lunes, 6 de junio de 2011

Extremoduro - "Material defectuoso" (2011)


Ni siquiera yo mismo concibo por qué me gusta Extremoduro, les tengo un respeto infinito y sigo su carrera con atención. Me desligo por completo de cualquiera de los grupos que se consideran afines, o que surgieron a su sombra. No me interesa el rock radikal vasko, no me vuelve loco ningún grupo que haya escuchado de rock duro español, rock transgresivo dése, ninguno de su quinta (Porretas, SA, Platero, Reincidentes... me son indiferentes) ni nada por el estilo. Y no me acerco ni con un palo a menos de un kilómetro de las charangas de vagos y maleantes que amenizan los botellones y que supuestamente beben de las mismas garrafas que lo hicieran estos, sean rumberos o piesnegros; Delinqüentes y los de su cuerda, todos unos hijos de puta indocumentados. Supongo que todo, sólo, tiene que ver con mi educación sentimental, y el hecho de que mi adolescencia tuvo en "Agila" una especie de revulsivo. Vi a Extremoduro tres o cuatro veces en directo por entonces, e incluso una vez nos encontramos a Robe y a Fito en la cafetería de una gasolinera a la salida de Gernika, y estuvimos charlando un rato con ellos afablemente, porque mis amigos y amigas de toda la vida son muy fans. Visualizo a Extremoduro en algún punto intermedio entre Leño, Albert Plá, AC/DC y Hüsker Dü. Además, tengo comprobado que al margen de sus fans indignados y su lírica de alcantarillado, de desamor, condenas y carretillas de droga, la música de Extremoduro es uno de nuestros productos más exportables, y para un francés escuchar un disco de Extremoduro es tan refrescante como para nosotros escuchar a Louise Attaque, por un buscar un símil que no sé si es del todo válido. Y luego está la clase y el nivel que tienen como instrumentistas, sobre todo ese Iñaki Uoho todoterreno que es inconfundible y de lo mejor que tenemos. Y está Plasencia, y el parque natural de Monfragüe, y mi amiga K. Lo dicho, afinidad sentimental.
Pero basta de justificaciones. Buscando una luna me desarma, y el último disco va de eso, poderoso y enrabietado como siempre, pero también agridulce y melancólico. Son 6 canciones largas (a la espera del nuevo elepé el año que viene), auténticas sinfonías, para las que han enterrado el doble bombo, la cazalla y los berridos pro-amnistía, han sacado otra vez los saxos, los coros, la poesía intensa, y han logrado una producción impecable y hecho uso de una sensibilidad acojonante. Robe Iniesta es de verdad el último poeta maldito, como dicen en la Rolling, un canallita genial al que aprecio y me creo todo lo que me cuenta. No me canso de escuchar estos días este disco a solas o en compañía, me tiene atolondrado y muy contento.

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