lunes, 14 de noviembre de 2011

Suburgatory (TV Series, ABC, 2011)


Jane Levy es la más reciente lolita, y me congratula saber (me enteré en su sosísima entrevista por la premiere, en Letterman) que en realidad tiene ya 21 años. Aquí es una díscola adolescente del Bronx que se ve arrastrada por su padre soltero a Stepford, es decir, a una zona residencial de las afueras de Nueva York. Esta quimérica Suburbia será su Purgatorio (de ahí el título de la serie), y tendrá que amoldarse poco a poco a su nueva condición: vivir en una casita con jardín, rodeado de la estulticia, la frivolidad y el culto al cuerpo, en un extrarradio de chalets terroríficos que recuerdan a los de "Eduardo Manostijeras". Tessa, que así se llama su personaje, se ve obligada a cambiar el Bronx por el paraíso del botox, donde todo es desesperante, asfixiante, hueco, imbécil, un escaparate de tepes de césped, barbacoas y niñas pijas vestidas de rosa. Los habitantes del Suburgatorio se parecen muchísimo a los que salen en los concursos de citas de la MTV, así que algo debe de haber de verosímil, de no exagerado, en ese infierno de la pose. Probablemente se queden cortos. Pero todos dan verdadero susto, pura grima. Desde la exhuberante MILF de plasticurri (Cheryl Hines, tremenda) y cualquiera de sus amigas gemelas, pasando por su hija (Carly Chaikin, un personaje increíble, inédito e irrepetible), cualquiera de las demás adolescentes o MILFs, sus estúpidos y bronceados maridos, el director de colegio de origen asiático, todos los que salen en esta serie excepto Tessa y su padre (Jeremy Sisto, igualmente genial) son plastic people, coleccionistas de accesorios de baño, obsesos del glamour y las horas frente al espejo. Un chiste sobre Paris Hilton de veinte minutos semanales que me tiene entusiasmado.
En uno de los primeros episodios, la deliciosa Tessa se enamora de uno de los adolescentes más idiotas de los alrededores, y se desespera sin éxito por encontrar en él el menor atisbo de inteligencia. Uno de los mejores gags de la serie: Tessa le pregunta, entre morreo y morreo debajo del graderío del campo de fútbol, que a qué famoso, vivo o muerto, le gustaría invitar a cenar. Después de reflexionar hasta exprimirse el celebro, el chico contesta: "A Paris Hilton. Muerta".
La trama del irracional amorío de Tessa fue abandonada enseguida, por desgracia, y de momento cada uno de los episodios (sólo llevan 6) se está centrando en un disparate autoconclusivo del día a día de la vida en Stepford (el mismo suburbia ficticio de la novela de Ira Levin que inspiró, entre otras cosas, el genial remake de "Las mujeres perfectas" de Frank Oz (no he visto las otras versiones previas), o en instituto. En uno de los episodios, el incomprendido George Altman (Jeremy Sisto) se apunta al AMPA de la escuela y revoluciona a todas las MILFs con sus ideas normales; el episodio de Halloween es una fantástica reivindicación del "truco o trato" de toda la vida, que en Stepford ha derivado en un aséptico concurso de glamour, y la sangre, los monstruos y el naranja y negro han sido desbancados por el rosa y plata y la tontería más chabacana y descerebrada, en honor de la imagen y lo políticamente correcto. En otro episodio Tessa se convierte en redactora jefe del periódico del instituto, y muy a su pesar lo convierte en un frívolo panfleto de gossip, que a punto está de decapitar su relación con la única compañera más o menos normal del reparto. En otra ocasión la cosa gira en torno a la necesidad de George de hacerse con una barbacoa si quiere ser aceptado en semejante pueblo de los malditos, si no quiere que los zombies del glamour devoren sus sesos. Y así.
Al margen de Jane Levy, del obvio choque socio-cultural con hilarante resultado que lleva un poco las riendas de la serie y a esa América Poligonera que me resulta tan atractiva, a mí Suburgatory me ha atrapado por su cuidadísima puesta en escena, lo arrebatador y genial de la elección de actores, y el trepidante ritmo. No es una sitcom de descojono, más bien tiene un regusto cercano a un Freaks and geeks algo más frenético y surreal. Y otra cosa que me fascina es la elección musical. Cómo a menudo la música incidental abraza los diálogos, los convierte en una coreografía, con discusiones padre-hija que recuerda a los mejores momentos de David Addison-Maddie Hayes. Igualmente, algunos de los gags son finos, y se apoyan exclusivamente en un efecto de sonido que acompaña a un extra que pasa por delante de la cámara, o un breve acorde de arpa en su lugar exacto, que funciona como una campanita de Pavlov. Muy bonito todo. Entusiasmado estoy.

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