a distancia del tamaño de media barra de pan y lo apunta casi hacia mí, hacia un poco más abajo del lugar donde está la cámara. Daría la vida por saber qué está mirando. Por qué sonríe.

Cómo sonríe. Enciende un cigarro y bebe de una botella de Fanta naranja de cristal. Es un Ángel. Esto se ha tenido que grabar en el Cielo.

Aquí la imagen da un salto (una fracción de segundo de fritura electromagnética, suficiente para que me invada la inquietud, el desasosiego, el desamor), y cuando vuelve la imagen Ella está practicamente tumbada, con la cabeza apoyada en uno de los cojines, que abraza delicadamente. Es completamente de noche, pero la imagen sigue siendo muy clara, porque hay varios focos de luz en la estancia. Entre otros, el relampagueo de la televisión, que pinta a coloridos lametones discontinuos sus brazos y piernas desnudos.

Minuto 75:47. Mi Ángel da un respingo sobre el sofá que a punto está de acabar con mi vida. Aquí, en 2012, me he puesto también ropa cómoda, y también es noche cerrada. Mi Ángel se pone en pie de un salto, con la elegancia de un gato siamés. Desaparece más allá del comedor del fondo de la imagen durante casi un minuto, y vuelve a aparecer entonces. Arrastra a alguien de la mano con Ella, y ambos se dirigen de vuelta hacia el sofá. Es un chico joven, un gilipollas que parece seleccionado de entre los secundarios sin frase de "Jóvenes ocultos". El hijodeputa no para de sobarla. Ambos ríen y mueven mucho las manos. Juguetean, con las manos de él entrelazadas entre las de Ella. Ahora él frota los pechos de Ella, y se avalanza sobre Ella. Se besan. Ese punk está besando a La Mujer Perfecta Que Vino Del Pasado, y no lo hace con pasión, sino con lujuria. Está muy borracho. Tiene los ojos entrecerrados, y ni siquiera Le mira a Ella a los ojos, Le está comiendo las tetas, levantando la camiseta de Ella, ahora le está quitando también el pantaloncito, a tirones, con mucha fuerza. Con movimientos torpes, con los ojos cerrados, Hijoputa tira los cojines al suelo y tumba a la fuerza a Lo Más Bonito De La Década Prodigiosa. Ella ahora no sonríe. Estoy seguro de que forcejean, Ella no quiere a Hijodeputa, no es posible.

···

Llevo ya vistos 230 minutos de la cinta, esto está terminando, y creo haber comprendido. Al menos, me siento invadido por la necesidad de expresar una primera conjetura. Vamos a ver. 1983. Eso está claro, eso vi en los números sobreimpresionados al principio, y tiene toda la pinta. Yo viví en 1983, y las cosas eran, más o menos, tal y como las producciones del cine y la televisión españoles actuales retratan la vida en los años setenta. Porque en los años ochenta, las casas mantenían la decoración de los años previos, esto es así. En todas las series y películas españolas que pretenden recrear los años ochenta, todo el mundo lleva camisetas de Naranjito y lleva el pelo cardado, maquillaje negro y pendientes de crucifijos hasta en la ducha. Mis recuerdos de 1986 se parecen más a esta cinta: casas normales, muebles normales, como los que hubo, en casa de mis padres concretamente, entre 1972 y 1990, aproximadamente, antes de una gran reforma que acometieron. Pero toda la memorabilia ochentera, el colorín, el atrezzo que usa Almodóvar... Pues en mi casa no había nada de eso. Si acaso, en mi armario de los juguetes, o en la nevera, había cosas que no se habían visto en la década de los setenta, pero sólo ahí. En fin, no sé cómo explicarlo, pero esto está grabado, sin duda alguna, a mediados de los ochenta, no ha sido recreado después, y no tengo ningún motivo para dudar de que la fecha que vi al comienzo (doce de julio) sea la correcta.

Al margen del asunto de la procedencia, de la autenticidad de las grabaciones y de la ignorancia por parte de La Más Bella de que está siendo grabada, en cuanto al contenido, creo poder asegurar a estas alturas que el responsable de las grabaciones fue quien grababa a la niña de la Comunión, y que también era el dueño de la casa. Por cierto, que en otros dos momentos de la película, entre manchurrones de estática, se han vuelto a ver imágenes de la Comunión y del banquete post-Comunión. Definitivamente, el tipo era muy torpe, o borró intencionadamente el video de la Comunión de su hija, por alguna razón (puede haber múltiples razones). Pero de que es la misma persona, ahora estoy seguro. Enseguida sabréis por qué. A lo que iba ahora, es a que puedo conjeturar también que colocó ahí las cámaras porque sospechaba que Ella, La Chica Perfecta que iba a limpiar a su casa todas las mañanas, hacía algo indebido durante los fines de semana, en secreto: utilizaba la casa para follar. Follaba con chicos diferentes todas las veces. Chicos borrachos a los que Ella no importaba nada en absoluto. Chicos a los que primero atendía por teléfono, y que a continuación iban al piso, a fornicar con Mi Náyade con el mismo interés y entusiasmo que quien martillea las paredes para colgar estanterías. Los Cerdo Hijos De Puta, los llamo. Estoy llegando al final de la cinta, y ya he visto a La Más Bella follar con treinta y siete tíos diferentes. El primero que vi era más o menos atractivo, parecía un punk británico. Podría haber llegado a admitir que incluso, en una realidad paralela, hubiera llegado a hacer buena pareja con Ella. Pero después hubo más, y más. Tipos horribles, sudorosos, harapientos, tipos de una delgadez enfermiza o con un sobrepeso gargantuesco, esperpéntico. Ancianos, viejos verdes que mientras se follaban a Ella parecían horripilantes monstruitos alienígenas tratando de devorarla. Un cincuentón calvo y panzón que repitió hasta cinco veces, ni siquiera terminaba de quitarse el traje antes de follarse a Ella en la habitación de la niña.

Porque follan en el salón y en un dormitorio infantil decorado como el de una preadolescente (que ubico mentalmente, no sé exactamente por qué porque no hay pruebas fehacientes, en una planta distinta de la casa; estoy casi seguro de que se trata de una casa de dos plantas, y no de un piso. Digamos que es, de nuevo, "intuición de video-adicto").

Pero hay algo más, algo que no encaja en todo este asunto. Asumo que Mi Ninfa no es precisamente inocente en todo esto. Allá por 1983, había encontrado un trabajo (supongo que mal remunerado) en una lujosa casa ajena, y aprovechó que tenía las llaves para armar un negocio clandestino de sexo. Él sospechó por algún motivo, y decidió poner cámaras ocultas. Hasta ahí, comprendido. Pero una vez que descubrió la verdad, debería haber despedido a La Chica De Pelo Liso, no debió haber seguido grabando y grabando. Ella, estaba claro que no disfrutaba de la situación. En estas cuatro horas, a base de cortes de entre pocos segundos y diez minutos, la he visto llorar, la he visto sufrir, la he visto vomitar después de fornicar con un Cerdo Hijo De Puta. Pero él sigue grabando. Y en los últimos cortes, ella ya no limpia, ya solo hay escenas de sexo. Y las cámaras han cambiado de lugar. Ahora las sesiones de sexo siempre tienen lugar en la habitación infantil, y hay varias cámaras ocultas grabando la escena. Y Ella mira hacia la cámara, estoy seguro de que me mira a mí en varios momentos. Mira con los ojos cargados de emoción y de dolor, mira con los ojos vacíos, y otra vez cargados de lágrimas. Estoy seguro de que está pidiendo ayuda con estas imágenes en las que es forzada a hacer cosas horribles con Su Cuerpo.

(continuará)

No hay comentarios:

Publicar un comentario