viernes, 12 de agosto de 2011

Bar Kokhba Sextet - Lucifer (2010)


Poniéndome al día (si es que esto fuese posible) con la descomunal discografía de John Zorn, me detuve hace una semana en el volumen 10 de la serie Book of angels, una colección abierta de partituras de Zorn para diferentes intérpretes y pequeñas orquestas (acaba de salir el volumen 17), trabajando en cada una de las páginas de lo que será el Masada Book Two. Es decir, el segundo tomo de esa enciclopedia de free-jazz exótico que viene tejiendo desde mediados de década. Entiendo que el Libro Uno es la discografía propia de Masada y Electric Masada, donde se encuentran sus mejores composiciones y algunas de las piezas más alucinantes de la música contemporánea, y en esta aventura, cancionero compuesto por Zorn en 2004, enfunda su saxo trotón y pone su música al servicio de la Comunidad de Artistas de Tzadik.
Por la serie Book of angels están desfilando algunos de los músicos judíos o judiófilos más interesantes del mundo: Jamie Saft, Sylvie Courvoisier, Ben Goldberg, Joe Lovano, Koby Israelite, The Cracow Klezmer Band (éste disco, volumen 5 de la serie, es una pasada, y añade a la compota un irresistible aliño de klezmer y gitaneo balcánico), Cyro Baptista, Kaiser Chiefs 3 (las ruinas de los increíbles Mr. Bungle; vinieron a tocar el otro día a un barcito al lado de mi casa y me enteré tarde...), los indies eléctricos Medeski, Martin & Wood o los propios Masada, en forma de trío o quinteto. Este volumen 10 está interpretado por Bar Kokhba, un sexteto de ensueño formado por Cyro Baptista a la percusión, Marc Ribot a la rycooderiana guitarra, Greg Cohen al contrabajo, el monstruoso Joey Baron (baterista curtido a espaldas de gente como Bowie o Michael Jackson antes de ser atraído por el influjo de Tzadik) y Mark Feldman y Erik Friedlander a las cuerdas, violín y chelo principalmente. No soy capaz de distinguir a Feldman de Friedlander, pero estoy completamente obsesionado con todo lo que tocan estos dos, descubriéndome últimamente escuchando interminables discos de solos de violín y viajando mentalmente a una Granja San Francisco en mitad del Sinaí.
De John Zorn se puede uno esperar cualquier cosa. Rabiosos arrebatos de free-death-metal-grindcore-jazz vocal con homenajes al ruido y el caos como Naked City, Cobra, Buck Jam Tonic o Moonchild, a través de las cuerdas vocales-trituradora de Mike Patton o Yamatsuka Eye; el amor a la ortodoxia de sus homenajes a Ennio Morricone, Ornette Coleman, Eugene Chadbourne, John Barry, Carl Stalling, Raymond Scott, etc.; las collejas al gilipuertas de Kenny G (y al smooth jazz "de ascensor" en general); su imaginario visual, que abarca desde el Talmud a las fotos macabras de Weegee pasando por las monstruosidades de Suehiro Maruo o la crueldad y negrura literaria de los pulps de Mike Spillane; las bandas sonoras imaginarias de la serie Filmworks (24 entregas lleva, dedicadas a tipos peculiares como Walter Hill, Maya Deren, Marie Menken, Ray Bandar, el cine tradicional asiático, los dibujos animados, el sadomaso, el snuff...)... Y luego está su lado más atractivo, dulce y apreciado en el circuito de festivales: el proyecto (o como él dice, la familia) Masada.
Masada no es en realidad una banda, no exactamente, sino un "cancionero". John Zorn, incansable, lleva escritas más de 500 composiciones breves, que ejecuta (con amplia libertad de exploración para cada ejecutante, que esto es free-jazz) con diferentes alineaciones, llevando la batuta y el saxo, o presta a equipos de cámara como estos mismos Bar Kokhba. La música de Masada está compuesta siguiendo reglas tonales autoimpuestas, y atendiendo a armonías y escalas de la música árabe, hebrea, judía tradicional. La intención de Zorn es fabricar una nueva música judía, la música de la juventud judía contemporánea. En Masada caben vientos, percusión, piano, armonía y caos, y sobre todo cuerda, con los maestros Friedlander y Feldman al frente. En Bar Kokhba la alineación (de momento) está cerrada, compuesta por los seis titanes citados, y se formó en 1996 en el álbum doble del mismo título; repitieron alineación dos años después en el CD2 de "The circle maker" (el primero eran evoluciones de Masada String Trio); y en 2005 acudieron raudos a los fastos del llamado "50th birthday celebration", otra fiesta del orgullo Tzadik, en su volumen 11 concretamente. Aquí es raro que Zorn nos lleve por el camino de Mal, del Ruido y del Desorden al que nos tiene acostumbrados. Bar Kokhba nos regala música celestial, maravillosa, de belleza resplandeciente y ritmo infeccioso, melodías que remiten a mil y una noches árabes, instrumentos que se persiguen en espiral y juegos armónicos y fraseos que se repiten ora al escalofriante violín ora a la impecable guitarra de Ribot, sobre un manto de percusión smooth (con algún despunte energético de Joey Baron de cuando en cuando). Esto es, en palabras de Zorn, sephardic exotica for young moderns. Y no escucho otra cosa estos días, ni mis vecinos tampoco.
El tema que me escucho estas últimas semanas al menos diez veces diarias es el que abre el disco, Sother, un trepidante himno de pop sefardí para las masas, donde Feldman/Friedlander/Ribot improvisan frases y melodías exhuberantes de ocho en ocho compases, se dejan llevar y se contestan en un jugueteo armónico ardiente, insuperable. Qué difícil es hablar de estas cosas. El segundo corte, Dalquiel (los títulos de este álbum no tengo ni pajolera idea de qué significan, probablemente sean princesas y héroes judíos o mártires de alguna batalla entre moros y cristianos), donde Ribot lleva la base rítmica y los violines se pierden en una parsimoniosa y hermosa melodía recurrente, me hace pensar en un spaghetti-western rodado en Chaoen. Zazel es más de lo mismo, una cadencia juguetona de cuerdas sufíes que se repite y se persigue en círculos. En Gediel es donde más peso tiene, contenido, ese caos formal habitual en Zorn, e incluye cierto alboroto de batería e incluso riffs de guitarra, los seis dejándose llevar y yendo y viniendo de la calma al caos una y otra vez. Azbugah es un medio tiempo de cinco por ocho / seis por ocho saltarín y romántico que me recuerda a los himnos de Vivaldi, pero un Vivaldi moruno y sin salirse de la escala árabe y el exotismo con el que impregna Bar Kokhba todo lo que toca. Con Mehalalei (éste sí, me dice Google que es tataranieto del mismísimo Adán) volvemos al free-jazz alocado y aparentemente caótico, pero calmo, habitual de la carrera de Zorn. Quelamia es el tema más tranquilo del disco, que da paso al cierre, Abdiel, otra fiesta judía ideal para un banquete mirando la kaaba o un sacrificio humano en honor de Alah, después de Sother el tema más animado y poderoso. Diez cortes que no me quito de la cabeza y me tienen al borde de dejarme guedejas y abrazar el Islam.

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