martes, 17 de julio de 2012

22/11/63 (Stephen King, 2012)


Hace unos días reseñaba “Poupoupidou”, una película francesa poco conocida, cuya trama central gira en torno a una estrella de la tele regional, aficionada a Marilyn Monroe, que resulta que tiene muchas similitudes, en el siglo XXI, con la vida de la auténtica Ambición Rubia. Tiene sus mismas manías, la rodean las mismas supercherías numerológicas, e incluso es víctima de un misterioso crimen relacionado con un importantísimo político de visita al pueblo. Su relación con la versión local de JFK, había acabado con su vida. Porque la historia se repite, el pasado armoniza, el pasado es obstinado.
Alrededor de esta última idea gira la monumental última novela de Stephen King, que como ya sabe hasta esa ingente masa de gente que no lee, “abandona el terror y abraza la ciencia-ficción”, en una historia de viajes en el tiempo. Esta aseveración que repiten como cotorras todos los medios que he leído, me parece una tontería. Esta novela es tan de King como cualquier otra de las que le he leído. Relacionar a King con el terror es una reducción en parte necesaria y atractiva, pero tan correcta como hacer lo mismo con el programa de Iker Jiménez, por ejemplo. Stephen King es un maestro del entretenimiento literario para el público mayoritario, y en todas sus novelas, como mandan los cánones del mercado, encontramos suspense, fantasía, humor y romance. El viaje en el tiempo, por supuesto, está presente, y este efecto emparenta a la novela con Ray Bradbury, a quien homenajea en muchos pasajes de la historia. «Cualquier alteración en el pasado puede tener graves consecuencias en el presente». Ésta es probablemente la máxima más conocida de Bradbury, su mayor aportación a la cultura de género (junto con la distopía futurista de un mundo en el que los libros están prohibidos y son quemados en piras públicas; por cierto, que en paz descanse Ray, cuyo obituario, firmado por Jacinto Antón, lleva unas cuantas semanas adherido con un imán a mi nevera, a modo de homenaje a ambos). En este sentido, la novela de King pasa a formar parte de las mejores historias sobre viajes en el tiempo que yo conozca (otro lugar destacado, por supuesto, lo ocupa “1977-2000”, el inolvidable penúltimo episodio de Búscate la vida). Pero “22/11/63” es basicamente una reflexión sobre la responsabilidad que conlleva el poder, un impresionante, irrepetible y documentadísimo retrato de la Edad Dorada norteamericana, una epopeya humanista y una grandísima novela que tristemente pasará desapercibida para el público más conservador, por estar firmada por el Rey Del Best-seller.
El curioso pórtico temporal por el que cruza el protagonista para ir a parar al 5 de septiembre de 1958 es conocido por sus usuarios como la “madriguera de conejo”, y no son pocas las referencias a la obra seminal de Lewis Carroll, casi tantas como las que encontramos a Bradbury. Jake Epping, en su identidad ficticia de George Amberson, vivirá un verdadero via crucis en su periplo por los años previos al asesinato de Kennedy, y encontrando personajes que le servirán para cumplir su cometido, la razón de ser de la historia (evitar el asesinato de JFK, el 22 del 11 del 63, y por consiguiente la serie de sucesos que cambiaron drásticamente la Historia norteamericana: el asesinato de Luther King, la Guerra de Vietnam, el terrorismo islámico, etc.), pero también cruzándose con extraños npj's que tratarán a toda costa dicho suceso.
Porque las grandes aportaciones de King al asunto transtemporal en esta magna obra, hasta donde yo sé, son: a) el misterioso ser que da la bienvenida al otro lado de la madriguera de conejo, en el Pasado (“Mr. Tarjeta Amarilla”), que parece ser el único habitante de finales de los cincuenta que no es ajeno al viajero interdimensional (no se desvelará la importancia de este personaje/s, ni de qué es el “Jimla”, hasta el mismísimo final, y no voy a ser tan aguafiestas); y b) el concepto del “pasado obstinado”, y el esfuerzo que hace la línea temporal válida, la nuestra, por evitar ser cambiada.
En el famoso cuento de Bradbury, se nos narraba cómo uno de los soldados que viajaban a la prehistoria mataba, sin querer, a un insecto, y esto afectaba a la acción eugenésica posterior, del tal manera que el presente era transformado en un auténtico Apocalipsis. El pasado es muy frágil, y «cualquier mínima alteración...». Pero a menuda que avanzamos en la historia de King, asistimos a una terrorífica sucesión de acontecimientos, naturales y artificiales, que tratan por todos los medios de interferir en la acción del viajero temporal. La descripción continua que hace King de este fenómeno, la constatación de Epping/Amberson de esta obstinación, así como de la “armonía” existente en el espacio-tiempo, son uno de los elementos que me han tenido incapaz de abandonar la lectura. Con lo que me cansa a mí King en otras ocasiones...
Porque es innegable, ni siquiera su fan más acérrimo puede negarlo, que Stephen King es un maestro de la verborrea, la taquilalia, la diarrea literaria, la retórica elefantiásica, la demagogia absoluta... Su talento para verter centenares de páginas de descripciones y naderías es fascinante. A estas 900 páginas le podría haber quitado facilmente 600 sin que la trama se lamentase demasiado; pero en mi caso (no sé qué razones tendrá cada uno para amar, o defender cuando es necesario, a King; yo tengo las mías), todas y cada una de esas palabras que conforman sus poderosísimas descripciones y reflexiones, esos abruptos finales de párrafo, esas citas culturetas metidas con calzador, y sobre todo la facilidad de King para leerle el alma a la América Profunda, normalmente a mí me entretienen muchísimo y no me cansan. He dicho. Las primeras 250 páginas describen, linealmente y sin elipsis alguna, todos y cada uno de los segundos que transcurren en la vida del protagonista desde que Al el camarero le descubre la madriguera, y hasta que se soluciona el asunto del padre de Harry Dunning (insisto: esta vez no me apetece dar muchos detalles, aunque soy consciente de que esto no lo lee ni dios), con todo lujo de detalles. Todas las cosas que ve, que siente y que se le pasan por la cabeza, nos son descritas pormenorizadamente, lentamente, sin prisa. Epping aterriza en septiembre de 1958, y su objetivo es pararle los pies a Lee Harvey Oswald, que cometerá el asesinato desde la sexta planta del Depósito de Libros de Texto de Dallas, 5 años más tarde. No es hasta que ya hemos superado el primer cuarto de la lectura, que King se permite ciertas elipsis y acelera un poco la trama y resume esos cinco años, que son el grueso de esta historia.
Durante esos cinco años que pasa Jake Epping a caballo entre los cincuenta y los sesenta, asistimos a otro rejón de páginas en las que, simplemente, estamos esperando a que llegue Oswald a Estados Unidos, y prepare su magnicidio. Epping conoce a multitud de personas, prepara todo tipo de coartadas para ocultar su secreto, trabaja en diferentes cosas, hace algunas apuestas sobre seguro (quién no lo haría...) para mantenerse económicamente. Se enamora perdidamente, inicia una profunda relación (Sadie, la hermosa Sadie, se convierte en el actor secundario para el resto de la historia), cambia de piso varias veces siguiendo la pista de Oswald, Martina, De Moehrenschildt, Jack Ruby, el agente Tippit y toda la serie de implicados en el magnicidio. Se ve involucrado también con la mafia, jodida por su suerte en las apuestas. Se compra los coches que más le gustan a King de los años cincuenta, escucha mucha música de la época, vive durante una temporada el Sueño Americano en una idílica zona residencial... y también pasa algunas temporadas en el arroyo. Para no herir susceptibilidades, King se inventa el pueblo de Derry, donde pasa aproximadamente su primer medio año en el Mundo Antiguo. Una típica población industrial de su adorada Nueva Inglaterra, donde da rienda suelta a su descriptiva más oscura y retorcida. Quien piense que ésta no es una novela de terror, que se empape de los sucesos que tienen lugar en Derry, de cómo se comportan sus vecinos, las miradas que despiden, cómo los edificios parecen escupir con desdén al visitante, cómo la propia existencia del pueblo asfixia al protagonista, lo que vislumbra al fondo de la chimenea de la fábrica abandonada de Derry... Con la Derry de King (y con la propia descripción de la terrorífica capital de Texas durante la Guerra Fría que hace en la novela, de la que en absoluto se arrepiente en las notas finales), o con hechos como los asesinatos, las palizas, los accidentes, el incomodísimo asunto alrededor de la maldad del pasado para evitar ser cambiado, o las oscurísimas serendipias a las que asiste Epping, nos asomamos al terror malsano al más puro estilo de King.
Pero hablando de serendipias, volvamos a esa “armonía” que decía antes que adjudica King al pasado, al que convierte en un “personaje más” de la historia (como se suele decir). Como decía, uno de los elementos fantásticos más interesantes de la novela, es cómo los hechos se repiten, a la manera que comentaba al principio del todo en la película francesa. En las distintas ciudades que visita Epping/Amberson, vamos encontrando innumerables correspondencias y casualidades. Personajes que se comportan de la misma manera, acontecimientos que parecen seguir un patrón, objetos que parecen surgir en el momento previsto, hasta el punto de que Epping parece prevenir lo que va a suceder o cómo se llama aquella persona a la que va a conocer. La vida de Epping en 2011 tiene también semejanzas con lo que vive en el Mundo Antiguo. Y la relación entre las distintas parejas que conoce en Derry (Maine) de 1958, y las que conocerá posteriormente en el idílico pueblo (también ficticio) de Jodie (TX), también parece que se comportan siguiendo un extraño patrón. El pasado es obstinado, y el pasado armoniza. Un mantra que da continuidad a esta catedralicia novela, y que verdaderamente te agarra de la garganta durante toda la lectura.
Me muerdo la lengua para no desvelar el final (según confiesa el autor en el epílogo, parcialmente sugerido por su hijo), pero esta vez abiertamente digo que no me ha decepcionado en absoluto. King es famoso por sus finales trampa, y por saltarse a la torera todas las reglas de la novela negra clásica victoriana (prohibido que el asesino no haya aparecido en los primeros 6 capítulos, etc.). No son pocos los que han abucheado a King por inventarse, en algunos de sus cuentos más famosos, una bobada inverosímil en la página mil que da la vuelta por completo a los argumentos. En este caso, si bien es cierto que podría tachársele de previsible, yo no imaginaba qué iba a pasar. En absoluto. A lo mejor pequé de ingenuo. Pero el final me dejó plenamente satisfecho, además de abatido. Sucede algo un par de meses antes de que el jodido Lee Harvey Oswald apriete el gatillo (el pasado es obstinado...) que hace que casi den ganas de ir a buscar a King a Bangor y darle una hostia, porque elimina de un plumazo cientos de las cosas que habían pasado antes... pero creo que era necesario. Hace que las cien últimas páginas se transformen en una cosa diferente e igualmente fascinante, que el conejo se meta por otras madrigueras, y el final me parece correctísimo y fantástico. Incluso el epílogo, ciento por ciento fanta-científico y distópico, me pareció justo y necesario.
Solo queda afrontar un último asunto en todo este pedazo de interesante ladrillo: ¿se moja o no se moja King en el tratamiento de las teorías de la conspiración, al sumergirse de pleno en el principal tema conspirativo de la historia moderna? ¿De verdad sólo hubo un lonely gunman, un joven fanático tarado con una puntería portentosa? ¿Y que no fue preparado en campos de entrenamiento de la CIA, o doblegado por el MK-ULTRA? Ya ya... ¿Y quién cojones estaba en el montículo? ¿Por qué la policía dejó que pasaran el control esos vagabundos? ¿No sería el fantasma de Marilyn el que mató a Kennedy? ¿O fueron los alienígenas? ¿Fue Zetapé? ¿De verdad nos quieren hacer creer que aquel trompetista negro pisó a la Luna...? Tonterías aparte, en este sentido el culebrón de Stephen King es, por explicarlo brevemente, muy serio y muy correcto. No elude, por supuesto, que existen esas teorías (el protagonista viene del presente), e incluso juguetea un poco con ello. Y para más inri, en las notas finales confiesa que su esposa (la de King) es ferviente militante de la facción conspiranoica. Pero desde que empezó a escribir esta historia (y abandonó el proyecto) en 1973, y tras los dos últimos años plenamente centrado en una profunda investigación de todos los detalles del asunto, King simplemente toma partido, y ambienta este fantástico periplo por la era Kennedy desde el punto de vista más aceptado, y en el que él cree “al noventa y ocho” por ciento. Hay un momento durante las escuchas del protagonista a De Mohrenschildt y Oswald en el que parece que King va a hacer historia y alimentar a los conspiruleros durante unas cuantas décadas más; pero en ese instante... sí que no se moja. Por lo demas, creo que la opción de King es sabia, correcta y magistral.
Un último apunte al margen: que conste que mi ejemplar de "22/11/68" es una versión no venal, pendiente de correcciones finales, en rústica (exactamente igual que ésta, pero en castellano; edición cedida por Mondadori al Círculo de Lectores, y regalo exclusivo para algunos de sus empleados) previa a la publicación oficial de la obra (que hasta ahora solo existe en tapa dura). Por supuesto, apenas tiene un errorcito mecanográfico cada veinte o treinta páginas, y no creo que haya ninguna otra diferencia sustancial con la versión definitiva. Esto no significa nada de nada, pero lo apunto porque me hace ilusión, a mí que me gustan tanto los libros como mero objeto decorativo y complemento del outfit.

2 comentarios:

  1. la he hecho un hueco en mi kilométrica lista de espera de lecturas: A ver si me la acabo corriendo (llevo 50 páginas) y luego vuelvo aquí a recomentarte la jugada. Depués de tu post estoy más convencido si cabe que tengo que leer esta novela caiga quien caiga.
    Saludos cordiales

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  2. Por fin la acabo de terminar y la verdad es que se enrolla cantidubi aunque si aguantas el tirón el final cierra muy buen la historia. Ahora me estoy viendo los Kennedy y la de JFK y documentales sobre el mismo.
    SAludos

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