viernes, 13 de enero de 2012

Patricia Petibon - "Amoureuses (Mozart, Haydn, Gluck)" (2008)


Desde hace unos meses, estoy completamente enamorado, sin reservas, de Patricia Petibon. Una soprano con coloratura (un registro que explica muy bien la Wikipedia, y que me aprendí de cabo a rabo, todo es poco por ella) francesa, pelirroja, con más curvas que la Cuesta de Alarcia y una voz que, sin ser (intuyo; entiendo tanto de ópera como de geometría computacional) virtuosa ni prodigiosa sí llega a portentosa. La descubrí en un youtube, buscando algún concierto que había escuchado en Radio Clásica. Era un video de un concierto sinfónico subtitulado en japonés. La orquesta estaba a sus cosas, y en un momento dado desde el fondo del escenario se acerca, despacito, ella, entre una marcial catarata de aplausos. Se planta ante el micrófono y se pone a cantar alguna cosa, de Verdi o de quien fuera. Era muy tarde, así que apenas tenía el volumen al 10. La cámara se recrea en su rostro, mientras Patricia, ojos entornados hacia el infinito allá a lo alto, va liberando vaharadas armónicas en un idioma incomprensible y en una tonalidad mágica, hacia la platea, y más allá, hacia donde convivimos los ángeles, los unicornios y yo. Quité el volumen, y dejé que la pantalla se llenase de las evoluciones mudas de Petibon. Supe entonces que si Patricia fuese fontanera en lugar de soprano, también compraría todas sus faenas, abocinadores y cortatubos. Comprarme no, pero me descargué, a lo loco, toda su discografía, así como el arsenal de videos en los que aparece. Me puse su rostro con ponytails de fondo de escritorio (hasta entonces de un árido azul microsoft), y estuve leyendo mil y un artículos sobre sus apariciones en todos los grandes teatros del mundo, incluída la polémica representación de "Lulú" de Alban Berg en el Liceu (que está también enterita en Youtube, doy fe), donde Patricia está formidable, pero hace de golfa, el primer tenor la magrea y me cabreé un poco. Patricia es una soprano compleja y extraña, podríamos decir que es una post-soprano. Tiene actuaciones en programas de televisión absurdos, donde canta haciendo el pino sobre un sofá, y colaboraciones en discos de bandas de avant-garde galo, un poco epatantes. Pero sus discos son intachables. Un par de ellos ("Airs baroques français", "French touch") dedicados a la música barroca y modernista de su patria; otro ("Amour & Mascarade") a mayor gloria de Purcell y el aria clásica italiana; "Les fantaisies de Patricia Petibon" (2004) es su disco más personal y disparatado, donde presta su impecable y devastador chorro de voz a piezas modernistas de compositores norteamericanos del siglo pasado como Leonard Bernstein, Norman Dello Joio o Samuel Barber, pero también a sus autores favoritos intemporales, Friedrich "Coñazo" Handel, Offenbach o Antonio Caldara. En su disco más reciente ("Rosso. Italian baroque arias") regresa al barroco y su sempiterno y exasperante clavicordio (creo que basta la exposición de cualquier heterosexual al videoclip de Quando voglio para que pierda la cabeza por esta valkiria panocha que vino del espacio), pero entre medias tiene este "Amureuses", donde está toda la traca, esas arias de ópera que conocemos todos los que hemos visto "Fantasía" o nos hemos reído con las cuchufletas de la Foster Jenkins. Flauta mágica incluída, claro.
Patricia Petibon me tiene el seso sorbido, y mis vecinos deben estar asustados, desde que la ópera clásica a toda tralla ha sustituido a Fugazi en mis despertares a la hora de los Simpson. Escucho Radio Clásica una media de 10 horas semanales (a ver si recomiendo algunos programas que estoy gozando muchísimo), pero jamás hubiera imaginado que no todas las soprano tienen el mismo poder erotizante que Montserrat Caballé. Craso error. Patricia Petibon es un ángel. Es mi ángel. A ver si viene a España, porque pienso ir al teatro armado hasta los dientes, y nada impedirá que la secuestre llevándome por delante a todo civil que sea necesario, porque necesito tener a Patricia Petibon en una jaula en mi salón.

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