miércoles, 18 de abril de 2012

This must be the place (Paolo Sorrentino, 2011)


Llevo unas cuantas semanas conectándome a internet una media de veinte minutos semanales. Estoy sin conexión en casa, y apenas lo echo de menos. De vez en cuando, muy de vez en cuando quisiera consultar alguna cosa concreta y caigo en la cuenta de que no puedo. El descanso a la máquina de descargar cosas me está proporcionando la posibilidad, además, de dedicarle tiempo a las miles y miles de cosas que ya tenía descargadas. Sobre todo a los discos, tengo miles de discos, organicé las rodajas digitales, con cientos, en algunos casos miles de archivos musicales cada una, en una pila que mide más de un metro de alto. Es una locura. Me gustaría meterlo todo en un solo disco duro. Pero no sé a qué venía todo esto ahora... Solo quería decir que como estoy sin la máquina de descargar cosas, me estoy perdiendo muchas de las recomendaciones que me hace mi amiga Á., guapa, alegre, inteligente y aficionada del cine de género. Encima, es tan maja que como sabe que estoy sin conexión en casa, ultimamente en lugar de apuntarme sus recomendaciones en un papelito, me regala DVDs con películas. La de "Another Earth" me la pasó ella, y ésta también. La acabo de ver, y ha sido una epifanía. Una película maravillosa, que no sé si es conocida o no (no lo sé, no estoy al día, no tengo conexión en casa) si tuvo éxito, ganó premios o no, de dónde sale, pero si alguien lee esto, por favor, si estás leyendo esto (cuando lo suba a internet un día de estos; no tengo conexión aquí en casa ahora y no sé cuándo lo subiré...) y no sabes de qué va “This must be the place”, por favor, hazte el favor de verla cuanto antes, la recomiendo fervorosamente, y no leas nada de lo que pongo aquí sobre ella, porque rajo sin mesura y le quita la gracia.
“This must be the place” va sobre un tipo que viaja a través de la América Profunda, siguiendo la pista de un anciano ex-nazi responsable de torturar a su padre, recién fallecido, en un campo de concentración. El tipo protagonista, el hijo del judío torturado que busca venganza, recorre unas cuantas poblaciones, conociendo a gente curiosa, visitando lugares y en definitiva experimentando el clásico viaje iniciático a través de larguísimas carreteras interestatales y pueblos infectos. Una visita a la Roadside America (una de las cosas que más me gustan y me interesan del mundo) y a sus propias raíces, con la excusa de una caza de nazis. Con este punto de partida, difícilmente una película puede no molar muchísimo. Pero esto no es todo, ni mucho menos...
Porque al protagonista de la peli lo interpreta Sean Penn, en uno de los papeles más gloriosos de toda su carrera. Porque su personaje es el de una vieja gloria del glam-rock, retirado y viviendo de las rentas desde hace décadas en una mansión irlandesa, junto a la siempre impecable Frances McDormand. Cheyenne, que así se llama el ex-popstar, es un cruce imposible entre Robert Smith y la Duquesa de Alba, con un outfit, un estilismo, una colección de frases lapidarias y un sentido del humor absolutamente extraordinarios. Atrapado en la monotonía de la eterna jubilación, del glamour, la frivolidad, la rutina de jugar con las acciones, el tedio absoluto... descubrir que su padre buscaba venganza contra el carcamal nazi oculto es su válvula de escape. El aburrido pelanas trasnochado con rímel se transforma de golpe en detective y en nazi hunter. Una locura, insisto, absolutamente maravillosa.
Pero hay mucho más. Visualmente la película está repleta de ideas e imágenes inolvidables, preciosísimas. Con la parsimonia del avejentado popstar en su disfraz de eterno adolescente, y arropados por un score perfecto, dejamos atrás el tedio de las partidas de golf o las partidas de pelota en el fondo de la piscina vacía de la mansión irlandesa, y nos vamos a visitar lugares tan interesantes como la estatua de un pistacho más grande del mundo, piscinas, cabañas, roulotes, drive-ins and dives. Le damos un “aventón” a un anciano navajo demudado que se le sube al pickup sin avisar en una gasolinera; conocemos al genio inventor de la maleta con ruedas; asistimos a un concierto imposible de David Byrne; vemos una pelea de rednecks, una casita de muñecas enorme, campos de amapolas, desiertos de nieve, mujeres hermosas, ferries de ensueño; vamos catando todo tipo de sodas curiosísimas en inmundos moteles y tugurios de carretera, nos explota el pickup, nos compramos un pistolón para mamuts... Todo es asombroso y fascinante en esta epopeya.
No sé si tiene que ver con estar sin internet (estoy sin conexión desde hace varias semanas, ¿ya lo he dicho?), y con que a consecuencia de ello sufro de una aguda ataraxia, he abrazado el hedonismo y estoy asquerosamente feliz todo el rato, haciendo montones de cosas; pero el rato que he pasado viendo “This must be the place” se me ha pasado volando, y he experimentado un placer intenso y prolongado. Además, creo que no me he enterado muy bien de quién era Tony y qué pintaba su madre en todo esto, así que la volveré a ver en breve, y a partir de hoy unas cuantas veces más. Una obra maestra.

3 comentarios:

  1. Me la estoy bajando, ya te diré que tal!!

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  2. Pues sí, cuéntate. A mí me pareció increíble!

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  3. confieso que la vi en dos trozos, porque se me ocurrió verla entre semana, algo pedo y con antojo de palomitas. Hoy he vuelto de Cádiz y en la parsimonia de un Madrid-inter-puente, y la verdad, creo que es una peli muy especial y muy bonita. Me vienen muchas referencias, como aromas ocultos en una brisa, un cambio estacional. Chapó. Genial la escena del concierto con la escena flotante sobre los músicos. 20 sobre 10.

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