martes, 21 de junio de 2011

Robo-Hunter: Verdus (2000AD progs 076-084 y 100-112; 1978)


Robo-Hunter es un cómic de ciencia-ficción seriado, nacido en las páginas de la revista británica 2000ad el lunes 5 de agosto de 1978 (yo nací ese miércoles; quizá por eso le tengo tanto cariño), de la mano de John Wagner y Alan Grant (bajo su seudónimo conjunto de T.B. Grover, como guionistas, es decir, como script robot) los dos más grandes escritores de la Casa (con permiso de Alan Moore), y Ian Gibson (art robot). En esta primera aventura, Robo-Hunter viaja al planeta Verdus, donde vive una millonaria colonia de robots autosuficientes a la espera de la llegada del hombre, para cubrir todas sus necesidades. Sam Slade, Robo-Hunter, viaja como avanzadilla para asegurarse de que el ser humano ya puede habitar el planeta. Pero se encuentra un lugar hostil, puesto que las máquinas, abandonadas durante décadas a su suerte, no se pueden creer que los humanos existan y toman a Slade por un sim, es decir, un humano simulado. La misión se convertirá en una lucha por la supervivencia, en busca de SJI (apodado Smokin' Joe), un androide estufa con chimenea que regala caramelos, y que es el único habitante de Verdus que ha visto alguna vez a un humano, y puede distinguirlos de los sims. Efectivamente, SJI reconoce en Slade a un humano, pero esto no es suficiente y se ve obligado a buscar a Big Brain, el líder del planeta robot. Cuando Slade llega ante Big Brain, a pesar de su insoslayable inteligencia y capacidad mental, éste se bloquea ante la posibilidad de estar ante un humano, y le explota la cabeza. Lo cual desatará una guerra mundial en Verdus: los robots a favor del humano, y los que están en contra. Una guerra que solo Sam Slade puede llevar a su fin.
A lo largo de estos 22 capítulos originales publicados en 2000ad, Sam Slade no estará solo. Al cinto lleva a su fiel detector de robots Cutie, un cacharrito muy mono y que recuerda vagamente las curvas femeninas, y a la sazón es el único amigo que Slade ha tenido nunca. Además, al salir de la Tierra le fue asignado un piloto para esta misión, Kidd. Pero al alcanzar la velocidad de la luz a bordo de la nave, ambos se ven rejuvenecidos por el efecto paradoja, y Kidd será a partir de entonces un bebé de un año, malhablado y fumador.
El bebé malhablado y fumador se adelantó una década al de "¿Quién engañó? a Roger Rabbit". El planeta robot, atestado de máquinas parlantes, autosuficientes y bastante existencialistas (máquinas de café que no han vendido nada en 30 años, que deambulan de un lado a otro ofreciendo bebidas a robots que les rechazan, incansablemente durante 30 años...), y ese humor adulto y cabroncete, se adelantó un par de décadas a Futurama. No faltan referencias al cine negro (el nombre de pila del personaje central es un claro homenaje), ni acción descontrolada, ni drama (la "muerte" de Cutie). Pero lo más alucinante de esta serie, y del espíritu 2000ad en general, es su disparatada originalidad. En su primer periplo asistiremos a una partida de Robopoly, donde pequeñas robofichas se zancadillean y fichas-policía hacen uso de mini-robo-brutalidad policial; conoceremos a Botas, un simpático robot accesorio, que no es sino unas piernas robóticas con un asa al que aferrarse mientras te lleva corriendo por todas partes; visitaremos las alcantarillas de la ciudad, donde un robot funcionario de limpieza ha perdido por completo la cabeza debido a la soledad, y habla con su propio culo; conoceremos también el sistema político de la ciudad, y una asamblea donde el Partido Super Tonto no se acuerda ni qué hace allí, el Partido Enfadado quiere montar gresca, el Partido Irónico hace comentarios afilados, el Partido Excéntrico propone ideas absurdas... Y se pasan así las 24 horas del día, todos los días, sin que sirva para nada, porque ahí está Big Brain que es quien toma todas las decisiones. También desfilan por las páginas otra serie de personajes asombrosos y visionarios, como los robots religiosos, los militares enfrentados, los taxis existencialistas, el gargantuesco cocodrilo devorador de impurezas del alcantarillado... Y así un frenético etcétera de androides bizarros que en la pluma de Ian Gibson son retorcidos, grotescos y caricaturescos, con ese estilo suyo que en ocasiones me recuerda al mejor Marc Silvestri y en otras a la Escuela Bruguera.
El dibujo de Ian Gibson es lo más atractivo de estas historias que me he propuesto revisitar en orden. El diseño de personajes, la arquitectura, los gestos de los humanos, las mujeres... El mundo futurista inventado por Wagner y Gibson recuerda a Futurama, a Moebius, a Blade Runner... Incluso los edificios de los Astrosnicks me vienen a la cabeza. Una obra maestra de ciencia-ficción paródica adelantada a su tiempo, única y difícil de creer, una maravilla sin igual.

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